Hoy me herí.

Hoy me herí para ver si aún sentía. Así comienza Johnny Cash esa versión de "Hurt" que escribió Trent Reznor, de Nine Inch Nails, en el 94. Nadie hizo nunca una versión mejor.

El hombre de negro (Cash) daba voz a una lírica profética. Parecía digna de su larga vida, parecía un recordatorio para la mía. No soy Johnny Cash, os lo puedo asegurar.

Escucho una y otra vez esa canción, tan simple como emotiva. Me descubre una entraña que no paro de revolver y encuentro, tal vez, una respuesta atemporal. Siempre tuve la esperanza de convertirme en alguien trascendental para mis coetáneos. Sé que no soy el único, el egocentrismo es común en nuestros días, aunque en mi defensa puedo afirmar que no poseo un 'palo-selfie'.
Con una profunda preocupación política, auné todos mis frentes en una bondad común. He luchado siempre, cada vez con menos vehemencia, en defender lo que aprendí y sigo aprendiendo como justo. La rebeldía de un adolescente se convirtió en la contraposición de todo cuanto vi y caí en un lugar digno desde el cual se percibe poco optimismo.

Me incomoda, sigue afectándome mucho, formar parte de algo que no respire belleza. No hablo de mi ser, sino de mi estar. Si escucho música, necesito huir de los tópicos. Si intento crear algo artístico, me defrauda ver que repito sin gracia lo que ya conozco. Para disfrutar de cualquier momento, le exijo honesta elegancia. Hasta tal punto me afecta que no puedo vivir en un hogar que me transmita insignificancia.

Las calles del centro de una ciudad deben tener una chispa en sus irregularidades, las luces han de ser adaptadas a la vida humana, donde ver y descubrir se mezclen en una posibilidad abierta eternamente. Las nuevas urbanizaciones ordenan las anchas calles en pasajes límpidos y anodinos. Los alquileres altos y eficientes gestiones facilitan la proliferación de corporaciones sin alma que se repiten en cada esquina. Los sabores de fruta, verdura, carne o pescado saben a menos cada vez. Por eso hoy me herí.

No hay ánimo homicida. Es codicia.
No me basta lo que hay ingentemente. Me gusta lo que escasea. Probablemente sepa que la muerte ronda cerca y por eso aprecio tanto el crepúsculo. No hay tragedia sin el conocimiento de su final. Y sin embargo construimos nuestras casas con cemento, por si mañana seguimos vivos.

Cada vez que publico algo pretendo llegar a todos, tengo ese afán comunicativo y de reafirmación social. Pero temo que en esa vía pierda las migajas de garbo que en ocasiones sostengo. Apostar todo a ese garbo significa perder audiencia. Y en esa lucha estamos.
Me di por vencido hace tiempo, cuando me supe en un punto intermedio que se describe mejor como mediocridad. Nunca más haré algo a medias. Lucho, escucho, aprendo y degusto. La autenticidad no puede competir con la pluralidad. Primero, porque nace en desventaja: la muchedumbre ya definió los parámetros y supone un aislamiento de lo único. Segundo, porque ya ha ganado: nada puede mejorar la satisfacción de crear desde la convicción.

Las manchas del tiempo suavizan sensaciones. Leo a Heidegger recordar ese texto de Sócrates y Gorgias donde el sofista se asombra de que el ateniense siga en el mismo sitio haciendo las mismas cosas, a lo que Sócrates responde con una pasmosa autenticidad. La dificultad no ha impedido el camino, lo ha llenado de aventuras y lecciones. Lo ha decorado con tan sumo gusto que podríamos hablar de profecía. Así, desde una casa abuhardillada con vigas enormes de madera, escuchando a Cash, Cave, González o Smith, me alivia pensarme.

Si pudiera empezar de nuevo, a miles de kilómetros de distancia, sería el mismo tipo, encontraría el modo de serlo.

If I could start again, a million miles away, I would keep myself, I would find a way.

Trent Reznor. "Hurt"

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