'Los Soprano': el final abierto más cerrado de la historia

ANÁLISIS | Este 10 de junio se cumplió una década de la emisión del final de la serie. Diez años después, analizamos la planificación y la puesta en escena de su conclusión.

Cumplidos diez años del corte a negro (se suele hablar de fundido, aunque no lo es) más comentado de la televisión, la efeméride merece un análisis. Si leemos comentarios, opiniones y reflexiones al respecto del cierre de Los Soprano, nos daremos cuenta de que, aun una década después, se sigue hablando de final abierto y no conclusivo. El artículo que nos ocupa se encargará de hacer un análisis crítico y fílmico a través de la puesta en escena y la arquitectura de planos de este tramo de cierre. Porque no es lo mismo dejar abierta una ficción que concluirla desde la sutileza y huyendo de toda obviedad, que es lo que hicieron, a juicio de quien esto firma, David Chase y su equipo.

Pasamos a analizar la secuencia final de la producción de HBO.

Cuando llegamos al último episodio, el protagonista tiene infinitos frentes abiertos. En esa situación, Tony Soprano entra en el Holsten’s para reunirse con su familia. Es el primero en llegar a la cita y lo hace solo. Al empujar la puerta, suena la campana y la puesta en escena nos muestra el plano subjetivo del patriarca. Tony contempla el restaurante y la que será su mesa, en el centro de la escena. Más allá, tres carteles muy simbólicos en la vida de Soprano: un tigre como el que lleva tatuado y reconoce como parte de sí, el jugador de fútbol americano que nunca llegó a ser y una residencia de ancianos que recuerda a su madre Livia. Las tres grandes frustraciones vitales del antihéroe. Ya en la mesa, la cámara vuelve a mostrar la perspectiva del capo, que juguetea con la lista de canciones mientras se muestran varios planos de la actividad del restaurante. Resulta llamativo y profético el listado: Somewhere in the Night, My Baby Drives a Buick y el Who will you run to de Heart… Vuelve a sonar la campana y vemos como Tony Soprano levanta la cabeza como un resorte y vigila la puerta. El plano subjetivo nos devuelve la entrada de una mujer y Soprano, al parecer más relajado de nuevo, regresa a la lista de canciones. Segundos después, la campana vuelve a sacar a Tony de su ensimismamiento. La puesta en escena vuelve a situarse otra vez en el punto de vista del mafioso, que mira otra vez a la puerta del local para ver como entra un tipo con gorra. Justo después de que Tony Soprano elija el Don’t Stop Believin’ de Journey (con la combinación K3 de la máquina), la campana anuncia otra entrada en el bar. Tony levanta la cabeza de nuevo y ve entrar a Carmela, vestida de rojo (el color de la sangre, que vemos también en los sillones del bar). Empiezan a sonar los primeros acordes de la canción con la que finalizará la serie (¿simbólico el nombre de la banda?).

Nuevamente el objetivo se centra en algunos planos de situación y contexto en los que podemos ver a varios de los clientes que frecuentan el establecimiento. Una pareja joven que ríe, un grupo de tres boy scouts (como los que encontraron el cadáver de Ruso) y Carmela, llegando a la mesa en la que espera su marido. El silencio que se abre entre los dos desarma toda idea de bienestar matrimonial. La conversación entrecortada versa sobre el paradero de los hijos, AJ y Meadow, que están por llegar y sobre algunos temas relacionados con la actividad de Tony. La cámara se detiene un instante en el hombre del chaleco y la gorra (¿nos quiere decir algo o es solo otro plano de contexto?). El ruido de la campanilla vuelve a sobresaltar a Tony, que levanta de nuevo la mirada hacia la entrada del restaurante. Otro plano subjetivo devuelve a un hombre que irrumpe con decisión. Justo detrás aparece AJ, que se sienta junto a sus padres. Nuevamente la planificación se detiene en el hombre que acaba de entrar junto al hijo de Tony Soprano. El tipo se gira para mirar a la mesa donde se encuentra la familia. Justo en ese momento, fuera, en la puerta del bar, entra en escena Meadow, que llega apresurada con su coche. Intenta aparcar, por primera vez, de forma fallida. Dentro, la puesta en escena vuelve a fijarse en el hombre de la chaqueta, que mira otra vez a la mesa en la que los Soprano siguen conversando (“intenta recordar los buenos tiempos”). Fuera Meadow intenta aparcar sin éxito una segunda vez, mientras el siguiente plano muestra al hombre de la chaqueta levantarse y caminar al lado de la mesa de la familia Soprano. Tony se percata y sigue su trayectoria un par de veces, hasta que se adentra en el cuarto de baño (en lo que supone una clara cita a El Padrino). La cámara enfoca de nuevo a la zona de entrada, donde ahora vemos a dos hombres negros que se parecen a aquellos que intentaron atentar contra Tony en la primera temporada. Ya tenemos tres posibles sospechosos (sí, de nuevo el número 3).

Al fin vemos aparcar a Meadow, al tercer intento, mientras en el restaurante, la camarera sirve a los tres miembros de la familia unos aros de cebolla como tentempié comunitario (¿la última cena?). La proliferación del número tres (el tríptico de la pared, el comando K3 para elegir canción, los tres boy scouts, los tres sospechosos, los tres intentos de aparcamiento, etc.) simboliza los tres intentos de asesinato que ha sufrido Tony Soprano a lo largo de la trama. Meadow se acerca apresurada. Llega tarde. Un último plano a la mesa precede al último ulular de la campana de la puerta. Sabemos que será Meadow quien la cruce. Sin embargo, tras levantar la mirada, cuando la puesta en escena tendría que haber devuelto el plano subjetivo de Tony Soprano viendo entrar a su hija, lo que devuelve es un corte abrupto a negro y un silencio atronador (elemento importante de la puesta en escena en esta conclusión). Si atendemos al patrón que ha seguido la arquitectura del tramo final del capítulo (sonido de la campana → Tony levanta la mirada → plano subjetivo de Tony), aquello que ve Tony Soprano es la oscuridad. El negro absoluto. La nada. Una idea que tiene mucho que ver con la conversación que mantiene con Bobby Bacala en el lago unos capítulos antes (6x13) y que resulta clave en el análisis de la planificación de esta secuencia. En ella hablan de la muerte y de cómo se sentirá un disparo a bocajarro. “Probablemente ni siquiera lo oigas cuando ocurre”, sentencia Bacalieri. Justo lo que ocurre en el cierre de Los Soprano; el punto de vista del protagonista pasa repentinamente al negro absoluto y al silencio. La ausencia de sensación. La nada. Un elogio de la puesta en escena. El silencio que anuncia la muerte más bella y elegante jamás filmada.

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