Breve, pero intenso.

Un paseo por la brevedad de unos tiempos que anuncian relatos cortos.

El plano actual se ha desquiciado. Había un quicio, mi quicio, y el tiempo ya no encaja en los tiempos en los que aprendí a medir.

Supongo que nos pasa a todos: nos adaptamos o vivimos en la nostalgia. Yo añoro alguna estructura, pero soy más de valorar lo corriente, aquello que sobreviene continuamente. Pero abstrayéndome tanto no conseguiré comunicarme. Me centro. Allá voy.

El tiempo se mide en acciones que ejercemos o en acontecimientos sobrevenidos. Estos últimos escasean y procuramos generar las condiciones óptimas para propiciar más a nuestra monótona vida. Pero no sólo la segmentación de las acciones ha delimitado el tiempo en tramos más pequeños. También la expresión artística ha contribuído. Las películas han de contar con un ritmo frenético que no nos permita mirar el reloj, las series se acortan en tiempo y profundidad. Nos cuesta prestar atención a canciones de más de 4 minutos donde la estructura no sea predecible, leemos cada vez pasajes más livianos y, como colofón, escaneamos las noticias en vez de comprender toda la información que nos ofrecen. Titulares, Twitter, rápido, no tengo tiempo para entrar en el cuerpo de la noticia.

Hay un arte en miniatura que se conoce antes de este desquicie. El cine siempre ha contado con un hermano menor: el cortometraje. Pero lo curioso de este formato es que no se trata de una copia resumida ni de una entradilla del gran formato. Un cortometraje cuenta con condiciones diferentes a un largometraje. Para empezar, sabemos que todo tiene una caducidad próxima. Además, tendrá que contarnos una historia en un tiempo nimio, por lo que tendrá que condensar el texto en símbolos y detalles que cumplan por muchos minutos. El cortometraje, bien entendido, es otro género dentro del cine que impide contemplarlo como a los demás. Requiere de un ingenio asombroso y de una técnica fresca para conseguir la conquista sorprendente. Por eso no veo conexión entre los tiempos actuales sacados de mi quicio y los cortometrajes, que además no se han visto en auge por esta vorágine de aceleración.

Y luego están los relatos cortos. Y este análisis ha requerido una apreciación detallada de lo que significa escribir en pocas páginas, relatar sin dar respiro al lector. Pero he puesto mis pinceles a remojo y voy a retratar lo que estos relatos esconden. Para esta muestra he contado con la ayuda de una autora muy reconocida en estos últimos días: Laura Ferrero. Es la artífice de Piscinas vacías, un compendio más que estimulante. Sus relatos dieron tanto de qué hablar que Alfaguara se atrevió a publicarlos hace pocos meses. El favor no se lo hace la editorial a la autora, sino a la inversa.

Como decía, la diversificación de los espacios temporales conlleva un cambio determinante en nuestra ética. Las costumbres, los afectos y la atención priorizada son, por síntomas, las claves de este cambio. Y quise preguntarle a Laura qué hay de este cambio en nuestra actual tendencia a escoger lecturas más cortas. La primera duda era clara: ¿es la pereza y la ínfima capacidad de atención razones suficientes para empujar a la gente hacia el relato corto? ¿Qué tiene un relato como los de Laura Ferrero que aportar a este devenir actual?

Como escritora, Laura conoce su público, aunque su reciente reconocimiento alberga aún dudas en cuento a esto. Está convencida de que el relato corto no es antesala o paso previo hacia ninguna otra cosa como una novela, sino un fin en sí mismo. Son historias mínimas, así como los cortometrajes, donde todo ha de desarrollarse en poco tiempo. Para Laura, este tipo de relato responde al arquetipo "menos es más" y goza de una frescura e inmediatez de las que la mayoría de novelas carecen. Ella considera que el público está preparado para leer cualquier texto y es un problema de hábito, y no de capacidad, que nos apetezca leer algo más corto o más largo. La intensidad con la que se cuenta un relato breve, añade Laura, es muy difícil de mantener en una novela de 500 páginas. Sus relatos nacen de una impresión fuerte de esas que no te dejan dormir y necesitas expresar. Ahora está terminando su primera novela, pero se siente cómoda volviendo al formato corto, y aquí aproveché para adentrarme en el significado de su obra. Si uno lee Piscinas vacías, se adentra en muchas historias agitadoras emocionalmente. Me pareció llamativo encontrar personajes con vivencias tan sobrecogedoras, temáticas tan inquietantes. Le pregunté por unos y otras. Me contestó. Como se contesta a un amigo, con honestidad y cariño. Resumo, pero no cuento todo, que su libro merece la pena experimentarlo.


A pesar del tópico del autorretrato, Laura no ha vivido todas las experiencias que cuenta, aunque por sus comentarios uno se inclina a pensar que las ha conocido de cerca. Su manera de contarlas derrocha empatía, pero lo que destaca por encima de toda expresión es esa dulzura para relatar el dolor. La pérdida, la angustia, la desesperanza y la nostalgia flotan en cada página, te desgarran y te acurrucan en ese sofá en el que uno se había refugiado a leer. No terminé triste leyendo a Laura Ferrero, pero sí confieso haber sufrido lo suficiente para pensar que esta joven mujer tiene la capacidad de pulsar esa herida que todos, absolutamente todos, tenemos aquí o allí.

No son abreviaturas, ciertamente. Que sean más comerciales en estos tiempos sí parece que esté conectado con la rapidez en la que nos hemos instalado, pero no es más que una oportunidad a un formato, o género, que nos descubre desnudos en un espacio de introspección profunda. Y como dice Laura, "Al final, escribir es una especie de intelectualización de la vida, cuando está ocurriendo no sabes descifrarlo, cuando hay palabras de por medio, podemos entenderlo mejor."

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