92 años

Te escribo estas líneas mientras todos están fuera. Unos ríen, cantan, se jactan de haber ganado. Los otros lloran otra vez. Pero ninguno entiende que a nosotros nos dé igual todo eso. Que ni su felicidad nos da envidia ni sus lágrimas nos representan. Que no hay Europa que valga ni la mitad que las angostas calles del barrio. Que más allá del puente, tan cerca y tan lejos, queda una ciudad que no nos ha querido nunca y a la que nosotros no hemos necesitado. Y para qué engañarnos, no han sido ni una ni dos las veces que habré soñado con que te permitan quitar esa M que te obligan a llevar en tu piel desde hace unos años, querida Agrupación.

Te escribo estas líneas hoy. El día en el que seguramente menos se hable de ti. Y ahora que, justamente, atraviesas marejadas y oscuras tormentas. Y te las escribo con el corazón en la mano. Hoy, que cumples 92. Hoy, que muchos se alegran de que la vida te haya dado uno de esos golpes repentinos que hacen que todo se tambalee. Hoy, que los que tanto mal te han deseado disfrutan de su gloria de plata y cartón piedra. De su fútbol moderno. De su complaciente soberbia.

Pero no nos interesa nada de eso. Tú me lo has enseñado. Que solo es importante lo nuestro y nada más. Y que los demás lidien con lo suyo. Cuando yo nací, ya estabas ahí. Tú me has visto crecer. Y sé que o moriré contigo o estaré a tu lado cuando tengas que partir, si tenemos la mala suerte de que te marches tú antes. Y que, sea como sea el camino, nos acompañaremos. Por algo son cuatro siglas que marcan una vida. Y cuatro números que nos estremecen. Y la hinchada de un barrio que siempre te alienta, no importa contra quién ni dónde. Aunque nadie entienda nada de esto. Mucho menos una noche como hoy. Y qué importa.

Solo tú podías hacerlo. Solo tú podías cumplir 92 años en la noche en la que todo el mundo mira a las estrellas. En la que no quedan astros ni lunas para ti. Ni para nadie. Solo tú podías hacerlo porque, además, sé perfectamente que te da igual, que cuantos menos, mejor, que disfrutaremos más si festejas un nuevo cumpleaños con una discreta reunión de familia y amigos. Para qué queremos más. Si en el barrio, y en cada pequeño Vallekas de extrarradio, somos todos como hermanos.

No cambio la alegría de todos los que gritan ahí fuera por ninguna de las penas que hemos compartido. Qué sabrán ellos. No cambio ni uno de los minutos que he pasado a tu lado por horas de su gloria. Me conformo con saber que estarás ahí cada fin de semana, que vas a hacer lo posible por seguir viviendo. Por luchar junto a los que son como tú como has hecho hasta ahora. Con saber que nadie te va a conseguir arrebatar tu carácter combativo y solidario. Soy feliz con poco. Pero nuestro poco es mucho. Y quizás eso sea lo que muy pocos sepan. Hay un lema que dice que “solo entiende mi locura quien comparte mi pasión”. Tal vez por eso siempre somos los de siempre. Y seguro que por eso no nos hacen falta más que los que siempre estamos.

92 años. Pocos quedarán ya en pie de los que te vieron nacer. Sí queda, en cambio, el lugar. La huella. El portal de doña Prudencia en la antigua calle del Carmen. El barrio y sus cicatrices de clase. La Albufera, Payaso Fofó y Arroyo del Olivar, como testigos de todos los hogares que nos acogieron hasta el día de hoy. Y, por supuesto, sus gentes. Esa masa que, aunque mude la piel y cambie el rostro o la voz, se identifica desde el primer momento contigo. Ese flechazo de una hinchada que nunca te ha dejado de querer, y que no lo hará pase lo que pase. Que permanece siempre a tu lado, en las buenas y en las malas. 92 años de franja roja en el pecho. De generaciones que se suceden y te acompañan, orgullosas, por toda la geografía habida y por haber. Y que lo hacen con la cabeza levantada. Aunque en una ciudad tan tiránica y déspota como Madrid sea tan difícil ser del Rayo. Y más en una noche como la de hoy. Por eso es tan bonito. Por eso nunca me arrepiento de este amor. Por eso te quiero tanto, bendita Agrupación.

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