'La alta sociedad', un león en el armario

CRÍTICA | La nueva película de Bruno Dumont, que se alzó con el Giraldillo de oro en el Festival de Sevilla, indaga en las contrariedades y diferencias entre dos familias.

En una secuencia aislada de La alta sociedad, Bruno Dumont emparenta su obra con el cortometraje muy poco comentado Next Floor (Denis Villeneuve, Canadá, 2008). Sería difícil, a priori, emparejar a dos directores tan dispares como el francés y el canadiense. Sin embargo, la puesta en escena y el tratamiento del sonido hace que se unan mediante el repiqueteo molesto y exagerado de los cubiertos y el plano cenital mediante el que ambos recogen una cena de la denominada alta sociedad.

Si Villeneuve utilizaba el surrealismo y el desconcierto en aquel olvidado corto, no se queda atrás Dumont en su última propuesta. El pretexto es similar en ambos casos: denunciar y sacar a la palestra una suerte de canibalismo estructural y clasista en las sociedades, que, leído en perspectiva (la narración de Dumont se sitúa en 1910 mientras que la de Villeneuve lo hace en un entorno que podríamos asegurar actual), podría incluso referir una genealogía de un sistema corrupto y envenenado.

No obstante, lo que en Next Floor era sugerencia y sutilidad narrativa se convierte en La alta sociedad en exceso e hipérbole. Bruno Dumont ofrece una línea de continuidad sobre lo ofrecido en la seriada El pequeño Quinquin (2014). También aquí se sumerge en una comunidad rural para desnudar ciertas convenciones clasistas y deslavazar una crítica ácida y voraz al sistema adquirido. Sin embargo, pese a la repetición de la plantilla, o quizás debido a ella, la novedad es dilapidada desde los primeros instantes.

Todo resulta demasiado impostado. La contraposición de la clase baja y la clase alta se antoja dibujada con brocha gorda. La utilización de actores no profesionales, lugareños, para la primera e intérpretes consagrados (Luchini, Tedeschi, Binoche) para la segunda provoca un desequilibrio que, lejos de ayudar, pervierte la sostenibilidad de un título que podría haber resultado mucho más hiriente si menos histriónico. Por su parte, la contraposición de tonalidades blancas y negras para remarcar diferencias resulta demasiado manida e innecesaria dados los rasgos ya citados previamente.

Dumont parece forzar la broma hasta agotarla. Así, La alta sociedad termina por convertirse en poco menos que un festival de gritos y excentricidades que consigue deslucir incluso a Juliette Binoche. Incluso la sobreactuación parece estar sobreactuada en este nuevo trabajo del cineasta, que adolece de la línea argumental subyacente que sí tenía, por ejemplo, la citada anteriormente El pequeño Quinquin. Nada vertebra esta jaula de fieras que es la cinta; todo se coloca como una suerte de sucesión de hechos cada vez más cercanos al surrealismo (del canibalismo a personas que, de pronto, sin más, se elevan como globos).

Se percibe en el film una herencia de la viñeta, del cómic, tan arraigado en el país vecino. Quizás uno de los cuadros más representativos lo componga la pareja de investigadores, al modo de los detectives Hernández y Fernández de Las aventuras de Tintín, cuyo trasunto también aparecía en el trabajo anterior del autor. Por esa vía se podría comprender, quizás, el absurdo que gobierna la película. Para ofrecer una mirada ácida hacia la ridícula burguesía. El problema viene dado cuando ese retrato y esa crítica se diluyen a los pocos minutos del metraje y lo que queda es un retablo tan cargante como sus protagonistas. Evidentemente, la aproximación al absurdo es una de las mejores maneras de delinear un mundo indescifrable, pero, en palabras de Frida Kahlo, “el surrealismo no es la sorpresa mágica de encontrar un león en el armario donde quería tomar una camisa”. Al menos no solo eso.

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