'Banshee', el mapa y el territorio

Posibles SPOILERS | La cuarta temporada, y última, de 'Banshee' ha profundizado en su concepto de microsociedad y de mapa de los instintos primarios de los humanos.

La sociedad, en todo su esplendor, en un mapa. Concretamente, en el de Banshee. De no existir el ficticio condado de Pennsylvania, algún sociólogo (real o no) debería de inventarlo. Allí se da cita, puerta por puerta, personaje por personaje, la representación infinitesimal de toda una sociedad. De un mundo al completo, si se quiere. Si el crítico Javier Rueda establecía que Calle Cloverfield 10 (Dan Trachtenberg, 2016) se podía leer como la metáfora de los Estados Unidos actuales [Caimán-Cuadernos de Cine, nº98, abril de 2016], Banshee podría suponer un doble reverso a esta lectura: sería la foto de los instintos más violentos de Norteamérica, recogidos en un solo espacio, pero también la imagen de las pulsiones más primarias (y generalmente reprimidas) de la raza humana (violencia, sexo, asesinato, corrupción, etc.). Los rasgos que, en definitiva, constituyen una y toda sociedad.

La cuarta, y última, temporada de la serie ha vuelto a indagar en ese concepto. Nuevamente, el guion ha colocado diversas piezas en un tablero utilizado al antojo de un creador demiurgo. De esta forma, a lo que ya tenía el condado en anteriores entregas se han podido añadir  dos nuevas miradas hacia lo perverso: por un lado, el culto a lo satánico; por el otro, la presencia amenazante del cártel colombiano de la droga. La secta y la mafia suramericana se han unido así a las ya comparecientes tribus y grupos previos. Y para un pueblo que ya albergaba a amish y católicos radicales, a sociedades del crimen ucranianas, a una tribu de indios en rebelión contra la supremacía blanca, a policías de toda índole y perfil o a la Hermandad nazi (también con mayor relevancia en esta entrega que en anteriores), quizás era lo único que faltaba por llegar.

La elipsis inicial nos ha devuelto a un Banshee muy distinto del que nos dejó la temporada anterior.
La elipsis inicial nos ha devuelto a un Banshee muy distinto del que nos dejó la temporada anterior.

La mayor sorpresa de esta tanda final llegaba desde el magnífico primer episodio. Una elipsis. Algo tan sencillo como un silencio de dos años nos obligaba a mirar con los ojos del recién llegado al pueblo que tan bien conocíamos. De un plumazo, el espectador se encontraba con que Rebecca había sido brutalmente asesinada, que la policía había abandonado el famoso Cadi tras el asedio de los kinaho para instalarse en una profesionalizada comisaria, o con Brock como nuevo sheriff, Hood vagabundeando en una cabaña tras la muerte de Siobhann y el despiadado Kai Proctor en la esfera de poder, convertido en alcalde y ayudado en sus negocios más turbios por la citada Hermandad hitleriana. Un punto de partida completamente inesperado y que ha obligado, tanto a espectadores como a creadores, a girar el cuello y lanzar su mirada continuamente hacia el pasado. De inicio las preguntas eran muchas: ¿cómo había llegado Hood a esa degradación?, ¿y Proctor a la alcaldía?, ¿dónde estaba Job, al que habíamos abandonado en mitad de un secuestro? Por su parte, las respuestas estaban en lo ocurrido durante la vasta elipsis inicial. Y entre ella y el presente han transcurrido los ocho episodios que han cerrado la producción de Cinemax. Entre el proceso policial para dar caza al asesino, con un nuevo tándem formado por Hood y el fantástico contrapunto que ha supuesto la agente del FBI Veronica Dawson, y las dudas sobre todo lo ocurrido desde el potentísimo final de la tercera temporada hasta el inicio de la presente.

La irrupción de la agente del FBI Veronica Dawson (Eliza Dushku) ha sido un acierto.
La irrupción de la agente del FBI Veronica Dawson (Eliza Dushku) ha sido un acierto.

El discurso de la cuarta tanda de episodios ha experimentado mucho más en torno a la forma que en cuanto a su contenido. La fragmentación del relato ha sido una de las herramientas preferidas de la dirección de la serie para hacernos llegar la información con cuentagotas y aumentar la tensión, siempre creciente en cada una de las tramas. Constantemente hemos visto flashbacks, recuerdos del pasado o movimientos de puesta en escena encaminados a favorecer y mantener esa tensión inicial. Sin embargo, en este tramo final, a las clásicas escenas de acción, tan magníficamente rodadas como siempre (véase el plano secuencia en la persecución del 4x03, por ejemplo), se ha unido una cierta exploración de la belleza sobre la imagen. Si Banshee se ha caracterizado siempre por su músculo, la última aproximación también ha querido investigar los espacios que toda persona reserva hacia su interior. Y en esa mirada introspectiva a sus protagonistas hemos encontrado la poesía en contraposición a la vigorosidad. Desde el Hood distorsionado por el espejo (¿quién ha sido realmente este hombre?) hasta el propio Proctor sufriendo alucinaciones en su duelo por su sobrina Rebecca (el ralentí de su aparición en el río en la series finale o sus múltiples imaginaciones: “no puedo vivir en esa casa, está llena de fantasmas”) o el abrazo de Kurt (¡qué personajazo!) a su hermano Calvin tras dispararle (4x08) para proteger a su amante, a su vez esposa de este. Tanto la composición y arquitectura de la imagen como el propio montaje se han permitido la posibilidad de establecer esa suerte de exploración poética de puntos débiles de cada personaje. Tal vez sea algo lógico tratándose de una despedida en la que todo suena a réquiem. Y por mucho que pensemos lo contrario, con el fin de protegernos y engañarnos a nosotros mismos, hasta los seres más despreciables tienen emociones profundas. No obstante, pese a la aproximación a lo sentimental, la cuarta temporada ha permanecido en su línea de violencia explícita y selecto bizarrismo. Como muestra, el asesinato de un kinaho a manos de la Hermandad con el cruento método del aplastamiento en torno, los rituales satánicos (rodados con cierta predisposición a la suculencia) o el desmembramiento de un traidor a la Hermandad con horribles y truculentas maneras. Entre otras lindezas. Cualquiera que haya seguido la serie sabe que Banshee es un catálogo de infamia y brutalidad sin par.

Kurt Bunker, en uno de los momentos más tensos que comparte con su hermano Calvin.
Kurt Bunker, en uno de los momentos más tensos que comparte con su hermano Calvin.

Pero, como decía, en mitad de la búsqueda del asesino en serie, el final de Banshee ha estado plagado de introspección. Desde una Carrie más circunstancial que nunca, aunque siempre presente, en la consulta psicológica (tal vez simbolizando una extensión de toda la sociedad) hasta un Hood que ha tratado, con todo su ahínco, de lidiar con el duelo de dos muertes: la de Siobhann, perenne en sus pensamientos, y la de Rebecca, quien pasó sus últimos meses acompañándolo, silenciosa, en su dolor, como testigo de sus noches más agrias. Y, más allá, el duelo interrumpido por Job, rescatado de manos de sus secuestradores en el capítulo más vertiginoso de los ocho finales, y que también ha tenido que aprender a vivir con el miedo y la desconfianza provocados por dos años de reclusión y torturas. Pero no solo ellos han lidiado consigo mismos y sus vacíos. También Brock, más solo que nunca, o el propio Proctor, ansioso de conocer y aniquilar al asesino de Rebecca, su sobrina y ojito derecho. O Kurt, el nazi convertido a policía, que ha tenido que luchar contra sus antiguos “hermanos”, hambrientos de darle muerte junto a su hermano de sangre. Tal vez el final de esta trama haya sido el más bello, emocionante y crudo de todos los que transcurre último episodio. Porque, como se anunciaba y se preveía, el final de la ficción ha estado plagado de confesiones y despedidas.

Si el espectador tenía miedo al final abierto, la solución ha sido más que satisfactoria. Todos los personajes han tenido un cierre, más o menos anunciado y/o previsible, pero indiscutible. Quizás el giro final más sorprendente haya sido el que tiene que ver con el misterioso Clay Burton. Pero no quiere decir esto que los demás hayan sido menos loables. Ni mucho menos. Todos los protagonistas han dicho adiós, se han despedido de aquello que más amaban e incluso de los fieles que han mantenido sus ojos en la pantalla durante estos años. El final es un final, con todo lo que eso conlleva. Si bien no de forma hermética en algunos casos, todo queda cerrado en la historia. Para bien, al menos en lo referente a la cuestión narrativa. Incluso la línea argumental de Hood, al que Sugar, en una conversación final personal e íntima –en la que también parece dirigirse a los espectadores–, revela el verdadero sentido de estas cuatro temporadas y el espíritu final de la serie. Efectivamente, como dice el ex púgil, Banshee no ha sido más que la expiación de Lucas. Porque a veces la redención no llega a través de la reclusión penitenciaria y sí gracias a que la persona decide tomar un camino distinto y dejar que el pasado se convierta, precisamente, en pretérito. Ese discurso de Sugar, último personaje al que vemos, da pie al abandono de la ciudad por parte del protagonista. Subido en la misma moto en la que llegó, un cartel lo despide, nos despide. “Está abandonando el distrito de Banshee. Vuelva pronto”. Y su presencia, tan irrefutable ya como diminuta y lejana, se evapora en el horizonte. Volveremos, claro. Cada día, probablemente. Incluso de forma inconsciente. Al fin y al cabo, Banshee es y será siempre un mapa de nuestros territorios más insondables. La representación de nuestra cartografía íntima.

Job y Carrie han permanecido algo más al márgen, pero han vuelto a ser importantes para el desenlace.
Job y Carrie han permanecido algo más al márgen, pero han vuelto a ser importantes para el desenlace.

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