'The Get Down', culto al cuerpo

Baz Luhrmann y Netflix llevan a la pequeña pantalla una historia sobre la gestación del 'hip hop'.

Dicen que 'la belleza está en el interior'. Esta frase, anotada como uno de los consuelos máximos de la historia de la humanidad puede extrapolarse tanto para los momentos en que la fijación por otro individuo comienza a necesitar la excusa para no pervertir la razón humana o ante la consabida reacción que diversos tipos de arte promueve entre los no iniciados o los apenas apasionados ante una determinada visión.

Esta frase bien podría atribuírsele de manera casi constante al trabajo del realizador australiano Baz Luhrmann, un arrollador terremoto de efectos visuales con más virtuosismo por alcanzar la perfección técnica que por cuidar los detalles narrativos de las trama desarrolladas. Bien es cierto que la mayoría de sus filigranas se justifican con el envoltorio visto en películas como Romeo y Julieta o Moulin Rouge, que en ocasiones destrozan las intenciones críticas y se condonan en favor del más puro espectáculo (El gran Gatsby, innegable destreza y despliegue de imaginación).

Luhrmann introduce su objetivo dentro del alma de sus personajes.
Luhrmann introduce su objetivo dentro del alma de sus personajes.

Esa amplísima colección de excesos ha llegado a Netflix para conformar un atractivo programa doble con la atractiva alternativa propuesta por Mick Jagger y Martin Scorsese, dibujada en el rostro de Bobby Cannavale. Aquella Vinyl, desmenuzada también en OchoQuinceMagazine, demostró que la música tenía su razón de ser, situó y relacionó los cambios sociales en Norteamérica durante tres décadas y dejó caer la simiente, casi por casualidad, a The Get Down. Situados en 1977, esos norteamericanos han conseguido volver a poseer la capacidad de crear, de situarse como los herederos de la invasión británica y sobreponerse a ella. El nacimiento del punk, la rebeldía incontestable del disco y la constante motivación por el inconformismo llevaron al país a vivir el florecimiento de un tipo de sociedad urbana, nacida, criada y desarrollada plenamente en el ardor de barrios como el Bronx.

Sociedades apartadas, casi anárquicas, que se defendían culturalmente apelando a su propio pasado oprimido (e incluso a la propia construcción ególatra de sus personalidades). Todo ello dio como resultado un estilo musical, contestatario, que respondía con vehemencia a las necesidades sociales y al motivo de sus protestas. La cultura creada en torno al graffiti, la expresividad corporal y la expresión verbal, tornada en un rítmico recitar, construyeron lo que pasaría a denominarse hip hop, una manifestación cultural con orígenes preclaros.

Baz Luhrmann construye un corpus teórico más focalizado en la búsqueda de las necesidades personales de sus protagonistas que del marco histórico de la ficción. El descalabro de The Get Down en ciertos elementos técnicos hace emanar una falsedad más que propia de un director que ejecuta sus movimientos casi al libre albedrío. Descomponiendo el espectáculo en fragmentos de lucidez que luego se descompasan con el ritmo de la trama. Cierto es que la serie va ganando enteros a medida que la personalidad de los personajes va construyéndose. Cuando se asimila cada uno de los comportamientos como la raíz misma de la ficción, la excusa que la narrativa de Luhrmann encuentra para fijar su objetivo en la protesta, en el inconformismo y en la negación de una realidad impuesta.

Se sabe que estos movimientos musicales nacen como respuesta al resultado que la música disco había provocado tras años de inútiles movimientos de caderas, excesiva y comercial internacionalización y apasionadas apariciones de los egos de quienes lideraron el género durante su década de mayor gloria. El hip hop buscó lo contrario. Nacer, emerger de las propias calles. Luhrmann juega una carta en el episodio piloto, un momento de extremada emotividad (impostada, por otro lado) en el que el joven protagonista le relata a su profesora el concepto que tiene de su infancia, recitada en lo que posteriormente pasaría a ser un estilo musical con definición propia. Esta secuencia define los primeros compases de la serie. Pero, por extrema, hace descontar instantes de realidad a favor de la búsqueda del sentimentalismo fácil.

La música, sentimiento convertido en ritual.
La música, sentimiento convertido en ritual.

No ya con Vinyl sino con Straight Outta Compton es con quien la analogía historicista debería unir The Get Down. Una de las grandes sorpresas del pasado año fue esta trama que transitaba por las calles de Los Ángeles, más concretamente en el barrio de Compton, donde una generación de jóvenes destrozaba mitos y convertía realidades en poesía de las calles. La cuidada ambientación, la autenticidad que desprendía el sonido de aquellas rutas unido al cuidado trabajo de casting convirtieron a la película de F. Gary Gray en una de las experiencias más incontestables del pasado 2015.

Es posible que Baz Luhrmann no acierte en muchos de los aspectos que The Get Down asume con firmeza. Pero la seguridad con la que el director va dibujando el panorama de los que en South Bronx comenzaron a protestar, a reclamar su sitio en el arte a través de sus propias vivencias es algo que se sostiene por sí solo. Como se decía al comienzo de este texto, 'la belleza está en el interior'. Asumir este principio para comprender al cineasta australiano y el desarrollo de la serie es algo que se debería asumir con la misma vitalidad que los protagonistas asumen sus calamidades. The Get Down responde a la necesidad de crear y dar forma a un sueño. De dar voz a unos jóvenes que ansiaban escapar de entre unos muros plagados de protesta pictórica.

Por los que quisieron pero jamás pudieron.

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