'The Leftovers', antropología de la pasión

ANÁLISIS | La tercera entrega de la teleficción creada por Damon Lindelof y Tom Perrotta ha seguido fiel a sus principios y ha indagado en el duelo, la pasión y la redención.

Al final, siempre nos queda presente la ausencia. El duelo que nos modela, nos ayuda a construirnos y edifica nuestros vacíos internos y externos. La partida, los que ya no están, la memoria; esos espíritus a los que echamos en falta en los triunfos y anhelamos en cada fracaso. Porque al final nuestra vida no deja de ser eso, tan sencillo y rotundo: un camino que se va llenando de fantasmas según se anda. Y de eso nos habló siempre, en el fondo y desde la forma, The Leftovers. Del primero al último de sus episodios.

La tercera temporada no ha abandonado esa idea de lidiar con los duelos. Más alejada, quizás, tanto en la referencia geográfica como en la conceptual, de las dos primeras, este tramo de despedida ha seguido indagando en esa genealogía del dolor y la pasión. Así lo atestigua el arco que forman los tejados del 3x01 y el 3x07, con el que Damon Lindelof y Tom Perrotta esbozan una interesante antropología sobre la necesidad y la búsqueda de respuestas ante lo indescifrable de la pérdida.

Así las cosas, el traslado de los protagonistas a Australia no ha sido sino una continuación en esa idea de mostrar la reacción frente a la ausencia. La profundización en una herida que, pese a los siete años vista en los que nos sitúa la serie sobre la fecha de La Partida, permanece abierta, incandescente y dolosa en la piel de los personajes. De esta forma, tras la elipsis de tres años que nos presenta el arranque de esta tercera tanda, The Leftovers se sitúa a catorce días del séptimo aniversario de las desapariciones, motivo por el que Miracle espera una afluencia masiva de peregrinos en busca de respuestas. Nadie sabe qué pasará, pero la sensación es que algo acaece (¿una nueva desaparición?, ¿un regreso?, ¿el fin del mundo?). Esa conmoción que crece a medida que se acerca el 14 de octubre no es más que una constatación: una llaga que, lejos de cicatrizar, todavía supura tras todo este tiempo.

Es en ese inicio donde The Leftovers empieza a componer toda su tercera tanda y donde casa con todo lo citado en sus veinte capítulos anteriores. El dolor, la ausencia y la pérdida provocarán infinidad de respuestas dispares en los protagonistas. De forma similar a lo que ocurrió con los Culpables Remanentes, la producción de HBO comienza a ofrecer una panorámica que, lejos de juicios, se limita a mostrar distintas reacciones ante lo que se viene. Pronto conocemos que Matt y John tratan de evangelizar como profeta de su nueva religión a un Kevin perplejo (la barba de Jesucristo incluida) o que Nora intentará desenmascarar un nuevo credo que asegura poder trasladar a sus “clientes” al lugar al que marcharon los desaparecidos. Una idea, la de la búsqueda de comprensión del nuevo mundo, que casa con los magníficos prólogos (entre los que destaca el del soldado en el submarino) y su mirada sobre ese impulso de la fe, terrenal o espiritual, para comprender las zonas más oscuras del mundo.

El adiós definitivo de The Leftovers no ha podido ser más coherente con su idea inicial. El tour de force experimentado por cada uno de los protagonistas es el fiel reflejo de sus caracteres, de sus formas de enfrentarse al nuevo orden, un universo en demolición frente al que cada uno debe confrontarse a su manera. Matt lo hará en ese barco lujurioso que cuestionará su dogma de fe y lo llevará a hablar con Dios y, lo que es más importante, consigo mismo (magnífico 3x05). Mientras, Nora examinará su interior y se resituará respecto a lo que ha conformado su persona en los últimos siete años: su orfandad ante la desaparición de toda su familia, que culminará con su acongojante conversación con Kevin en el 3x08. Por su parte, Kevin Sr. hará lo propio tras conocer el desasosiego que arrastra Grace (uno de esos secundarios con mucha sustancia para el concepto final de la serie) en el último tramo del 3x03. Y así cada uno de los apóstoles. No obstante, si algo sobresale en esta sucesión de monografías, dedicadas a cada vía crucis, es el 3x06. Una hora con Laurie en la que por fin somos testigos de su tormenta interna y alcanzamos a comprender mejor todo el arco de este personaje, clausurado gracias a otro broche desolador en el texto y elegantísimo en su concepción formal.

The Leftovers ha mantenido en su último tramo la coherencia y la consonancia con todos los temas, tonos y puertas que ha ido abriendo a lo largo de sus casi tres decenas de episodios. Quizás uno de sus mayores aciertos haya sido la capacidad de englobar en su lectura las dobles vías. Esto ha permitido que hayan tenido cabido todas las reacciones posibles, desde lo pagano hasta lo religioso, y que, lejos de juicios morales o de cualquier tipo, hayan sido contempladas bajo el mismo prisma de respeto. No obstante, el 3x07 (que podría haber actuado como final en sí mismo) se ha erigido como una suerte de vuelta a lo tangible. Porque, en tanto que espirituales, nuestros miedos, fracasos y dolores radican sobre el suelo que pisamos. Aunque para llegar a esa asunción sea necesario romper con el infierno que provocan nuestros conflictos internos (cuestión metaforizada de forma brillante en esa lucha de Kevin contra Kevin en el 3x07) y tomar conciencia de nuestras dolencias (en este caso, la ruptura con Nora en el cierre a lo Blade Runner del 3x04). Lágrimas en la lluvia, sí, pero capaces de inundar nuestras frágiles arquitecturas. No en vano, la canción con la que se cierra ese 3x07 habla de la magnitud que llegan a adquirir esos problemas personales en relación con la inmensidad del mundo: «¿Acaso no se dan cuenta de que es el fin del mundo porque ya no me amas?»

Este arco de Nora y Kevin ha servido a Lindelof y Perrotta como elemento idóneo para la conclusión de la serie. De otra forma, radicalmente distinta, el duelo, la pérdida y la nostalgia se vuelven a hacer dueños de la narración a través de una puesta en escena que alterna la punzante conversación entre el plano futuro de ambos, las explicaciones tanto materiales como metafísicas que se entrelazan, los tatuajes erosionados o el abrazo partido con el que tratan de recomponer su historia de amor. Una conclusión emotiva, preciosa, cargada de simbología (las palomas que regresan a casa), redención y esperanza, que pone el punto final a la teleficción más arriesgada de los últimos años en tanto y cuanto sus formas y la delicadeza de su temática. La mayor reflexión jamás escrita sobre el incuantificable peso del dolor fantasma.

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