40 películas para disfrutar de 2016... en 2017

Una selección de obras que representa lo más destacado del curso cinematográfico.

2016 ya agoniza y las listas se suceden como testimonio de lo que ha dado de sí la cultura en esta etapa que concluye. Cada año se estrenan en nuestras fronteras numerosas películas: blockbusters, cine de autor, películas infantiles o familiares, obras experimentales y todo tipo de propuestas. Evidentemente, unas llegan a gran parte del público mientras que otras permanecen en los márgenes. En este sentido, la labor crítica permite establecer una suerte de balance. Una de sus funciones es poner en valor cada obra. Por eso, a continuación, siempre desde el criterio particular y personal, llega una lista de obras (no necesariamente en orden) para entender y disfrutar el 2016, aunque sea ya en el próximo curso.

Carol (Todd Haynes, Reino Unido).

Elogio de la puesta en escena. Todd Haynes adapta la novela de Patricia Highsmith y filma la relación entre dos mujeres en una sociedad llena de barreras contra la homosexualidad. Impresionante ejercicio formal, fotográfico (Edwward Lachman) y musical (Carter Burwell) con grandes trabajos interpretativos de Cate Blanchett y Rooney Mara.

Crítica.

El hijo de Saúl (Saul fia; László Nemes, Hungría).

La película que nadie querría haber visto. Un viaje a las profundidades del infierno humano del Holocausto. A través de una puesta en escena agobiante, el debutante László Nemes encierra a su protagonista en un constante primer plano que lo acompaña por Auschwitz. Impresionante utilización del fuera de campo visual y sonoro: nada se ve, pero todo se siente, se escucha y se mastica.

Crítica.

La muerte de Luis XIV (La Mort de Louis XIV; Albert Serra, Francia/España/Portugal).

Una agonía sin precedentes. El cineasta catalán consigue recoger la universalidad de la muerte a través de una puesta en escena excelsa. Pictórica, silenciosa, cruda. Una película de cámara en la que se testifica el tránsito del monarca absolutista de la deidad inasible a la terrenalidad más tangible. Perfecto epílogo a la gran carrera actoral de Jean-Pierre Leaud.

Crítica.

Más allá de las montañas (Mountains May Depart; Jia Zhang-ke, China).

Una reflexión sobre la vida y la maternidad en tres movimientos. El cineasta chino demuestra un inteligentísimo uso de las elipsis como mecanismo de desarrollo narrativo. Una trenza entre pasado, presente y futuro, tejida a través de un magistral uso del ratio de pantalla. Sin duda, una obra para atesorar y comprender la China contemporánea.

Crítica.

Las mil y una noches (As Mil e Uma Noites; Miguel Gomes, Portugal).

Quizás el de Miguel Gomes sea el proyecto más ambicioso de este año. Dividida en tres volúmenes, la adaptación de la clásica obra literaria a la contemporaneidad devuelve el retrato de una Portugal en una crisis profunda. Por si fuera poco, probablemente la secuencia en la que Crista Alfaiate canta Perfidia sea una de las imágenes del curso.

Críticas: Vol. 1, Vol. 2 y Vol. 3

American Honey (Andrea Arnold, Estados Unidos).

Un film que ha pasado desapercibido de manera injusta. Andrea Arnold se adhiere al cuerpo de su protagonista, la actriz debutante Sasha Lane, para acompañarla durante un viaje que va de lo íntimo a lo societario. En 162 minutos, la cineasta filtra todo tipo de discursos sociopolíticos en su representación de una juventud entre la derrota y la fiesta permanentes. Una red road movie.

Crítica.

El porvenir (L'avenir; Mia Hansen-Løve, Francia).

Cada estreno de Mia Hansen-Løve es un acontecimiento. Su quinta película pone el foco en una magnética Isabelle Huppert en el limbo, entre la madurez del cuerpo y la juventud de la mente, que es un canto a la libertad. Una reflexión sobre el tiempo y un elogio del debate filmado con una puesta en escena elegante y llena de elipsis. Lejos del melodrama que se podría esperar de la trama, Hansen-Løve entrega una interesantísima ficción ensayística.

Crítica.

Elle (Paul Verhoeven, Francia).

El discreto encanto de la burguesía. Paul Verhoeven entrega una película provocadora, sagaz, llena de sarcasmo y ambigüedad. Una obra que obliga al interlocutor a abandonar su zona de confort y adentrarse en una casa de muñecas llena de sombras y medias luces. Brillante interpretación de Isabelle Huppert en el nuevo grito subversivo del cineasta holandés.

Crítica.

María (y los demás) (Nely Reguera, España).

El retrato generacional de este curso. Pero también mucho más. Una reflexión llena de humor incómodo, entre la comedia y el drama, sobre las aspiraciones, el futuro, la familia y la presión que ejerce la sociedad sobre María, una treintañera en la que podría verse reflejada buena parte de una generación perdida entre la carcajada y el llanto desconsolado. Hipnótica Barbara Lennie.

Crítica y entrevista a la directora.

La venganza de una mujer (A Vingança de Uma Mulher; Rita Azevedo Gomes, Portugal).

Fantástica composición de Arte mayor. La cineasta portuguesa recoge el aliento de todas las disciplinas artísticas (literatura, teatro, música, cine) para dar forma a algo tan atemporal como una venganza romántica. En La venganza de una mujer resuenan ecos de Eric Rohmer, C. T. Dreyer u Otto Preminger, pero la voz de Azevedo se eleva y consigue imprimir su concepción estilística al conjunto. Magistral. Como su inesperada intérprete Rita Durao.

Crítica.

Chevalier (Athina Rachel Tsangari, Grecia).

Seis hombres en un barco compiten por un anillo que los acredite como el “mejor en general”. Tan sencillo, tan primitivo… y tan lleno de significantes. La directora griega vuelve a situar su cámara en el centro de un espacio cerrado para componer un retrato metafórico sobre la Grecia que se encuentra fuera de campo. De los monstruos generados por el heteropatriarcado.

Crítica.

Frantz (François Ozon, Francia).

François Ozon regresa a la senda con una bellísima revisitación de Remordimiento (Ernest Lubitsch, 1932). Un soldado arrepentido acude a conocer a la familia de su enemigo. Con un dispositivo formal que alterna el color y el blanco y negro, Ozon reflexiona sobre la culpabilidad, la responsabilidad y el perdón con delicadeza. Un film profundamente antibelicista.

Crítica.

Anomalisa (Charlie Kaufman y Duke Johnson, Estados Unidos).

Nunca unos personajes animados mediante stop-motion estuvieron tan cargados de vida. Y de verdad. Los autores deslizan una mirada punzante sobre el dolor y la soledad, sobre el hastío vital en un mundo que es pura repetición (de voces y rostros). Fantasmagórica, con una puesta en escena sutilísima y con un cierre radiante, Anomalisa es uno de los acercamientos más certeros a la psique humana.

Crítica.

El incendio (Juan Schnitman, Argentina).

En ocasiones compartir un día en pareja puede convertirse en un infierno. En cada plano de El incendio subyace tensión, pasión, amor, violencia… Juan Schnitman apuesta por un dispositivo formal de planos secuencia que concede el peso de la acción a sus actores, Pilar Gamboa y Juan Barberini. No cabe duda de que la decisión es acertada: la película argentina es una de las miradas más sobrecogedoras hacia la pareja contemporánea.

Crítica.

El verano de Sangaile (Sangailes vasara; Alanté Kavaïté, Lituania).

La cámara de Kavaïté se eleva al cielo con insistencia, como si buscase emprender el vuelo que su protagonista no alcanza. El vértigo es uno de los principales temas de este film lituano que narra la relación iniciática entre dos mujeres jóvenes. Finísima y pendiente del detalle, la puesta en escena de la lituana acaricia los silencios, se detiene en las miradas y aprisiona los gestos en este ejercicio agridulce sobre el amor y sus abismos.

Crítica.

The Duke of Burgundy (Peter Strickland, Reino Unido).

Perversa, onírica y bellísima. Un acercamiento sin ambages a la relación que mantienen dos mujeres y que hunde su raíz en un tiempo indeterminado que podría ser cualquiera. Los límites del cuerpo, del sexo o de la dominación se estudian a través de una puesta en escena nocturna, cobriza y cargada de simbología, que impregna la obra de extrañeza para hablar, finalmente, de amor, entrega y erosión.

Crítica.

Dead Slow Ahead (Mauro Herce, España).

Terror moderno. Un documental que narra la vida de unos marineros filipinos en el carguero Fair Lady se convierte en una sugerente mirada introspectiva hacia la incomunicación, el miedo y la soledad. Soberbios trabajos de sonido y fotografía. La puesta en escena de Mauro Herce llena la pantalla de extrañeza y fantasmagoría. Un artefacto cinematográfico único.

Las amigas de Àgata (Les amigues de l'Àgata; Laia Alabart, Alba Cros, Laura Rius y Marta Verheyen, España).

Una cinta dirigida desde cuatro puntos de vista que resulta fascinante por su naturalidad. Las cineastas debutantes (este es su trabajo de fin de grado) consiguen capturan con muchísima verdad el tránsito entre la adolescencia y la madurez. Ese periodo lleno de dudas en el que todo se tambalea y cuando la personalidad despega. Realismo puro y, en cierto modo, amargo.

La bruja (The VVitch: A New-England Folktale; Robert Eggers, Estados Unidos).

Una ópera prima muy jugosa. Robert Eggers se sumerge en los bosques más íntimos para hablar de brujería y credo religioso. De monstruos antiguos, en definitiva. El autor ofrece una simbiosis perfecta entre una puesta en escena muy simbólica, pictórica e imaginativa y una escritura historicista que devuelve una genealogía del miedo que surge de la intimidad de cada personaje. Un debut perturbador.

Crítica.

Ahora sí, antes no (Right Now, Wrong Then; Hong Sang-soo, Corea del Sur).

La música del azar. En el seno de la nueva obra de Hong Sang-soo late la duplicidad. Dos partes parecidas, pero no iguales, componen, como de costumbre, el relato de una serie de encuentros entre un hombre y una mujer. Un curioso juego de puesta en escena que va de la realidad a la ficción,  o de la derrota a la imaginación. Una ligera, pero potente metáfora sobre las segundas oportunidades con el sello del surcoreano.

Crítica.

El amor es más fuerte que las bombas (Louder Than Bombs; Joachim Trier, Noruega).

Película coral en la que el mismo duelo se convierte en cuatro diferentes según el doliente. Una familia trata de aliviar la pena por el fallecimiento inesperado de la madre. Un relato fragmentado, de concepción estilizada e imágenes de carácter poético en el que Joachim Trier (y Eskil Vogt como guionista) expone un interesante discurso sobre el valor residual de las imágenes.

Crítica.

Los exámenes (Bacalaureat; Christian Mungiu, Rumanía).

De cocción lenta y gran profundidad de campo, la última película del rumano Mungiu lanza una mirada cruda y sin edulcorantes a la sociedad de su país. Una Rumanía corrupta desde la base hasta la cúspide que el cineasta ya había conseguido retratar en sus títulos anteriores y que ahora muestra mediante capas. Resuenan ecos de su obra maestra 4 meses, 3 semanas y 2 días.

Crítica.

Casa Grande (Fellipe Barbosa, Brasil).

Un acercamiento desde la perspectiva de clase al Brasil contemporáneo. Con un gusto exquisito por el plano estático, Barbosa se inmiscuye en el seno de una familia adinerada y reaccionaria. Solo el miembro más joven se mezclará con las criadas y con una joven de la favela que conoce en el colegio. Una interesante concepción narrativa de la duplicidad para adentrarse en una sociedad estamental y arcaica.

Crítica.

Lobo (Theeb; Naji Abu Nowar, Jordania).

Incuestionable, hostil y muy dura. Explora una relación a dos bandas: la de dos hermanos beduinos y la que el pequeño mantiene con un soldado británico en la Arabia en guerra de 1916. El cineasta explora varios géneros: desde el western hasta el cine de aventuras. En su puesta en escena árida (gran trabajo sonoro) resuenan nombres como David Lean o el maestro japonés Akira Kurosawa. Un triunfo de los cines periféricos.

Sunset Song (Terence Davies, Reino Unido).

El primero de los dos filmes que Davies ha estrenado este año  en nuestro país (también llegó la notable Historia de una pasión). En Sunset Song, el cineasta se acerca a la Escocia de principios de siglo XX a través de una mirada femenina. Una reflexión sobre los lazos que nos atan a la tierra a la que podría poner música el mismo Woody Guthrie. Magnífico uso de la arquitectura de los espacios y la temporalidad del plano.

Crítica.

Los odiosos ocho (The Hateful Eight; Quentin Tarantino, Estados Unidos).

Octavo film del cineasta de Tennessee. Meta-referencial y descarnada visión sobre la venganza y la violencia que, en su interior, recoge también una ácida mirada hacia grandes temas como la conformación de los Estados Unidos, la esclavitud y las tensiones raciales o la violencia soterrada (y no tanto) contra la mujer. Impresionante ocupación del espacio que ofrece el encuadre y grandísimo uso de la estructura en capítulos. Tarantino disfruta jugando a ser un demiurgo.

Crítica.

Tamara y la catarina (Lucía Carreras, Méjico).

Una de las sorpresas de la temporada. Pequeña, pero potentísima aproximación a los márgenes. Lucía Carreras plantea un film en el que (casi) todo son preguntas. Una película incómoda en su concepción y en sus discursos, y sin embargo profundamente compasiva. La solidaridad femenina, la corrupción del sistema mejicano y la pertenencia a las clases bajas filmadas a través de planos extensos y distanciados de su objeto. Fantástica.

Crítica.

Paterson (Jim Jarmusch, Estados Unidos).

Con sus altibajos, sus virtudes y sus vicios, Jim Jarmusch ha filmado una película especial, tanto en su forma como en su fondo. La rutina y los pequeños placeres se sitúan en el centro de gravedad de la obra, que recoge la cotidianeidad de una pareja normal a base de sutiles variaciones en la repetición constante que estructura el film. Una metáfora que sitúa el proceso creativo como antípoda de la alienación sistémica.

Crítica.

Nahid (Ida Panahandeh, Irán).

En su debut cinematográfico, Panahandeh recoge el testigo de otras grandes cineastas iranís como Forrugh Farrokhzad, Mania Akbari o Samira Makhmalbaf. Nahid es la historia de una mujer divorciada que quiere casarse con otro hombre sin perder la custodia de su hijo. Alejada de moldes, la película se mueve en un constante espacio de ambigüedad e incertidumbres. El símbolo de un sistema profundamente errático.

Crítica.

El botón de nácar (Patricio Guzmán, Chile).

El mar como testigo del horror. Guzmán edifica toda una genealogía de la dictadura chilena a partir de un botón encontrado en el fondo del océano. Un vestigio que podría pertenecer a cualquiera de los asesinados por Pinochet. A medio camino entre el documental poético y el alegato político, la inconfundible voz en off del cineasta muestra el naufragio de una nación. Un testimonio imborrable que garantiza el nudo en la garganta.

Crítica.

El niño y el mundo (O menino e o mundo; Alê Abreu, Brasil).

Caleidoscopio lleno de color que ofrece un fresco sobre el Brasil contemporáneo, el de los Juegos Olímpicos de Río y el Mundial de fútbol, pero también el de las clases pobres y los márgenes sociales. Un niño busca a su padre incesantemente. En el viaje, el espectador que lo acompaña es testigo del contexto brasileiro. Un ejemplo de cómo filtrar un discurso sociopolítico en el trazo animado de una película llena de ternura.

Crítica.

Después de esto (Efterskalv/The Here After; Magnus von Horn, Suecia).

La sociedad del bienestar también tiene agujeros insondables. Abrazada a la corriente actual de la ficción nórdica, la película juega a desmontar tópicos mediante una reflexión sobre la reinserción de un joven que regresa al pueblo tras un crimen violento. Magnus von Horn mira exclusivamente al presente. Un thriller psicológico y agobiante que se edifica en torno a las miradas y los pequeños gestos de rencor.

Crítica.

Aloys (Tobias Nölle, Suiza).

El debut de Nölle indaga en la soledad de un hombre para hablar de la individualidad que canibaliza nuestros días y de la fuerza de la pérdida. De tono seco, cortante y agresivo, el film interpela constantemente al espectador mediante la melancolía recogida por la fotografía crepuscular de Simon Guy Fässler. Aloys suena como un edificio que se derrumba sin que nadie haga nada por impedirlo. Mientras, nosotros miramos. Buena metáfora sobre el mundo.

Crítica.

La academia de las musas (José Luis Guerín, España).

¿Qué es una musa y para qué sirve la poesía? José Luis Guerín parece hacerse estas preguntas a través del profesor que protagoniza su film. Pero el cineasta se hace muchas más cuestiones a lo largo de su cinta, un cruce entre el documental y la ficción en el que resulta difícil extraer qué pertenece a cada cual. Cine intelectual, repleto de interrogantes y cuestiones y, no obstante, de carácter liviano.

Café Society (Woody Allen, Estados Unidos).

¿Y quién comprende el funcionamiento del amor? Probablemente nadie lo haya conseguido, aunque Woody Allen no deja de intentarlo. En su nueva obra, protagonizada por un trío exquisito (Kristen Stewart, Blake Lively y Jesse Eisenberg), el veterano cineasta establece su propia visión sobre lo disparatado de las pasiones. Nostálgica, lírica, abatida y con uno de los finales más tristes (y bonitos) del 2016.

La ley del mercado (La loi du marché; Stéphane Brizé, Francia).

Ampliación del campo de batalla. El liberalismo como un cuadrilátero infinito. Lleno de promesas de victoria, pero corrompido por la derrota. Brizé filma a un trabajador entre la espada y la pared. Un obrero alienado frente a un sistema neocapitalista que trata de canibalizar la colectividad. El cineasta toma como referencia a los Dardenne y ofrece un discurso que es pura dignidad. Pura conciencia de clase.

Crítica.

Spotlight (Tom McCarthy, Estados Unidos).

Incuestionable defensa del periodismo. A mitad de camino entre The Wire y The Newsroom. Basada en la investigación real que destapó el escándalo de pederastia que involucró a más de cien curas de Boston. McCarthy dispone sus elementos de forma aséptica, alejado de formalismos y con una puesta en escena funcional, para adherirse a la mayor de las claves periodísticas: la búsqueda de la verdad sobre la firma.

Crítica.

Paz en nuestros sueños (Peace to Us in Our Dreams; Šarūnas Bartas, Lituania).

Una de las obras más poéticas y personales de este 2016. Protagonizada por el propio director, su hija y su actual pareja, Paz en nuestros sueños narra un proceso de duelo (la mujer del cineasta falleció tiempo antes de realizar el film). El resultado es una obra llena de verdad, silencio, dolor e incomunicación. Sus bellísimas imágenes componen un retrato incómodo, pero profundamente lírico, del sufrimiento humano y sus paliativos.

En el sótano (Im keller; Ulrich Seidl, Austria).

Provocación en estado puro. O no. Solo con descender a los sótanos de las viviendas familiares de Austria, Ulrich Seidl es capaz de esgrimir un discurso sobre las pasiones ocultas, las perversiones y los mecanismos censuradores sobre todo lo anterior. Im keller es una mirada incómoda (¿qué obra del cineasta no lo es?) hacia lo subterráneo de un autor que siempre evita juzgar a sus interlocutores.

Crítica.

The Neon Demon (Nicolas Winding Refn, Francia).

Polémica, pretenciosa y excesiva, la última obra del esteta Winding Refn (ahora NWR por voluntad propia) es un monstruo inconmensurable. Un artefacto visual potente y ensimismado en el impacto de sus imágenes, que, no obstante, esconde un interesante mensaje sobre los celos, la violencia soterrada y el canibalismo que impera en la moda. Eso sí, para leerlo hay que permitir al director unos cuantos caprichos.

Crítica.

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