'El incendio', violento amor

CRÍTICA | Tras su paso por festivales como el de Málaga o el D'A de Barcelona, se estrena la última película de Juan Schnitman. Pasión, tensión y violencia en la pareja.

"Porque una casa sin ti es una emboscada, el pasillo de un tren de madrugada."

Existe una mano invisible que se apodera del cuello del espectador de El incendio y lo retuerce en cada minuto de metraje de la cinta. El cineasta argentino Juan Schnitman impregna cada plano con una tensión irrespirable a través de una notable puesta en escena. Su artefacto formal se basa en la utilización de planos dilatados en el tiempo, sin demasiados cortes, y focalizados únicamente en la pareja protagonista del film, la que interpretan de forma sobresaliente tanto Pilar Gamboa como Juan Barberini, lo que permite que sean los personajes los que se construyan a través de sus acciones y movimientos.

En la línea narrativa de otras películas como Les combattants (Thomas Cailley, Francia, 2014) o Mis escenas de lucha (Mes séances de lutte; Jacques Doillon, Francia, 2013), que exponen el amor como un campo de batalla, la película argentina explora las grietas de la pareja a través de un día de convivencia en una situación de cierto nervio. Aplazado el pago de su nuevo apartamento en Buenos Aires, los novios tendrán que custodiar el dinero y esperar un día más para efectuar la transacción y poder mudarse a su nueva vivienda. A priori, el planteamiento puede parecer algo impostado; cualquiera aseguraríamos que un día al lado de la persona querida no es para tanto. Sin embargo, Schnitman parece estar seguro de que la persona que más queremos puede llegar a convertirse en nuestro peor enemigo, nuestra némesis. Y lo cierto es que, en ocasiones, la realidad le da la razón. Atenta siempre al gesto, la cámara paciente del director persigue a los personajes durante su deambular por la casa, la ciudad o la vivienda de los amigos a los que visitan. El autor alterna con inteligencia la distancia prudencial con los acercamientos al rostro de los protagonistas, en los que se dibujan la decepción, el enamoramiento, la pasión e incluso la violencia durante todo el metraje de la obra. Además, el cineasta mezcla caricias con zarandeos de la misma forma que el amor se entremezcla con el reproche.

"Un laberinto sin luz ni vino tinto, un velo de alquitrán en la mirada…"

Con un dispositivo alejado en todo momento de condescendencias y edulcorantes, el director no se aparta de su foco en ningún momento. Los protagonistas son siempre el centro de atención exclusivo de El incendio. Así lo demuestran, por ejemplo, la decisión formal de enfocar solo el rostro de ella durante la visita al médico o todo el tramo en el que él sale de la casa solo. Pero sobre todo lo atestiguan todas las secuencias en las que los dos conversan, se acercan y se alejan. La puesta en escena del cineasta argentino no aparta la vista en ninguna situación, por dura o embarazosa que pueda resultar. Su dilatación del plano apuesta un all in a la pareja protagonista, que solventa con maestría su papeleta. La incomodidad se adueña de un buen número de escenas de El incendio. Son las situaciones las que ahogan y duelen; las conversaciones, algunas de ellas durísimas, las miradas que entremezclan amor, tensión sexual y atracción, pero también violencia, recelo y miedo. Hasta el propio sexo esconde un cierto componente violento que perdura durante días en la retina del espectador. De la misma forma que el ambiguo (o no) primer plano final. Pura sugerencia.

"Y si te vas, me voy por los tejados como un gato sin dueño, perdido en el pañuelo de amargura que empaña sin manchar a tu hermosura."

(Todos los versos pertenecen a la canción Y sin embargo, compuesta e interpretada por Joaquín Sabina).

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