'Halt and Catch Fire', una puerta al futuro

ANÁLISIS | Posibles SPOILERS - La tercera temporada de la serie de AMC ha indagado en las tensiones entre sus personajes con el trasfondo habitual del progreso tecnológico.

Genios adelantados a su época. Así recuerda Joe MacMillan los comienzos del grupo de informáticos pioneros que protagonizan Halt and Catch Fire en la reunión que mantienen hacia el final de la tercera temporada. Y lo cierto es que, por supuesto, no le falta razón en absoluto. Eso es lo que han sido en cada una de las entregas de la producción de AMC. Por eso, cuando en el desenlace de esta decena de capítulos el ambicioso emprendedor –bastante diferente del Joe que conocimos hace tres años– vuelve a hablar del futuro, con un bellísimo discurso, las reacciones son mucho menos entusiastas, más hastiadas e incluso con un cierto regusto a decepción de lo que podrían haber resultado años atrás.

“Estoy harta de oír hablar del futuro. ¿Qué es? El futuro es solo otra versión de mierda del presente. Es un cebo que la gente te ofrece para que hagas lo que quieren ellos en lugar de lo que quieres tú.”

Estas palabras de Cameron quizás sean la mejor muestra del progreso que ha experimentado el cuarteto a lo largo de las tres temporadas. Porque, pese al lánguido ritmo de avance, todo ha sido desarrollo en sus vidas. La pregunta estrella de Halt and Catch Fire siempre ha girado en torno a ese concepto: el futuro. Qué es. Cómo incide en nuestro día a día. Cómo modificarlo. Si atendemos a la narrativa de la ficción de AMC, podríamos decir que el futuro no es otra cosa que el resultado de aplicar tensión sobre los motores de cambio y dejar que las fuerzas del tiempo actúen. Adaptarse a y modificar a su vez lo que Joe denomina en el 3x10 como “los vientos del destino”. Tal vez por esos motivos: la necesidad de que el tiempo haga su parte a la hora de establecer un futuro y de la tensión como fuerza de cambio, la serie solo podría haber avanzado con una elipsis temporal como la que nos propone la escritura en la doble season finale, haciendo gala de un manejo de los elementos incuestionable y preparándonos, precisamente, para lo que vendrá.

Hasta ese momento, el discurso de Halt and Catch Fire ha madurado en varias y diversas direcciones. Pero fundamentalmente han sido dos los centros de gravedad de la tanda de episodios: las compras en la red que ya se empezaba a vislumbrar en la segunda entrega y la seguridad en la red. Por un lado, la línea de continuidad, con la actividad, auge y caída de la marca Mutiny; por el otro, la ruptura, con el descubrimiento de Joe y su constatación en MacMillan Utilities, que conlleva además la irrupción de Ryan –un gran secundario con excelso y emotivo cierre– y otro nuevo desplome del ingeniero y su aura gris. Las dos líneas conectan de forma tangencial. Como dos cuasi enamorados, nunca se terminan de abrazar, pero tampoco dejan nunca de rozarse con timidez las yemas de los dedos. Evidentemente, el sistema de intercambio y comercio electrónico conlleva una sucesión de riesgos que tratan de ser asumidos y minimizados. Y en ese nicho de mercado es en el que Joe irrumpe desde el 3x01 con la pregunta precisa: “¿Cuánto estarías dispuesto a pagar por tu seguridad?”

No obstante, pese a tratarse Halt and Catch Fire de una mirada hacia el progreso tecnológico y sus imbricaciones sociales, uno de los aspectos diferenciales de la producción es precisamente el tratamiento que hace del factor humano. Lo que queda tras las máquinas. Las relaciones que mantienen sus personajes, sus idas y venidas; la creación, en definitiva, de un muestrario de caracteres coherente y que hace avanzar la historia por sí misma. De esta forma, la tercera temporada ha regalado, nuevamente, grandes secuencias de tirantez entre protagonistas. Los choques han sido más frontales que nunca. Y los resultados, por lógica, más devastadores. Casi todo han sido discrepancias en estos diez capítulos. Desde las disputas entre Cameron y Donna por dirimir el destino (siempre él) de Mutiny, que regalaron la aparición de una secundaria potente, Diane Gould, hasta el recelo inicial del grupo hacia Joe o los conflictos a tres que derivaron del hospedaje de Cam por parte de Donna y Gordon, cuyo matrimonio llevaba resquebrajándose prácticamente los tres años que ha durado la obra hasta ahora y sigue haciéndolo aquí de forma estrepitosa. Todo es disfuncional en este decálogo. Y la inestabilidad ha alcanzado la cima histórica de la producción en el magnífico arco narrativo que han ofrecido los episodios 3x05 y 3x06 y que ha replicado los estados de ánimo vigentes en el momento. La preciosa secuencia de ensoñación en la que Donna imagina una conversación definitiva con Cameron (la frase de la propia Donna queda, por sus implicaciones, para la historia de este título: “Cam es el genio, Donna es la madre”) ha sido el punto álgido, tanto en el aspecto formal como en la escritura. Pero no el único. El doble episodio central ha servido para que el espectador escrute la situación de Gordon, enfermo y viendo como su hogar se desvanece a la vez que su fuerza motriz, o para que sufra junto a Joe, que se ha enfrentado a sí mismo, a las pruebas del VIH y a la tragedia de su compañero en la más absoluta de las soledades. Porque también la soledad ha jugado sus cartas entre el 3x01 y 3x10, claro. Los personajes han rumiado sus crisis en silencio. Un sigilo que gritaba a los cielos. Tal vez no exista mejor representación de esa tristeza, melancolía o grisura que la imagen de Cameron viendo los fuegos artificiales sentada, sola, sobre el tejado de su casa de Texas, justo antes de tomar una de las decisiones más importantes de su vida. O la secuencia en la que todo el grupo, incluido Boz, otro secundario que ha mantenido sus propias luchas, vota para decidir el rumbo de Mutiny, que deja la empresa viva, pero ya herida de muerte, algo que no llegaremos a ver gracias a la ya mencionada y soberbia elipsis con la que se desmarca la cronología hasta 1990 en su conclusión.

La nueva reunión de los protagonistas marca un antes y un después. Un renacimiento de tintes similares al que experimentó Mad Men en el cierre de su brillante 5x13, con la icónica imagen de los publicistas de espaldas mirando la ciudad desde las alturas en su nueva oficina. Ahora, Cameron, Gordon y Joe (con la duda abierta de si Donna entrará en el juego y solucionará sus rencillas con Cam –al fin y al cabo, como dice MacMillan: “en esta ciudad nada dura mucho tiempo”) no miran la ciudad, pero sí el tiempo que corre entre sus edificios. Se avecinan vientos de cambio, para ellos y para la sociedad. Quizás también para nosotros, los observadores. Y se intuyen muchas curvas hasta llegar el desenlace definitivo (la cuarta temporada será la última de la serie). ¿Serán capaces los genios de arreglar su presente para construir juntos esa puerta hacia el futuro?

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