'Después de esto', la exhumación del rencor

CRÍTICA | Avalada por tres premios Guldbagge de la Academia de Suecia, la ópera prima de Magnus von Horn reflexiona sobre la reinserción de un joven tras un crimen violento.

Probablemente cumplir condena sea más sencillo que olvidar un crimen. O al menos ese es el pensamiento que desprende el debut en el largometraje de Magnus von Horn. Enmarcada en cierta tendencia contemporánea de la ficción audiovisual escandinava –y abriendo más el cerco también la europea–, Después de esto indaga en las posibilidades de reinserción que coexisten tras una condena. La película de von Horn se mueve en la reflexión sobre la culpabilidad y el perdón que también brindan series de televisión recientes como Absuelto (Frikjent; Anna Bache-Wiig, Siv Rajendram Eliassen, Noruega, 2015-?) o Enemigo público (Ennemi public; Antoine Bours, Gilles de Voghel, Matthieu Frances y Christopher Yates, Bélgica, 2016), entre otras.

Como en las citadas, en The Here After también existe una persona –en este caso, un adolescente– que trata de reincorporarse a su vida tras cumplir condena por un crimen violento. En este caso, el cineasta opta por la ausencia de detalles. El espectador no sabe ni cuál ha sido el delito, ni cuál la situación en la que se cometió, ni nada sobre el pasado. Todo es negro. Y no importa que sea así. Al contrario, la sensación de desconcierto aumenta a medida que el metraje avanza. Magnus von Horn demanda un espectador atento, inteligente, que sepa leer los silencios, las miradas y todo aquello que se dice sin hacer uso de las palabras.

Después de esto se edifica como una suerte de thriller psicológico y muy claustrofóbico sobre el rencor y el derecho (o no) a la regeneración personal. El relato se compone a través de la tensión de las miradas mantenidas (una chica aguanta hasta el límite la mirada del protagonista la primera vez que se cruza con él en su regreso) y de las pequeñas acciones discriminatorias (una compañera de clase se levanta y se marcha del aula tras anunciar el profesor el regreso de John). El entorno se convierte así en un pequeño infierno entre fiordos. Como una de esas bolas de nieve de cristal que oprimen la representación de la ciudad que conmemoran.

La ópera prima de Magnus von Horn arroja una mirada crudísima sobre la sociedad escandinava. Su estado de bienestar, su supuesta confortabilidad y su distinguida madurez quedan retratados con una suavidad que golpea sin piedad. Basta un pequeño movimiento de piezas, el que supone la inversión de roles llevada a cabo desde la escritura del film, para activar el dispositivo y exhumar la violencia soterrada. Los puntos ciegos de la comunidad nórdica son iluminados enseguida gracias al sobrio y distante trabajo de cámara del polaco Lukasz Zal, camarógrafo también en Ida (Pawel Pawlikovski, Polonia, 2013), que acerca la obra a una perspectiva gélida que podría haber firmado el Haneke más feroz.

Así las cosas, Magnus von Horn traslada el foco de un ambiente opresivo, el reformatorio, a otro mucho más claustrofóbico e intolerante: la imposibilidad del perdón. Latente, el mensaje no es otro que las preguntas que deja abiertas la trama de la cinta, más empeñada en preguntar y abrir interrogantes sobre el entramado social, la ciudadanía y la posibilidad de rendir cuentas y seguir hacia delante que en solucionar todos sus cuestiones. Al fin y al cabo, el paisaje no hace la humanidad y, como en la mencionada Absuelto, el contraste de las panorámicas sobre los imponentes espacios abiertos no quiere aquí sino metaforizar la asfixiante realidad de los protagonistas. Da igual lo mucho que avancemos como colectividad. El culpable, a veces, lo es toda la vida.

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