'Insecure', hella millennial

ANÁLISIS | La segunda temporada de la serie creada por Issa Rae ha consolidado la voz generacional de la creadora y todo lo que ya apuntaba en la primera entrega.

Quizás la palabra ‘inseguridad’ sea la que mejor defina a toda esa generación que hoy llamamos ‘millennial’. Esa camada de jóvenes nacidos entre 1980 y 1995, que hoy se encuentran entre la veintena y la treintena, y que tan bien han sabido retratar las series de televisión en los últimos años. Creadores como Stephen Falk en You’re the Worst (FX, 2014-?), Simon Rich con Man Seeking Woman (FX, 2015-2017) y Donald Glover en su Atlanta (FX, 2016-?), pero sobre todo creadoras, como Lena Dunham en Girls (HBO, 2012-2017) o Issa Rae en Insecure (HBO, 2016-?), han sabido dar cuerpo y carácter a una juventud que entra en la adultez con todo tipo de inseguridades: laborales, con entornos muy volubles (todas las tramas del trabajo de Issa); con relaciones cambiantes y difíciles de comprender de inicio (la historia de Molly y Dro), etc.

La segunda temporada de Insecure apuntala lo que ya cimentaba la primera. Su artífice, escritora e intérprete, Issa Rae, podría apuntarse a esa idea que deslizaba Lena Dunham en el primer capítulo de Girls en el que se autodenominaba como “la voz de una generación”. La afroamericana podría serlo, además, desde un punto de vista racial, como vemos en sus innumerables bromas al respecto, que casan con el espíritu de obras como la citada Atlanta, pero también de otros títulos como Chewing Gum (Michaela Coel, Netflix, 2015-?) o Dear White People (Justin Simien, Netflix, 2017-?). Títulos que suponen un estudio sobre la negritud y los conflictos derivados de una sociedad extremadamente racista desde lo políticamente correcto, pero que también se acercan a conflictos que engloban a toda la juventud. Miradas que van de lo periférico a lo capital, que se mueven perfectamente tanto en lo coyuntural como en lo estructural.

Cuando terminó la primera tanda de Insecure dejamos a Issa llorando sus penas y a Lawrence en ese sofá que tan bien ha sabido integrar en la puesta en escena (como muestra, la rima entre el cierre de esta segunda tanda y el de la anterior: 1x08-2x08). Y por lo tanto, la segunda parte tenía que mostrar sí o sí cómo la protagonista lidia con esa transición vital de la ruptura. La pereza de conocer gente nueva, la reticencia a salir de la zona de confort y abandonar la rutina o lo embarazoso que puede resultar intimar con personas que aún no conocen tus manías, gustos o fobias han vertebrado buena parte de la segunda entrega de esta teleficción.

Hemos visto una Issa reconocible, tierna, dolida. Una persona real, que podríamos ser cualquiera de nosotros, convertida en ese personaje de ficción con imaginación desbordante que se habla y reprende a sí misma delante del espejo. Una mujer que lucha de manera infructuosa por hacerse un hueco, pero que sigue tan perdida como todo el mundo (o casi) que le rodea. Los ocho episodios de este segundo acercamiento nos han devuelto una Issa a la deriva entre sus inseguridades laborales, una búsqueda personal con un mapa escarpado y lleno de accidentes geográficos y un sinfín de exploraciones romántico-sexuales que siempre han llevado al mismo destino: el recuerdo de aquel pasado mejor. Al fin y al cabo, es complicado discernir qué busca uno cuando ni siquiera sabe en qué lugar se encuentra.

Más allá de la propia Issa, protagonista absoluta de la ficción, uno de los grandes logros de Insecure y su creadora ha sido la introducción y desarrollo de secundarios con piel, miga y conflictos propios. Las tramas paralelas de Molly (gran personaje el de Yvonne Orji), Lawrence, Aparna (hubiese sido genial verla un poco más), Kelly o Frieda han servido para ofrecer una aproximación más global hacia ese tramo de edad que los circunda a todos. Una punzante crítica a la dictadura de la inseguridad y las arenas movedizas. Así las cosas, con Issa como núcleo gravitatorio y con los secundarios orbitando en torno a ella, el desarrollo de los personajes secundarios ha alcanzado su culmen con el fantástico episodio final. En sus 38 minutos la narración ha creado una sinfonía de caracteres y contextos para terminar con una de esas conversaciones demoledoras y tan reales que duelen entre ella y Lawrence. Una rima consonante con aquella otra, muchísimo más dura, que mantienen en el 2x07 como culminación del inventario de patetismo e incomodidad que supone la secuencia de la cena en grupo.

Se puede hablar de la segunda temporada de Insecure como la consolidación de una creación profundamente libre. Lejos de corsés y con una voz propia y sin ambages. Así lo apuntan, por ejemplo, las constantes referencias sexuales. Porque en Insecure se habla de sexo. Y mucho. Se ha hablado de sexo oral, eyaculación, prácticas sexuales no convencionales, etc. Y se ha hecho sin rodeos. Alejando la conversación de los tabúes. Y lo que es mucho más importante, desde una mirada femenina y feminista: la escena de la corrida de Daniel en la cara de Issa es un claro ejemplo de ello. Pero también otras referencias a comportamientos machistas e incluso a esos micromachismos que se derivan de una sociedad patriarcal, como los celos y el intento de control de Lawrence sobre Aparna en el 2x08 (con gran cierre de secuencia a reivindicar, por cierto).

Pero Insecure no solo conversa con palabras. Uno de los aciertos del equipo de dirección, en el que destacan los capítulos que llevan la firma de Melina Matsoukas, ha sido la concesión de un discurso a la imagen. De esta forma, la serie ha sido capaz de reflejar la quemazón interna de su protagonista a través de las marcas de un incendio sobre la vivienda o de recoger las memorias acumuladas y el dolor del recuerdo volviendo al sofá como símbolo. El resultado es una producción que atiende a la puesta en escena como elemento narrativo y que solo se entiende de forma íntegra si se comprende su planificación. Una obra que se fija tanto en precedentes televisivos como en obras cinematográficas (fantástico tramo final del 2x08 en el que resuena Xavier Dolan) y que se apoya sin dudarlo en la cultura hip-hop para ofrecer un acercamiento total al universo personal de su arquitecta (sus camisetas y su vestuario, por ejemplo) y extenderlo al de los espectadores. No hay duda: Issa Rae es una de esos nombres que todos ya deberíamos estar siguiendo. Una voz hella millennial.

Issa Rae, con una camiseta de 2Pac, en un fotograma de la serie.
Issa Rae, con una camiseta de 2Pac, en un fotograma de la serie.

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