'Penny Dreadful', el baile de las almas perdidas

Posibles SPOILERS | La serie llegó a su final con una nueva e interesantísima revisión de la lucha entre el bien y el mal. Un precioso epílogo a tres magníficas temporadas.

La niebla cubre Londres y el círculo se cierra. Mueren los poetas. El simbólico luto por Tennyson (3x01) lo es en realidad por los bailes, la alegría y la esperanza humana. Por todo aquello que está próximo a morir. La oscuridad se cierne sobre las almas en desgracia. También sobre Vanessa Ives, absoluto faro de Penny Dreadful, cae la noche. Un crepúsculo que parece eterno; que lo será si los protagonistas no consiguen remediarlo para cumplir, por fin, el cometido que se les ha asignado desde el inicio de la ficción. Como hemos visto hasta ahora, el mal adopta múltiples rostros, pero en esta última temporada se hace visible su máximo exponente, el elemento que cierra esa circunferencia maldita que se abrió con la revelación del negro destino de Mina en la primera tanda de episodios.

La tercera entrega de Penny Dreadful se ha consumado con languidez. Con la lentitud del que sabe que su fin está a la vuelta de la esquina y quiere disfrutar de sus últimos alientos. El tramo final ha confirmado a la producción como una notable propuesta de género que deja algunos momentos irrepetibles y una constante búsqueda de la vuelta de tuerca en la representación de la lucha entre el bien y el mal. Porque sobre esa batalla permanente nos han hablado los personajes de la serie. Las cicatrices de Vanessa no han revelado otra cosa que una guerra interminable entre fuerzas opuestas, pero en cierto modo simbióticas. Desde el minuto uno hasta el precioso y elegantísimo epílogo filmado por Paco Cabezas (3x09) y narrado por la esponjosa voz de Rory Kinnear, testigo final del desenlace y trovador improvisado para con los espectadores.

Así las cosas, en la conclusión de Penny Dreadful la batalla entre antagonías ha tomado distintas formas y su representación cinemática se ha abrazado a códigos de géneros dispares. La serie de Showtime ha recordado a algunas de las grandes ficciones de género de la historia de la televisión. En cierto modo, esa vocación camaleónica, que le ha hecho aproximarse a diferentes subgéneros durante sus tres entregas, ha sido una de sus características primarias. Por eso no sorprende ver cómo la ficción se ha disfrazado de western en varios de los fragmentos protagonizados por Ethan Chandler, Malcolm Murray y el nuevo y misterioso Kaenatay. Así, resuenan ecos de la gran obra televisiva sobre el bien y el mal, Carnivàle (Daniel Knauf, HBO, 2003-2005), pero también de obras recientes del cine de género como Bone Tomahawk (S. Craig Zahler, 2015). Más allá, el thriller y el terror como tal se han postulado, nuevamente, como las grandes vértebras genéricas de la propuesta.

La segregación de los personajes es la nota inicial de la última sinfonía. Los personajes comienzan la tercera temporada en extremos opuestos, tanto en lo referente al ámbito espacial como al psicológico. Las heridas de la batalla librada durante la segunda se hacen visibles en los comportamientos, situaciones de partida y razonamientos de cada uno de los protagonistas. La fragmentación del montaje, gradualmente más leve desde el 3x01 en adelante, responde, precisamente, a esta estructuración inicial. Así, los capítulos de la tercera entrega nos muestran a una Vanessa Ives que trata de recuperarse de su pasado, un John Clare que regresa al mismo, en el seno de su familia tras años de separación (y del que descubrimos un secreto del pasado a través de unos muy interesantes flashbacks), a Víctor Frankenstein luchando, otra vez, frente a su “monstruo” o a Ethan tratando de lidiar con su recién reconocida condición. La individualidad se antepone a la colectividad que se hizo patente en entregas anteriores. Sin embargo, cuando el mal empiece a hacer estragos, nuevamente en torno al eje que supone Vanessa, el grupo volverá a situarse como una entidad fuerte y necesaria. Interesante mensaje, cuanto menos.

La guerra librada entre el mal y el bien nos ha regalado, de nuevo, un villano a la altura de sus predecesores. Drácula. La inclusión de su nombre como máximo capitán de las fuerzas oscuras ha dejado abierta la posibilidad de que en la tercera temporada los vampiros cobren protagonismo, igual que en la segunda lo hicieron las brujas. De hecho, en este último tramo, el 3x04 actúa como espejo del 2x03, capítulos de “estancamiento” que sirven para que tanto Vanessa como el propio espectador, extensión del personaje, se empapen de lo que nos viene por delante y de la situación que atraviesan. En ambos casos guiados por una soberbia aparición de Patti LuPone, por cierto.

Plantada así la semilla vampírica y crepuscular, Penny Dreadful se ha permitido el lujo –muy de agradecer, además– de incluir en su trama algunos mensajes que trascienden la lucha central para aludir directamente a nuestra sociedad. Es el caso de la maravillosa trama que ha envuelto a Lily, la antigua Brona, que tras ser resucitada por el doctor Frankenstein y unirse al inmortal Dorian Gray, ha dedicado todos sus esfuerzos a la creación de un ejército de mujeres que luchen por la liberación y, cruzando la frontera de la igualdad, por la venganza y el autoritarismo de la mujer sobre el hombre. Más allá de la empresa de Lily, las luchas de la mujer han permanecido presentes durante los nueve episodios (como también lo estuvieron, aunque de forma más velada, en todos los anteriores) con múltiples alusiones a Juana de Arco, heroína y ejemplo para Vanessa Ives por su inquebrantable fe; el apuntalamiento del mensaje que llevan a cabo dos nuevas mujeres, Catriona Hartdegen (Perdita Weeks) y una renovada doctora Seward (gran Patti LuPone); y con la figuración en varias secuencias de los movimientos sufragistas, reducidos a una semilla insuficiente por la citada Lily, que las define (3x03) con las siguientes palabras:

“Nuestro enemigo es el mismo, pero ellas buscan la igualdad. Nosotras, el dominio. Además es un horror lo escandalosas que son. Protestar en público y enarbolar pancartas no es la solución. ¿Cómo se consiguen las cosas en esta vida? Con destreza, con sigilo, con veneno; rajando gargantas en silencio en mitad de la noche; acumulando poder con cuidado y en silencio. ¿Y qué se hace cuando se consigue un ejército? Ir a la guerra.”

El mal no siempre toma la fisonomía del monstruo. Todo lo contrario; en la mayoría de ocasiones es el hombre quien más daño inflige a sus semejantes. Por eso Penny Dreadful se revela como una metáfora bastante acertada de las sociedades contemporáneas, en las que los monstruos, ya sean brujas, hombres lobos, vampiros o muertos vivientes, son invariablemente humanos. Siempre. Quizás por eso, en última instancia, la figura humana de Vanessa Ives recoge todos los hálitos de la maldad y la bondad. Como representante de los múltiples dolores y las escasas alegrías de su especie. Como símbolo del vínculo entre el crepúsculo y el alba. Como origen y punto de fuga de la noche, que cae sobre Londres en forma de cortejo fúnebre y bala de plata. En un precioso final, como solo pueden serlo los desenlaces más tristes, resuena el Let Me Die de Abel Korzeniowski y asistimos a una suerte revisión del sacrificio bíblico, del amor incondicional al prójimo. La noche ha caído, sí, y arrastra tras de sí toneladas de oscuridad, pero la luz vuelve a abrirse hueco poco a poco. El luto por los poetas ha dado a luz nuevos versos. Los cadáveres de las hojas caídas no logran esconder el desconsolado baile de las almas perdidas. Mientras amanece, el otoño hace resonar las últimas palabras de John Clare, un eco de la eternidad y un símbolo del arco vertebral de la propia serie:

“¿A dónde huyó el resplandor visionario? ¿Dónde están ahora la gloria y el sueño?”

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