'Dancer', el arte como revolución

Crítica | Steven Cantor rinde homenaje al bailarín ruso Sergei Polunin, uno de los artistas más revolucionarios de la danza.

Decía Alejandro Dumas que “el arte necesita soledad o miseria o pasión”. De lo más profundo del ser humano nace el interés por la revolución, por el cambio, por las apreciaciones que mueven la necesidad del cambio. La soledad, la miseria y la pasión pueden funcionar como ingredientes de cualquier revolución. Actúan como vehículos transmisores de una energía invisible que se vuelve implacable en comunión con distintos elementos que la sostienen. En Dancer (Steven Cantor, 2016) la revolución la encabeza el bailarín Sergei Polunin, en contestación a sí mismo como respuesta a las necesidades vitales que la transformación del arte sufre en su persona.

Cantor exhibe al protagonista de su documental en una paradójica soledad. Aunque sus compañeros, maestros y familia perpetran un ejercicio de remembranza sobre el joven bailarín, Polunin tiende a aparecer de manera individual. Diversos contratiempos familiares, motivados también por un desplazamiento geográfico que le lleva a desnudar definitivamente su talento, hacen que la grandeza de este artista ruso se aprecie mejor en solitario.

Fragmento del 'Take Me To Church', dirigido por David LaChapelle
Fragmento del 'Take Me To Church', dirigido por David LaChapelle

Dancer ubica al arte como revolución. La danza, una de las formas de expresión artísticas clásicas, ha mutado con el tiempo en sus diferentes variantes. Comparado con Nureyev o Barishnikov, Polunin encontró el revulsivo a su propio arte con una viralizada interpretación del Take Me To Church de Hozier, donde retorcía mecanismos, desnudaba su espíritu y exponía al mundo una nueva forma de comprender la danza en connivencia con estilos musicales alejados de la significación usual de su arte. Todo ello en un lugar quejumbroso, en aparente construcción, sin vocación de término. Sin duda, una metáfora del propio Polunin. Algo que, de paso, aprovechaba para forjar su despedida. El documental de Cantor omite pasajes más tenebrosos de la vida de Polunin, que actualmente cuenta 27 años, y se centra en el aspecto hagiográfico de quien con 19 consiguió ser principal en el Royal Ballet de Londres.

Un documento que presta su interés al servicio del panegírico a uno de tantos a los que la fama obligó a lanzarse al vacío. Un Sergei Polunin que ya es historia de la danza. Un bailarín abocado al sacrificio, las presiones y víctima de sí mismo. Aunque Steven Cantor no decida convertir Dancer en una obra artística a la altura de su protagonista, la película depende del talento. De un talento en soledad. De una revolución en movimiento.

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