'Colossal' o tú, yo y nuestros monstruos

CRÍTICA | Nacho Vigalondo fabula sobre la humanidad (o todo lo contrario) que nos define mediante una historia sobre monstruos, externos e internos. Brillante Anne Hathaway.

La expresión de Anne Hathaway en Colossal, cuando descubre su correspondencia con ese monstruo que destruye Seúl, podría ser la de cualquier persona que descubre en su yo interior un impulso destructor. La estupefacción de aprender que, efectivamente, nuestro interior también alberga una bestia, como se suele decir, y que el resto de nuestros días tendremos que luchar con ellos para mantenerlos a raya.

Nacho Vigalondo juguetea con su historia y termina componiendo una sinfonía en varias direcciones. El autor español reflexiona desde el cruce de géneros sobre temas tan profundos como el doble filo de las inseguridades, que generan monstruos (el flashback que explica el componente fantástico del film), el maltrato o la capacidad de contrarrestar y luchar contra las injerencias ajenas en nuestra vida. Pero sin duda el mensaje más potente viene dado por la fractura que inserta el director entre sus dos protagonistas. El artífice de Los cronocrímenes (2007) vuelve a ofrecer el protagonismo a una mujer para, esta vez, romper de raíz con el mito del amor romántico que durante tantos años ha resultado ser tan tóxico en el cine y en la vida.

Anne Hathaway le sirve al cineasta como lienzo para todas sus ideas. La actriz interpreta a una desconcertada Gloria que tendrá que lidiar con la disolución de sus castillos en el aire: trabajo, pareja, etc., y descender más que nunca a la parcela de lo terrenal. La intérprete norteamericana toma el lugar que ocupaba Sasha Grey en Open Windows (2014) para ofrecer un catálogo de gestualidad y expresividad que elevan la película en su alternancia de géneros desde el humor (magnífico referencia cómica a Wes Anderson incluida) hasta el terror psicológico o el suspense. Buena prueba de ello es el plano con el que Vigalondo y su nueva heroína concluyen Colossal.

Por otra parte, Nacho Vigalondo dibuja una población en estado de latencia, que permanece ávida de espectáculo siempre desde el fuera de campo. El creador consigue mediante pocos trazos ofrecer esa idea de una sociedad permanentemente pendiente de sus pantallas, hambrienta de carnaza (en este caso las apariciones de ese gigante y sus consecuencias). Una comunidad que ya no se cree eso de que la revolución no será televisada y permanece atada a sus pantallas. Pendiente de la aberración exterior y olvidando las que alimenta bajo su piel. Si en The Host (Corea del Sur, 2006), Bong Joon-Ho se servía de un monstruo que invadía Seúl para hablar de la neocolonización estadounidense y establecer una parábola sobre la idiosincrasia surcoreana, Vigalondo hace lo propio (la criatura también se aparece en la capital del país asiático) para lanzar una reflexión multidireccional hacia la humanidad (o no) que nos define. Quizás es que, al final de todo, los monstruos sean, como siempre, los humanos.

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