‘Fleabag’ y la vida a los 30, o reir por no llorar

Nadie nos dijo que a los treinta la vida no es como un capítulo de ‘Friends’, sino como uno de ‘Fleabag’.

A lo largo de la adolescencia todos nos encontramos con un iluminado (normalmente se trata de un familiar o un amigo de tus padres) que cuando nos sufre teniendo una rabieta nos calma asegurándonos que al crecer todo será más fácil, que todo se irá poniendo en su lugar y veremos las cosas de otra manera. Debe ser la enésima y última mentira piadosa que los adultos lanzamos a los niños tras las de los múltiples seres fantásticos que les traen regalos si se portan bien. Déjenme decirles que estoy a punto de cumplir 32 años y me sigo sintiendo igual de inseguro, perdido y asustado que cuando tenía 12. El tiempo no me ha traído la madurez, seguridad y estabilidad que se presupone en nuestro imaginario vital, sino una amarga sensación de engaño y decepción. No, los Reyes Magos no existen.

Supongo que resulta demasiado duro contarle a un chaval la cantidad de hostias que le tiene preparadas la vida a partir de los veintipocos, y que nunca dejará de sentir miedo. O que con el tiempo no nos volvemos más seguros y estables, sino una creciente madeja de traumas e inseguridades y que lo único que aprendemos es a disimular y tirar para delante. Nadie habla nunca de esta conspiración internacional. Nadie nos dice que a los a los treinta todo se convierte en una carrera contrarreloj, contra el biológico y el mental, que no suelen ir de la mano. Que notas cómo tu cuerpo envejece día a día, o que siempre terminas haciendo el ridículo soltando un chiste infantil en una situación en la que los demás pensaban que estarías a la altura de la madurez que se te presupone a tu edad. Nadie nos dijo que a los treinta la vida no es como un capítulo de Friends, sino como uno de Fleabag.

Traumatizada por la absurda muerte de su mejor amiga, arruinada por un negocio sin clientes, acomplejada por una hermana exitosa (aunque desdichada) y atormentada por una madrastra cínica y distante (magnífica Olivia Colman), Fleabag tendría todas las papeletas para protagonizar el más lacrimógeno de los dramas. Sin embargo Fleabag es en realidad una comedia con tintes dramáticos, o “dramedia” como nos gusta decir ahora. Con un giro interesante, y es que la primera parte de la temporada es más comedia que drama, y todo se va oscureciendo hacia la recta final. La miniserie británica, escrita y protagonizada por Phoebe Waller-Bridge, nos presenta a una treintañera realista. Esto no es Sex in the city, ni mucho menos una revisión canalla de Bridget Jones's Diary como la han llegado a calificar. Fleabag es provocadora, visceral y encantadora. Si hubiera que encontrar un paralelismo, podríamos hablar de una suerte de Louie en femenino, en Londres y a los treinta. Ambas series nos hacen pensar, nos sorprenden a carjacadas y nos encojen el corazón cuando menos lo esperamos. Fleabag y nuestro pelirrojo cincuentón favorito comparten una similar actitud irónica a la hora de encajar los golpes que da la vida.

En tan sólo seis capítulos de treinta minutos Fleabag consigue empatizar con nosotros. Poco importa que seamos tios y nunca nos hayamos masturbado viendo un discurso de Obama, el mensaje de Fleabag es más generacional que de género (que también). La serie escapa de los tópicos y nos presenta situaciones originales con unos maravillosos personajes complejos y ambiguos a los que adoraremos y despreciaremos de forma intermitente, incluida la protagonista, quien además romperá constántemente la cuarta pared para explicarnos directamente a los espectadores lo que piensa o siente en cada momento. Phoebe Waller-Bridge nos regala una serie honesta, directa y absulutamente imprescindible. 

Fleabag es el claro ejemplo de que el siglo XXI nos ha acostumbrado a que las comedias deben dejarnos con un regusto agridulce. Atrás quedaron las sencillas comedias de situación, de humor blanco e inocente que reinaban en las alegres sobremesas televisivas de los años 80 y 90 del siglo pasado. Los espectadores contemporáneos demandamos más verosimilitud, ver la otra cara de la moneda, la tristeza tras la sonrisa, el llanto tras la carcajada. Parece que ya no queremos evadirnos en mundos idílicos de familias perfectas y sonrisas eternas con dientes blancos como el marfil. Ahora buscamos la autocomplacencia, representaciones ficcionales de nuestras vidas de mierda, historias que nos hagan reir por no llorar, por identificación, que nos hagan sentir que quizás lo que nos ocurre a nosotros es una experiencia generacional compartida, y que en el fondo quizás no estamos tan solos.

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