'American Crime', todos tenemos puntos ciegos

A pesar de su discreta repercusión, la segunda temporada 'American Crime' se postula como uno de los mejores dramas televisivos de 2016.

(Las temporadas de 'American Crime' desarrollan historias independientes y autoconclusivas, no es necesario haber visto la primera temporada para disfrutar de la segunda).

Todo comienza con una llamada telefónica a la Policía denunciando una violación. Unos minutos después la escena nos situa en la cancha de baloncesto de un instituto, donde podemos observar al maduro entrenador del equipo sacar disimuladamente su teléfono móvil para grabar en video a una joven animadora mientras ésta baila sensualmente frente a un jugador. Apenas han pasado diez minutos del primer capítulo y los espectadores no hemos podido evitar sacar ya unas precipitadas conclusiones basadas en prejuicios y estereotipos. Unas pocas escenas después, en el mismo episodio, descubrimos que el entrenador es también el padre de la animadora, y que grabó aquel baile para mostrarle a su mujer la cuestionable conducta de su hija adolescente y poder tener una conversación con ella sobre autoestima y sexualidad. Por si no teníamos suficiente con esta bofetada a nuestro juicio acusador se nos hace saber también que, a pesar de que lo hayamos dado por hecho, la víctima de violación que se denunciaba al principio no es una mujer, sino un varón.

Alguien grita violación y a nadie le importa lo que pasó en realidad.

Eric Tanner. Co-capitán del equipo de baloncesto

Esto es ‘American Crime’, el drama de ABC que denuncia el reduccionismo y el morbo con el que los medios tratan y los espectadores percibimos determinados tipos de crímenes que consumimos a diario, incluidos los ficcionales. Si algo diferencia a la serie creada por John Ridley es el enfoque de ensayo sociológico con el que se narra la tragedia, con múltiples matices y desde numerosos puntos de vista. Aquí no hay espacio para morales contrastadas, sino que todo se difumina en una amarga y subjetiva escala de grises en la que nítidamente no encontramos buenos y malos, sino simples intereses confrontados, y prejuicios subyacentes, incluidos los del espectador.

La violencia como efecto dominó

Tomando a un instituto elitista como pequeña réplica a escala de cualquier tipo comunidad, ‘American Crime’ nos presenta una historia coral, protagonizada por individuos representantes de diferentes estratos sociales, que conforman una red cuya aparente armonía inicial se desarma cual castillo de naipes ante la mencionada denuncia de violación. A partir de la tragedia las máscaras se vienen abajo y cada individuo demuestra tener sus propios prejuicios y su particular agenda individual, que antepone a cualquier intento de colaboración colectiva.

La serie de Ridley nos habla de una sociedad americana que funciona como una capa de apariencias, pero a poco que rasquemos comprobamos que se encuentra tremendamente confrontada por conflictos de raza y clase. Así lo ejemplifica Kevin LaCroix, co-capitán del equipo de baloncesto, de raza negra y perteneciente a una familia de alto estatus social y económico, definiendo a Taylor Blaine (supuesta víctima de la violación) como “white trash”, apelativo anglosajón que se utiliza para referirse despectivamente a los blancos de clase obrera.

La serie apela a la globalidad de la tragedia, a como todos resultamos afectados de una forma u otra en una espiral de sufrimiento colateral. Pero también a nuestra pequeña parte de responsabilidad, ya sea por acción o pasividad. “Todos tenemos puntos ciegos”, le remarca una compañera al director negro de un instituto público al que se le está acusando de discriminación (¿inconsciente?) a los alumnos latinos. Todos percibimos la realidad desde nuestra ineludible subjetividad, desde nuestras experiencias e intereses. Malinterpretamos ciertos actos porque nuestra lente está deformada, del mismo modo que somos incapaces de percibir otros aunque tengan lugar delante de nuestras narices. Casos de microviolencia o pequeños actos cotidianos de machismo, racismo, clasismo u homofobia que en muchas ocasiones pasan desapercibidos para todos aquellos ajenos al colectivo receptor de la agresión.

Pequeños eventos que dejamos pasar hasta que la tragedia se desata ante la impasividad de un sistema que quizás pudo haberlo visto venir. “A nadie le importa la víctima”, sentencia otra de las protagonistas, el único objetivo de algunos parece ser silenciar el problema, limpiar el nombre de individuos e instituciones. Los fallos del sistema no solo permiten que sucedan tragedias humanas que podrían haber sido evitadas con algo de recursos e interés, sino que promueven algo todavía más aterrador: el silencio de las víctimas, que perciben cómo la burocracia acabó resultando del todo ineficaz a la hora de resolver casos similares en el pasado. 

A lo largo de sus diez episodios, la segunda temporada de ‘American Crime’ nos sumerge en los motivos y las consecuencias de un acto violento. En la complejidad de un evento que, por mucho que resulte tentador reducirlo a víctimas y culpables, podemos intuir en parte como el resultado de unas determinadas estructuras y políticas sociales. La serie consigue transmitir todo esto y mucho más a través de un guión excelente, unas actuaciones tremendamente creíbles (destacar sobre todo el gran trabajo de los actores y actrices más jóvenes) y una magnífica dirección que va más allá de lo meramente representativo, experimentando con lo formal para ofrecernos una compleja narrativa visual. En ocasiones, por ejemplo, la dirección (el propio John Ridley en muchos capítulos) nos muestra las reacciones de la persona que escucha en una conversación en vez de mostrarnos a la persona que habla o nos muestra a personajes que entran y salen de plano en una acalorada discusión ante un plano fijo. Otras veces nos cortan conversaciones a la mitad, haciendo que seamos conscientes de lo incompleta que es siempre la información que recibimos, etc.

Una variedad, en definitiva, de recursos visuales que complementan y enriquecen la historia. Este alarde visual toca techo en el quinto episodio de la temporada, a través del plano secuencia de una representación de danza contemporánea que tiene lugar en el centro escolar ante la mirada de varios de los protagonistas que se encuentran entre el público. Estos casi cuatro minutos y medio no sólo sirven a modo de respiro poético a mitad de una temporada convulsa, sino que están llenos de simbolismos visuales que relacionan la representación con la realidad argumental que se nos presenta fuera del escenario:

La elección como redención final

Podemos percibir cierto trasfondo pesimista tras las páginas del guión de la segunda temporada de "American Crime". Una visión de una sociedad interconectada a la que le cuesta deshacerse de la discriminación racial al mismo tiempo que propicia la económica. Una representación de unas instituciones que fracasan constante y estrepitosamente a la hora de prevenir y resolver la confrontación social y sus esporádicas manifestaciones de violencia. Personajes egoístas que sólo piensan en mantener a toda costa su posición y personajes que piensan que están ayudando cuando en realidad tan sólo satisfacen su ego. 

Sin embargo, el relato hiperrealista de John Ridley nos regala una pequeña redención final conscientemente heredada de la tradición de la novela escrita. El cliffhanger con el que concluye la narración no sólo es un regalo al espectador, a cuyo juicio crítico se interpela una vez más para que saque sus propias conclusiones, sino tambien un margen de libertad para los protagonistas, a quienes se les permite retomar el rumbo de su destino más allá de los límites del relato, y se les ofrece la posibilidad de definirse a través de sus propias decisiones y no sólo como consecuencias de las acciones de los demás. 

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