‘El abuelo que saltó por la ventana y se largó’

Una maravillosa compañía

Cuando, por allá por sepa Dios el momento y conozca alguien el lugar, mi interés cinéfilo se acrecentó hasta hacerme ser el empedernido visualizador de obras que soy hoy en día. Comencé a visionar todo aquello que pasaba por mis manos, pues consideraba al mismo cine el precursor de un estilo de vida desinteresado de nuestras personalidades propias, y encabezonado en hacer del disfrute y evasión de los problemas nuestra forma de vida.

Cada película que pasaba por mis manos, era desgranada y escudriñada por mi joven cabeza, emborrachándome mismo de todos aquellos aspectos de la misma que me parecían fascinantes y gloriosos. Cada película que veía tenía algo bueno que llevarse a la boca; absolutamente todas.

Después me hice mayor, supongo.

Mi decisión cabezona de crecer con el cine me ha llevado a ver auténticos bodrios y sandeces en pantalla que harían revolverse en su tumba al mismísimo Ed Wood, y alzarse de entre los muertos para reclamar la destitución de su nombre con cierto “premio” que posee. Cantidades insanas de películas que asolaban las taquillas y videotecas del mundo desde Reikiavik hasta Kuala Lumpur llegaron a deteriorar en mí la idea de que el cine poseía una magia impropia de todo aquello tangible, y que las dos horas de media que una producción nos regala no iban más allá de la búsqueda de ciertos beneficios a costa del televidente. Y puede que sea asi, eso es algo que no soy quien para discutir.

Pero luego, haciendo gala del dicho “siempre encuentras algo entre la mierda que no tiene desperdicio”, me encuentro de lleno con títulos como este: El abuelo que saltó por la ventana y se largó. La idea de una película sueca, mi gusto por los goles de Zlatan Ibrahimović, y  un título visto en su idioma natal que produciría arcadas de saber pronunciarlo (Hundraåringen som klev ut genom fönstret och försvann) me golpearon como una bofetada y me hicieron interesarme por la misma.

La película ronda y aborda el tema de la vejez y el placer por la vida de un hombre encerrado en un marco que no le agrada como paseo final para su vida. Amistad y aventuras cogidas de la mano en una travesía histórica a lo largo de la existencia de este hombre, y de todos los momentos que lo hicieron ser quien es. De manera divertida e incluso boba, se limita a hacer lo que mejor sabe hacer el cine, que es entretener; y encuadra toda su existencia girando alrededor de la idea de una recreación fílmica sobre las ganas por revivir y escapar.

Saltar por la ventana como un anciano ha de ser un trabajo arduo, al igual que adaptar un best-seller para todo director. Felix Herngren fue el encargado, y reunió para ello a Robert Gustafsson, Iwar Wiklander y David Wiberg; en una cinta plagada de extras cuyos nombres no aparecen tan pronunciados como deberían. -¡Ay, Einstein!

Frente al regalo o a la pesadilla que pueda parecer el trabajo de director y actores, la consecución final de la película encuentra su amanecer en la confraternización; en un pequeño vestigio de humildad amable y abrazada por todos los integrantes que recrean la historia a lo largo de sus 114 minutos.

Las imágenes resultan hipnóticas y agradecidas, mezcladas en la trama principal con pequeños clichés de humor que se refrotan con el surrealismo de ciertas circunstancias y momentos de la historia. Esta trama, alrededor de este abuelo lleno de hastío por su situación actual, son una sonrisa en la cara de la tristeza, y la ejecución de los actos que contiene y que propone eliminan la misma tristeza de una boca curvada hacia arriba con escenas simples y llanas, muy por debajo de la fotografía que blockbusters insulsos y desazucarados nos puedan regalar.

Es absurda y accidentada, y exactamente no consigues saber si te recuerda a La vida secreta de Walter Mitty o ‘La vida secreta de Walter Mitty‘ te recuerda a ‘El abuelo que saltó por la ventana y se largó‘; pero es divertida y simpática; y lo más importante, hace recordar a un adulto aquel cine que de pequeño le hizo hincar la rodilla para ofrecerle su corazón al cine con un anillo de diamantes en la mano.

Y eso, como mínimo, es para estar agradecido.

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