'Peaky Blinders', los acordes y el solo

Posibles SPOILERS | La tercera temporada de la serie creada por Steven Knight ha llevado a sus personajes al límite y fuera de su zona de confort. El resultado es óptimo.

Con la cadencia de los mejores temas del rock o el punk, del acorde calculado al punteo salvaje. Del compás perfectamente estudiado al solo más anárquico. Sobre la difusa línea que separa el rasgueo de la guitarra de The Bad Seeds de la profunda voz de Nick Cave ha caminado la tercera temporada de Peaky Blinders. Entre Birmingham, Londres y el mundo, una carretera llena de curvas y rectas idóneas para el acelerón.

La tercera entrega de la serie de BBC ha dispuesto varios frentes para los Shelby en su intento de expansión. La Shelby Company Limited ha experimentado con sus límites de la misma forma que lo han hecho sus personajes. En especial Tommy, que a la conclusión del sexteto de episodios ha resultado más perdedor que ganador en la contienda. Algo teóricamente novedoso dentro de los esquemas que había seguido la ficción hasta ahora.

Las guerras en las que se ha involucrado el clan han resultado ser devastadoras tanto material como personalmente. Nada mucho mejor se podía intuir cuando se vislumbraba en el horizonte el negocio con los rusos. Ya lo advertía Arthur. Así, lo que al principio parecía una batalla en dos frentes: italianos y rusos, se ha convertido en un tour de force por los más bajos fondos de la Gran Bretaña de los años 20. Una odisea en la que, por fin, se ha podido ver a peces más grandes que Tommy. Lo que ya intuíamos en la segunda temporada, con la irrupción de Alfie Solomons (Tom Hardy), se ha confirmado en esta última tanda, en la que los Shelby se han enfrentado, con irregular resultado, tanto a la nobleza y burguesía inglesa como a la aristocracia rusa. En la distancia media entre ambas sociedades hemos encontrado el contrapunto de esta tanda de capítulos: el reverendo Hughes, interpretado por un gran Paddy Considine, que a la postre se ha revelado como la nueva némesis no solo de Tom, sino de toda la familia Shelby.

“He aprendido algo en los últimos días: esos bastardos, ¡esos cabrones son peores que nosotros! Políticos, putos jueces, lores y damiselas son peores que nosotros. ¡Y jamás nos admitirán en sus palacios por muy legítimos que lleguemos a ser! Por quienes somos… Por ser quienes somos, por venir de dónde venimos.”

Las palabras de Tom al resto del clan en la resolución son significativas de lo que ha supuesto la tercera temporada. El descubrimiento de que, en la selva, siempre hay animales más voraces. Bestias cuyo ataque es tan impredecible como irreparable. Así las cosas, la tercera tanda de la serie ha sido la más dura para los Shelby en cuestión de balance de resultados. Si en los primeros capítulos, la guerra frente al clan italiano de los Changretta suponía la pérdida de Grace, disparada a bocajarro en la cena benéfica de la compañía, la posterior y encarnizada lucha frente a los rusos y el brazo armado de la Economic League, simbolizado (en un mensaje profundamente transgresor) en el reverendo, ha traído a la pantalla las dosis de violencia más elevadas. El episodio 3x04 ha llevado a Tommy al borde de la muerte, algo que no habíamos llegado a ver nunca de tal manera, pese al constante coqueteo con los límites del protagonista. Y lo ha hecho con una promesa de fidelidad al dispositivo visual que ha vertebrado la ficción desde su arranque. Esto es: con una violencia explícita que ha llegado a doler (ese crujido del cráneo de Thomas es estremecedor).

No obstante, la puesta en escena de Peaky Blinders ha abierto su mirada a una especie de búsqueda de las emociones y de la belleza en determinados momentos. Y con ello, también del componente puramente narrativo de las imágenes. Lo que pueda mostrar una imagen siempre será más eficaz que su explicación. La dirección ha alternado esas escenas de violencia tan características con algunas secuencias en las que han primado los ralentíes (la trenza de historias en el final del 3x01), las simetrías para definir los bandos alrededor de una mesa o la sublimación del sonido para apuntalar las emociones internas de los protagonistas (3x01). El uso y la disposición de los elementos visuales y narrativos han alcanzado en la tercera temporada el cénit de la serie. Todo contribuye al desarrollo del relato, nada subraya; la imagen es el mensaje, y el contenido está implícito en cada elipsis, en los encuadres, en el fuera de campo o en la inteligentísima aproximación a Coppola y su padrino mediante la tenebrosidad de la fotografía. Se puede decir que la tercera temporada ha sido la confirmación de la producción, la tanda en la que esta ha alcanzado un punto óptimo de madurez. Los seis episodios han recogido de manera brillante la esencia de la producción, plasmada de forma sutilísima y económica en la frase de Polly en el 3x03:

“Por una familia unida que nunca será derrotada.”

Tan sencillo y a la vez tan complejo. Tan vertebral y tan latente. Resulta simbólico que ese brindis no pueda ser completado. Más allá de la unión familiar la tercera temporada ha dispuesto varios mensajes de calado según ha desarrollado sus tramas. Desde la confianza fraternal hasta los sistemas socioeconómicos, el abanico temático ha sido amplio, extenso y repleto de colores a pesar de la oscuridad del relato central. Así, el espectador podrá leer en las subtramas de la ficción tanto el mensaje de una religión corrupta y en connivencia con el poder para beneficio de ambos como la idea del levantamiento de la figura femenina, hasta ahora en un papel más secundario acorde a la época representada (exceptuando algunas excepciones: Polly en determinados lapsos, la princesa rusa o la primera temporada de Grace), pero que sin embargo advierte de sus posibilidades futuras en el tramo final de la temporada (con una destacable y simbólica secuencia en el final del 3x06).

La creación de Steven Knight se mueve como pez en el agua en ese terreno pantanoso y suburbial del Birmingham de la primera mitad del siglo XX. Y aunque en esta temporada haya escapado de ella con éxito evidente, su zona de confort se encuentra entre la brumosa elegancia de El padrino y el vigor visual y narrativo que ha caracterizado siempre a su puesta en escena. En ese preciso momento en el que se percibe el cambio de registro de un Tom Hardy/Alfie Solomons (el judío errante) que llega para en apenas unos minutos de aparición acaparar el foco. Hay que ser sumamente inteligente para tener un actor de ese calibre y dosificarlo de tal manera. Por suerte, Peaky Blinders lo es.

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