'El nacimiento de una nación', la rabia como motor narrativo

CRÍTICA | En su ópera prima, el director y guionista Nate Parker pone su mirada en la rebelión liderada por Nat Turner, esclavo y predicador que luchó por su pueblo en 1831.

El sabor de la venganza siempre es dulce. No importa que se fracase en la ejecución. Si se pelea por una causa justa, y se deja todo en el campo de batalla, nadie puede arrebatar la dignidad al que lucha. Puede quedar, eso sí, la rabia por no haber conseguido el objetivo, pero nunca la decepción; mucho menos el fracaso. Sobre conceptos como estos se construye El nacimiento de una nación. El debut en la dirección de Nate Parker se sujeta a este espacio en el que los sentimientos tienen mucho que decir.

Recién cumplido el centenario de la mítica película de D. W. Griffith, el debutante toma su título para poner en pantalla la historia real de Nat Turner, un esclavo predicador que, en 1831, tras contemplar innumerables vejaciones contra su pueblo, lideró una rebelión contra los esclavistas. Con el tiempo se convertiría en un símbolo de la lucha contra la esclavitud. Un icono de resistencia y combate que ahora rescata la ópera prima de Parker.

Basta con ver las primeras secuencias de la cinta para observar el impulso primario de su rodaje. La rabia se apodera de la propuesta y, en seguida, se convierte en el motor narrativo. Sin embargo, lejos de anular el conjunto, esa furia interna se apodera del film y se erige como una de sus principales virtudes. Pero también de sus más groseros defectos. Nate Parker se posiciona, como no podía ser de otra forma, al lado de su protagonista. No es casualidad que sea él mismo quien interprete al personaje nuclear. Así, la puesta en escena del cineasta coloca su cámara siempre en el punto de vista de Nat para que el espectador sea testigo e incluso sufra las mismas humillaciones.

No hay signos de sutilidad en la ejecución. Y no existen, precisamente, porque al director le interesa más esa vertiente guerrillera y profundamente visceral que encarna el largometraje. El odio como causante de la violencia. La nueva violencia como respuesta al odio. Hay una búsqueda constante de la emotividad, a la que se llega en muchos momentos por la vía rápida. En lugar de elaborar situaciones y contextos que favorezcan esa empatía, Nate Parker aboga por el uso indiscriminado de músicas, primeros planos a las heridas o conversaciones que ponen sobre la mesa las cuestiones de una forma brusca y atropellada.

Así las cosas, la emocionalidad borra del mapa aquellos intentos aparentes de buscar tocar al espectador por otras vías. Porque se percibe en los movimientos de Nate Parker un realizador interesante que se pierde en su propio arrojo. El subrayado en la posición de los flancos o la obviedad de su última imagen (que persigue lo icónico) arrastran a la oscuridad el sutil trabajo de puesta en escena que desliza, por ejemplo, en un fuera de campo en el que una mujer le habla desde su espalda (casi encarnando una figura incorpórea, una deidad, un ídolo) o la colocación de una antorcha en medio de la conversación de Nat y su mujer para simbolizar el fuego interno que los une.

No obstante, pese a los pequeños destellos todo es deglutido por la intensidad, el efectismo y el melodrama que termine apoderándose de la mirada sociopolítica e histórica. Incluso las posibles conexiones con el momento actual terminan por difuminarse, al contrario de lo que ocurría en acercamientos recientes y similares como 12 años de esclavitud (12 Years a Slave; Steve McQueen, Reino Unido, 2013) o Los hombres libres de Jones (Free State of Jones; Gary Ross, Estados Unidos, 2016), mucho más equilibradas tanto en su concepción como en su factura. No hay duda de que El nacimiento de una nación funciona mejor como testimonio, e incluso como artefacto, que simplemente como obra cinematográfica.

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