Hay vida ahí fuera

Hace muy poco escribimos acerca del cambio que ha sufrido el fútbol. A nuestro parecer, para ser hoy un poco peor que ayer. El cambio ha calado bien hondo, quizás por esa metamorfosis social que hemos sufrido en nuestras propias carnes sin ni siquiera habernos dado cuenta.

Es jodido. A los que venimos de barrios obreros y humildes nos duele el alma cuando pasamos por un parque o por una cancha de fútbol sala y solo escuchamos el silencio. No hay gritos de gol, de ‘pásala que eres un chupón’ o de ‘último que toque’. No hay triangulares en los que se compite con la ley no escrita de quien encaja dos goles debe dejar su lugar al siguiente. No hay voces que se eleven al viento con la proclama ‘nos pedimos el Brasil’.

Es muy jodido. La cancha del barrio está desierta. Ese lugar donde crecimos imaginando que miles de personas enloquecían con nuestros goles, carentes de conceptos tácticos pero plagados de emoción e ilusión. Porque no importaba quién jugaba en el bando contrario, importaba que ese viernes habías firmado un gol que te permitía soñar con llegar a la Primera División.

 

‘¿Gol o penalti?’, resuena en mi mente mientras paseo sobre el cemento de la pista. El viento mueve de un lado a otro las ajadas redes de la portería donde tantas veces imaginamos hacer el gol que daba a nuestro país el Mundial. Miro al suelo y me fijo que en una de las grietas de nuestro estadio, porque para nosotros siempre será un estadio, asoman un par de briznas de hierba. Sonrío al recordar que, fieles a la inocencia que siempre tuvimos, nunca quisimos dejar de pensar que aquel sería el comienzo del nuevo campo de césped natural que siempre deseamos y que nunca tuvimos.

Llevo aquí más de media hora como si no quisiera la cosa. Se me ha pasado tan deprisa como cuando tiraba quiebros hacia ningún sitio y saltaba intentando rematar un balón que surcaba el cielo. Me duele pensar que aquello que sentimos está camino de perderse si es que no se ha perdido ya. ¿Cómo se puede renegar de sentirse Balón de Oro por un minuto? ¿Cómo se puede ser feliz sin imaginarse un golazo por la escuadra en la final de un Mundial?

Chaval, apaga la puta Play y vete a jugar. Hay vida ahí fuera.

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