'Hap and Leonard', sometime in the water

Posibles SPOILERS | Jim Mickle se basa en las novelas de Joe R. Lansdale para ofrecer una mirada propia, pero cargada de referencias, hacia los Estados Unidos.

Imaginen una habitación en la que tiene lugar una reunión. Un encuentro de gente ilustre, para más datos. En torno a la mesa se congregan nombres de la talla de los hermanos Coen, Joel y Ethan, Quentin Tarantino, Nic Pizzolato o Noah Hawley, entre otros. Se suceden la conversación y las latas de cerveza. Lone Star, claro. Sigan imaginando, esta vez, que en un momento dado de la cena Jim Mickle se levanta y pide a todos que se junten para tomar una fotografía que será el testigo del momento en años venideros. Sí, ya lo sé: cualquiera quisiera estar en esa toma. Bien, pues exactamente en esa fotografía, o más bien en la simbología que adquiere (pues no olvidemos que es una simple metáfora), se define la totalidad de Hap and Leonard (AMC, 2016-?).

Jim Mickle homenajea y desliza referentes desde su mirada personal. La narración no es apenas novedosa; su aproximación, en cambio, es una fotografía con marca de agua. El cineasta, ahora también showrunner, se apoya en las novelas de Joe R. Lansdale sobre la turbulenta Texas de los años 80 y se sumerge en un relato de doble cara sobre la multiplicidad de personalidades y rostros que alberga cada persona bajo sus ojos. Temas de trascendencia como el pasado, la naturaleza, la violencia esencial e incluso el orden socioeconómico contemporáneo, la política o la fe se citan en los seis episodios de la primera temporada. Todo comienza con la irrupción –un regreso, más bien– de Trudy (Christina Hendricks) en la vida de dos amigos que permanecen juntos desde la infancia, los Hap y Leonard que bautizan la serie, ex convicto y veterano de Vietnam respectivamente (James Purefoy y Michael Kenneth Williams). Un retorno que, como no podía ser de otra manera, conlleva una petición, un plan, una tentativa: la del dinero fácil. Casada actualmente con otro hombre, la mujer, ex de Hap para más inri, acude a los dos hombres con el fin de solicitar colaboración para emerger un coche hundido años atrás con el millonario botín de un robo en su interior. Evidentemente, tras las dudas, aceptan a cambio de un buen trozo del pastel. Si no lo hiciesen no habría historia.

El director de Frío en julio (2014) divide su historia en dos partes claramente diferenciadas. Si bien existen elementos en común y una correlación necesaria entre ambas, la primera mitad (los tres primeros episodios) y la segunda (los tres últimos) se centran en sustratos temáticos profundamente distintos. No antagónicos, pero sí dispares. El comienzo de la serie focaliza su estudio sobre la búsqueda del tesoro y la aclimatación al grupo de Hap y Leonard, ya que Trudy los lleva a una casa en la que convivirán mientras dure el trabajo con su actual marido, Howard, un hippie de los 60 que mantiene vivo ese espíritu; Chub, un gordo atontado que les ayuda, no sé sabe muy bien ni el motivo ni cómo llegó hasta allí; y Paco, un hombre con media cara quemada que dispara una ballesta con maestría, como muestra su primera aparición. Esta primera parte es acompañada, además, por innumerables diálogos llenos de elocuencia y palabrería en los que, unos y otros, tratarán de ajustar cuentas con sus pasados en común (Trudy, Hap y Leonard) y con sus creencias o conceptualizaciones (religión, fe, política, nación, etc.). A pesar de la prominencia de hombres (solo hay dos mujeres en la serie, por seis hombres), Jim Mickle regatea de forma inteligente el peligro de convertir la serie en una oda al machoalfismo. Y lo hace, fundamentalmente, gracias a las salidas cómicas y la autoconsciencia que mantiene viva en todo el metraje. La frase con la que Trudy corta la primera discusión entre Howard, su actual pareja, y Hap, su ex, es muy significativa al respecto:

Si queréis puedo irme para que os midáis las pollas.

Trudy. 1x01

Durante toda esta primera parte, Mickle confía en una puesta en escena que sitúa el peligro en el exterior del núcleo central, pero sin abandonar nunca la idea de lo turbio que reside en torno a esa especie de “familia”. Las sombras siempre están presentes; el recelo, latente tras cada acción. No obstante, pese a esa desconfianza con la que se mira a los Howard, Chub y, sobre todo, a Paco, el peligro parece estar fuera y metaforizarse en un río lleno de caimanes hambrientos.

No obstante, el pivote central de la historia trae consigo un cambio. Un giro total a la propuesta que se materializa con la irrupción de dos personajes que hasta entonces habían aparecido de forma residual. Una pareja, Soldier y Angel, hombre y mujer, que consigue voltear por completo la propuesta y llevarla hacia un terreno más vertiginoso en el que reina la persecución, la violencia y la amenaza. La América pantanosa y caníbal. Si en los tres primeros episodios habían reinado las influencias a la primera temporada de True Detective, tanto explícitas (la revista que lee uno de los personajes lleva el nombre de la serie y también aparece la cerveza Lone Star) como implícitas (las divagaciones existenciales de Howard recuerdan vagamente a Rust Cohle), en el segundo tramo de la ficción el abanico de referencias se abre. La intromisión de Angel y Soldier trae consigo a la retina los nombres de Tarantino –impagable homenaje a Reservoir Dogs incluido–, los Fargo de los Coen y de Noah Hawley, y The Warriors (Walter Hill, 1979), con ese lucidísimo “Hap and Leeeonaaard! Come out to plaaay!” que espeta el loquísimo Soldier, interpretado por Jimmi Simpson en uno de sus mejores trabajos interpretativos.

En esta segunda parte Jim Mickle decide abandonar los peligros exteriores para centrarse en la guerra por el dinero, que desata, a su vez, las guerras internas. La traición se instaura como uno de los grandes motores de acción para todos los protagonistas y comienza una rueda de acosos, extorsiones, torturas y cacerías. En este tramo final, Hap and Leonard acelera el ritmo hasta hacer olvidar la tranquilidad con la que se había asentado la historia. Existe una evolución. Poco o nada queda al final, por ejemplo, de la Trudy del inicio. Solo arrepentimiento, culpa y desconfianza. Y el inevitable amor que guarda hacia Hap –mutuo–, que le lleva a acordarse de momentos pasados con una carga importante de emotividad en el episodio 1x04, centrado básicamente en ella. Trudy es una mujer rota por dentro, con la misma capacidad para matar (1x06) que para hacer el amor (1x03), tan cerca de matar a sangre fría a un pájaro para matar su recuerdo de Hap (1x05) como de regresar y jugarse la vida para rescatar a los dos amigos de una muerte segura (1x06). Un rostro de mil perfiles, la mirada que devuelve un espejo roto. Ese instante en el que uno se da cuenta de que la mayor de las amenazas a las que se enfrenta es, precisamente, la persona que aparece en ese reflejo. Por eso Jim Mickle, en un movimiento altamente perspicaz, hace que el peligro vire, de manera tan brusca como imperceptible, de la naturaleza y el entorno grisáceo a las personas que se mueven sobre su corteza.

La irrupción de la pareja de asesinos supone una nueva ruptura en el relato, una nueva fragmentación en dos mitades. Por un lado quedan los cazatesoros aparentemente altruistas, que supuestamente quieren el botín para, en sus propias palabras, “cambiar el mundo” y atacar el sistema desde dentro. La caridad, las fundaciones de ayuda a los niños y los márgenes de la sociedad aparecen como destinatario final del dinero, aunque para hacerlo viable haya que introducirse en el turbio negocio de la droga. En la otra orilla del río, la pareja formada por Soldier y Angel, que anhelan el dinero para un fin tan sencillo como “gastarlo, que para eso está”. Lejos de buenismos, de los que además se burlan con mucha gracia, y completamente en sentido opuesto al supuesto plan de los primeros, el egoísmo y el onanismo se antojan como el principal motor de acción para los dos villanos de la serie, que recibirán la inesperada ayuda de otro personaje (en el giro central y más inesperado de la miniserie). Así las cosas, los dos grupos representan dos tendencias antagónicas. Su enfrentamiento es la batalla dialéctica (y no tanto) entre dos Américas: a un lado del cuadrilátero el capitalismo, representado por Angel y Soldier, los ritmos techno-disco que siempre acompañan sus movimientos y su idea del dinero como meta; en la otra esquina, la idea de la contracultura, los hippies, la oposición al sistema y el espíritu de Woodstock. La pastilla frente a la marihuana, el vértigo frente al sosiego, la voracidad de un sistema frente a la idea de dinamitarlo siguiendo sus propias reglas. No es casualidad, por lo tanto, que la serie esté repleta de simbología política, en algunos casos evidente (el maniquí de Ronald Reagan al que agujerean las flechas), en otras ocasiones mucho más crípticas. Ocultas bajo la erosión del tiempo y el caudal de un río o encerrados como un pájaro que, una vez abierta su jaula, no es capaz de volar para ser libre. Quizás la perfecta representación del sistema, un mundo en el que somos libres, pero no sabemos qué hacer con la libertad. En el que la victoria siempre la ostenta, independientemente del modo de su consecución, el último portador de los billetes. Una sociedad en la que el fin justifica los medios.

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