'Gernika', la voz de los vencidos

CRÍTICA | Koldo Serra se aproxima al bombardeo de Gernika a través de su nuevo film; una mirada hacia el horror, la censura, el papel de la prensa y... el amor.

No hay duda de que la Historia la escriben los vencedores. Como tampoco de que, por suerte, siempre resiste una pequeña voz de los vencidos que termina por hacer una pizca de justicia para con lo sucedido. Tristemente, tampoco es cuestionable que al cine de vocación histórica, por lo general, le suele sobrar la historia de amor. Entre vencedores, amoríos y vencidos transcurre la aproximación de Koldo Serra a la masacre perpetrada por las fuerzas franquistas y ejecutada por los nazis el 26 de abril de 1937 sobre la población vasca de Gernika.

Por suerte, como decíamos, después de la absoluta derrota se erigió una voz de entre los vencidos. Dos días después del bombardeo, la primera plana del New York Times publicó la crónica más famosa sobre la acción militar en la población de Euskadi. La firmaba el reportero británico George Steer desde el mismo Gernika y en sus palabras se adivina el horror, la tristeza y la rabia contenida frente a una acción deplorable e incomprensible contra una población indefensa ante el ataque.

Ingrid García Jonsson interpreta a una fotógrafa de guerra.
Ingrid García Jonsson interpreta a una fotógrafa de guerra.

En su Gernika, Koldo Serra rinde homenaje al periodista. El protagonista, James D’Arcy, interpreta a un reportero de guerra que se encuentra en Bilbao para tratar de ofrecer una mirada hacia el conflicto a su medio y a la población de su país. Junto a él, dos informadores internacionales más (Ingrid García Jonsson y Álex García), que tendrán que enfrentarse a los comités de censura, personificados en la impermeabilidad de María Valverde, que tratará de hacer que no salgan de España noticias sobre la desmoralización del pueblo ni otras informaciones que indiquen o sugieran que el bando republicano y democrático esté perdiendo fuelle o terreno ante las acometidas fascistas. A través de esta línea argumental, que a pesar de estar solo apuntada en su mayor parte se convierte en la más interesante y rescatable del film, Serra se permite lanzar una mirada cuestionadora a las técnicas de control de la información. Y una suerte de alegato silencioso sobre el poder sociopolítico que ejerce –o puede hacerlo– la prensa.

Con un primer tramo algo confuso en la presentación de sus personajes, Gernika se centra en los momentos previos al bombardeo de la ciudad. La cámara deambula por las calles, junto al trío principal, y alterna situaciones cotidianas (la visita a un caserío o un tour publicitario para la prensa por los alrededores) con incursiones en las batallas de la guerra, que tienen su clímax, como no podía ser de otra forma, en la secuencia del bombardeo. Se podría leer la maraña de perfiles que van y vienen como una especie de acercamiento a la confusión de la propia guerra. Sin embargo, el espectador será quien tenga que hacer estas cábalas y deducir por qué las voluntades e intenciones de los protagonistas parecen tan enredadas en los primeros minutos de la cinta. Mucho tiene que decir el montaje al respecto.

Jack Davenport y María Valverde, en una escena del film.
Jack Davenport y María Valverde, en una escena del film.

El soberbio diseño de producción de Gernika se eleva sobre el resto de los elementos de la obra e incluso consigue reducir el efecto de algunos sobre la misma. Tras las imágenes de la propuesta late un trabajo de producción más que relevante que puede llegar, incluso, a atenuar el maniqueísmo existente en el desarrollo de algunos arcos narrativos (los alemanes y los soviéticos, sin ápices de ser ni siquiera humanos), la inclusión de numerosas frases y escenas para la galería (se permite la duda sobre que unas personas en estado de emergencia máximo hablen y actúen de la forma en que lo hacen en este título) y la innecesaria trama romántica, en la que se pierde la película en su último tramo, restando foco y abandonando un poco el resto de la narración. Nunca sobra el amor, jamás, ni siquiera en una guerra, pero en el cine, el arte o la literatura a veces es mejor dejarlo en un discreto segundo plano.

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