'Casa Grande', la riqueza pobre

CRÍTICA | Fellipe Barbosa narra la historia de iniciación de un joven de familia adinerada y, además, lanza una mirada hacia la realidad política y socioeconómica de Brasil.

Un hombre abandona el jacuzzi de su vivienda, entra en la mansión y cierra la puerta. Poco a poco, las luces se apagan, primero en la planta baja, después en la intermedia y, por último, en la planta más alta. La residencia se mantiene unos segundos a oscuras; la cámara permanece en toda la secuencia estática, inmóvil, observando el silencio. Una tranquilidad que, sin duda, precede a la tormenta. Las primeras imágenes de Casa Grande se pueden leer como una amenaza, un aviso de lo que está por venir. El lento avance de la oscuridad que se cierne sobre la casa, mansión, símbolo de burguesía, de acomodamiento, de bienestar, simboliza las propias sombras que van a empezar a cobrar vida dentro de la familia protagonista.

El hogar permanece en el centro, como permanecerá durante toda la propia película, y como símbolo de los estratos sociales que existen de puertas hacia fuera. Tal vez no haya un país más propicio que Brasil para mostrar esa segregación, un clasismo estratificado que se puede comprender perfectamente con la sencilla relación señores-criados en la que apoya Fellipe Barbosa el resto de tramas. Desde las conversaciones sobre las cuotas sociales y raciales en la universidad que mantienen varias veces los personajes (significativas las dos que se mantienen en sendas cenas) hasta los incontestables mecanismos de despido, reducción de personal y la mezquindad que rodea al trato que despliegan los patriarcas para con sus empleados.

Subyacente, siempre, el clasismo de la sociedad brasileña.
Subyacente, siempre, el clasismo de la sociedad brasileña.

Todo remite a la arquitectura social. Y no parece ser casualidad cuando gran parte del último cine llegado del país brasileiro implica o favorece una lectura en esa línea. Quizás el título con el que más puntos en común guarde Casa Grande sea la fantástica Una segunda madre (Anna Muylaert, 2015), con la que Barbosa emparenta su propuesta a través de la relación casi maternal que mantiene el hijo de la familia con los criados de la familia. Un vínculo que, como también ocurría en la obra de la autora, se sitúa en un plano emocional superior incluso que el que mantiene con sus familiares directos (el único abrazo de Jean es para ellos). Sin embargo, si bien es la resonancia más directa de la cinta en cuanto a temáticas y procedimientos, más allá se podría hablar también de su adscripción en una vertiente social que completarían, además de la citada, otras como El niño y el mundo (Alê Abreu, 2013) o Aquarius (Kleber Mendonça Filho, 2016), recientemente presentada en Cannes, y que se perfilan como una aproximación a la situación actual, política, económica y social, que atraviesa la nación suramericana.

En Casa Grande Fellipe Barbosa opta por la primacía del plano estático, quizás como muestra del estatismo en el que parecen vivir los personajes centrales. Una quietud reaccionaria que solo parece querer abandonar el miembro más joven de la familia, que mantendrá encuentros habituales tanto con una de las empleadas del hogar como con una joven de clase media-baja a la que conoce en el trayecto a su instituto. Porque tras el hálito sociopolítico late una historia personal, el relato iniciático de un joven que se enamora por primera vez y que busca experimentar con el sexo. En este sentido, la habilidad del cineasta radica, en su mayor parte, en saber equilibrar la balanza y mostrar ambas corrientes narrativas sin que una se sitúe radicalmente por encima de la otra. Y lo consigue a través de los detalles de una puesta en escena que se permite significar, más allá de las conversaciones, las miradas, las palabras que se dicen y que no o pequeñas decisiones como la que toma el director a la hora de dejar en fuera de campo a la hermana pequeña de la familia mientras habla, aun con la razón como bandera, para mostrar con un ligero movimiento la vigencia de un patriarcado social muy arraigado.

La relación de Jean y Luiza vertebra buena parte del metraje.
La relación de Jean y Luiza vertebra buena parte del metraje.

Quizás, precisamente, por lo arcaico del orden social del país al que se circunscribe, todo parece encaminado a la caída en Casa Grande. Desde la complacencia de la familia protagonista, constantemente interpelada por el autor, hasta las dualidades que se establecen como espejos durante todo el film: familia y criados, ricos y pobres, seguridad y crimen, mansión y favela, jacuzzi y playa o, en última instancia, burguesía y proletariado. Lo primero, para las gentes “de bien”; lo segundo para aquellos que no pueden ahorrar. Tal vez por esa misma razón, la estructura del guion replique con total conocimiento el desplome de la familia, el alumbramiento de la mentira y la ausencia de esos valores que recrimina una de las empleadas tras el despido de su compañero. De ahí la brillantez de su primera secuencia, en cuya composición se recoge todo el espíritu de la película. Porque, siempre, incluso aunque el dinero sea el pan de cada día, poco a poco las luces se apagan. Y como testimonio, el último plano: la muestra de que en una juventud capaz de desnudarse y obviar el discurso reaccionario y lleno de prejuicios es donde reside la llave del verdadero cambio.

Barbosa utiliza con inteligencia las conversaciones en torno a la mesa.
Barbosa utiliza con inteligencia las conversaciones en torno a la mesa.

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