'Peaky Blinders', la grande vendetta

ANÁLISIS - Posibles SPOILERS | La cuarta temporada de la ficción creada por Steven Knight ha regresado a sus orígenes, las calles de Birmingham, para narrar una venganza.

La venganza es un plato que se sirve frío. Y en la Birmingham de Peaky Blinders llega envuelta en hollín, callejones húmedos y ganchos directos a la mandíbula sobre el cuadrilátero. La cuarta temporada de la serie de BBC Two ha narrado una vendetta en todo su esplendor. Tal vez haya sido también la entrega más autorreferencial del cuarteto, llena de citas al pasado. Precisamente de una de estas miradas al tiempo pretérito surge la trama central de esta tanda de episodios.

Tras la elipsis inicial, la enésima resurrección del clan, esta vez más cerca de la muerte al eludir en el último instante la horca, llega la nueva vida. Los peaky blinders aparecen ahora como una familia llena de vacíos y desavenencias. Nadie conoce a nadie, pero todos guardan una suerte de resquemor hacia el miembro más cuestionado: Thomas Shelby, al que todos consideran culpable de abandonar a la familia en los momentos más crudos.

Sin embargo, el nuevo rostro de los Shelby solo durará hasta que entre en juego un viejo conocido. El regreso a Birmingham de Luca Changretta significará la reunión forzada de los miembros del clan. Y el principio del fin de su reinado. O eso parece indicar la demostración de fuerza del bambino italiano. Por primera vez en la cronología de la obra, el clan de Birmingham tiene un antagonista que se sitúa en su nivel y atormenta de forma real, con sus mismas armas y en sus calles, a los protagonistas. Como si de años ha se tratase, ese juego de alcantarilla entre el ratón y el gato -los Shelby y los Changretta- traslada la narración a su espíritu primigenio. Un regreso a los orígenes del que participan todos y cada uno de los personajes icónicos de la producción (Tommy, Polly, Arthur, Ada, Alfie, etc.) y al que se sumará el villano sediento de venganza interpretado de forma magistral por Adrien Brody o el cuestionable Aberama Gold, un canalla callejero de etnia gitana llevado a la pantalla por un camaleónico Aidan Gillen. Un festival.

En el aspecto narrativo, la trama de la cuarta temporada de Peaky Blinders ha vuelto a ahondar en la lealtad, la hermandad y el significado de la familia. Por otra parte, la traición ha ocupado una butaca importante, a pie de ring, en el combate librado. Una traición con la que ha jugado el propio creador Steven Knight, que ha “engañado” al espectador en los dos momentos clave de su escritura. El pivote de guion que nos llevó a creer en el acuerdo entre Polly y Luca para apresar a Tommy estuvo, eso sí, más fundamentado en la propia intrahistoria y los rencores de la familia que el truco final que llevó a la pantalla la muerte y una nueva resurrección triunfal de Arthur Shelby.

Por último, cabe destacar la cuarta entrega como aquella en la que se despidieron nombres insustituibles como Alfie Solomons (gracias, Tom Hardy) o John Shelby (gracias también a Joe Cole) y cristalizaron las composiciones de otros como Ada Shelby (Sophie Rundle), erigida desde el silencio como el pegamento de la familia y canalizando en la obra la siempre latente mirada hacia el movimiento obrero de la época (acuerdos y desacuerdos empresariales y huelga de trabajadores). Sin embargo, si por algo recordaremos la cuarta temporada de Peaky Blinders seguramente será por la irrupción de un villano muy por encima de las expectativas. La interpretación de Adrien Brody como Luca Changretta es lucidísima y regala una cantidad de matices incalculable. A la altura de un título que, siempre desde el barro y la oscuridad, se ha conseguido labrar el éxito crítico a imagen y semejanza de sus personajes, pero también, sobre todo, de su creador. Larga vida a los peaky fucking blinders.

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