'Déjame salir', la América (in)tolerante

CRÍTICA | Jordan Peele dirige esta obra de terror psicológico en la que se dispara con sarcasmo e ironía a la equidistancia y el cinismo de la América blanca de la actualidad.

Conviven en Déjame salir dos películas que se miran frontalmente, con desdén, indiferencia e, incluso, puede ser que animadversión en algunos tramos. Dos obras radicalmente opuestas que se dan cita bajo el mismo título, interpretadas por los mismos actores y dirigidas por Jordan Peele, aunque nada tengan que ver la una con la otra, ni por asomo. Lo fácil, en este caso, sería atribuir antagonismo a la familia de la novia, porque en efecto lo serán, pero la realidad es que Jordan Peele encuentra su mayor villano en sus propias decisiones y en el pivote argumental de la obra.

La llegada de Chris al vecindario de sus suegros está acompañada de una reflexión afilada y tan truculenta en sus temáticas como suculenta en su forma. Un retrato sobre la sociedad de lo políticamente correcto, lo equidistante y la falsa tolerancia que se podría resumir en la afirmación rotunda de aquel hombre que asegura que “lo negro está de moda” o, de una forma mucho más evidente, con la frase que repiten los padres de Rose casi como un mantra: “habría votado a Obama una tercera vez”. Como disculpa y justificación de todo. De la Historia, parece, incluso. Con esa frescura desnuda Peele a toda una nación. El cineasta abandona los dramas para ofrecer un acercamiento a una idiosincrasia que, de verse obligado, se casaría antes con el humor ligero y corrosivo de obras como Dear White People (Justin Simien, EEUU, 2014), Atlanta (Donald Glover, FX, EEUU, 2016-?) o Chewing Gum (Tom Marshall, Channel 4, Reino Unido, 2015-?) que con la corriente historicista, y mucho más afectada, que abanderan obras como 12 años de esclavitud (Steve McQueen, EEUU, 2013) o la reciente El nacimiento de una nación (Nate Parker, EEUU, 2016).

Catherine Keener, Bradley Whitford, Allison Williams, Betty Gabriel (de pie) y Daniel Kaluuya.
Catherine Keener, Bradley Whitford, Allison Williams, Betty Gabriel (de pie) y Daniel Kaluuya.

Con este punto de partida, atractivo y bastante bien ejecutado en la fantástica y ácida primera mitad de metraje, el director se atreve incluso a plagar su ópera prima de referencias cinematográficas de calado. Así las cosas, desfilan por Déjame salir guiños a títulos míticos del terror como El sexto sentido (M. Night Shyamalan, EEUU, 1999) o no tan antiguos como It Follows (David Robert Mitchell, EEUU, 2014), a la que parece remitir la magnífica secuencia de apertura. También aparecen trucos formales importados de clásicos de culto cinéfilo como Réquiem por un sueño (Darren Aronofsky, EEUU, 2000), en la composición de ciertos encuadres, o Funny Games (Michael Haneke, EEUU, 2007), a la que alude en la presentación de algunos personajes. Un cóctel de influencias que, sin embargo, no desdibuja la firma de Peele, que consigue ciertas imágenes potentes cuando pone en pantalla la hipnosis o la aparente caída al subconsciente sobre un fondo negro y duro.

Sin embargo, todo empieza a enmarañarse cuando superamos la primera hora. Es entonces, en el momento en que entra en juego el giro central de la propuesta, cuando la película se desdobla en dos. Cuando la segunda mitad se confronta, desde todos los puntos de vista posibles, con lo que habíamos visto en el primer tramo. Jordan Peele destierra la elegancia con la que había gobernado Déjame salir para comenzar una huida hacia delante que se enturbia en su propia concepción de los giros. Como si, a partir de cierto momento, la sátira se desvaneciese para abrir la puerta a una trama surrealista de terror de serie B que poco o nada tiene que ver con lo anterior. De esta manera, la última media hora de la cinta desenmascara a un creador absorto en los trucos. Un autor que juega con su espectador de forma descarada (ese póster en el que leemos un “Chris is death” que pareciese un anticipo argumental), lo cual no es necesariamente negativo, pero que se sumerge en un carrusel de giros inverosímiles y una trama en la que entran en juego desde la resurrección hasta la transmutación. Una serie de vaivenes argumentales de difícil comprensión que conduce a un final completamente desnortado ya de lo que había sido el film en su origen.

Finalmente, en conjunto, Déjame salir es un largometraje de doble filo. Jordan Peele consigue atraer la mirada del espectador con inteligencia y sarcasmo para, posteriormente, expulsarla de la habitación que había construido y soterrarla de la misma forma que hace con su protagonista. Una aproximación muy actual que se queda a medio camino en su hibridación entre el thriller psicológico y el cine de terror social y que, en cualquier caso, asusta mucho más por todo lo que late tras su concepción, la inspiración, que por su fallida ejecución final.

Ilustración de Jermaine Rogers.
Ilustración de Jermaine Rogers.

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