'La clase de esgrima', distancia desmedida

CRÍTICA | El cineasta finlandés Klaus Härö se acerca a la biografía de Endel Nelis, fundador de una de las escuelas de esgrima más prestigiosas del mundo.

La esgrima es un deporte de contacto. Como la vida. Sobre todo, en los momentos de ataque. En una secuencia, al principio de La clase de esgrima (The Fencer; Finlandia, 2015), el director Klaus Härö hace que el protagonista defina el deporte de los duelos alegando que “lo más importante en la esgrima es un sentido preciso de la distancia”, no solo avanzar y conseguir puntos como piensa la mayoría de la gente. En esa frase, además del propio deporte que va a vertebrar la obra, se determina la situación de Endel Nelis, el joven profesor que llega desde Leningrado a una Estonia ocupada en 1952.

En un plano recurrente, la cámara de Klaus Härö persigue la espalda de su héroe con un objetivo que trata de mantener siempre la misma distancia. La reiteración alude a la persecución a la que es sometido Nelis por parte de los funcionarios militares de la URSS. El cineasta opta por no revelar, en principio, cuál es su delito. Así, el pasado se edifica (o más bien todo lo contrario) como un vacío, un lugar hacia el que no querer mirar. Una herida que (casi) todos luchan por cerrar.

Hay una historia interesante y bastante cruda tras el nombre de Endel Nelis. Un relato que podría condensar un periodo oscuro del Siglo XX tras sus palabras. Sin embargo, como la forma determina el fondo, en La clase de esgrima asistimos a la dilapidación de toda mesura y a una presentación de personajes que abusa del maniqueísmo con preocupante recreación. De la representación del mal absoluto, en las risas de los agentes soviéticos que se colocan como sombras del protagonista en todo el último tramo, la propuesta pasa a la hagiografía total de su carácter central, un profesor en cuyo currículo no comparecerían ni la rotura de piezas de vajilla ni, probablemente, la elevación de la voz. Nunca el Endel Nelis que vemos se muestra tenso, cabreado; jamás dice una palabra más alta que la otra. La vida de santo planea durante toda la composición del maestro de la misma forma que desvirtúa todo ápice de humanidad en sus adversarios. En este caso, el firmante no consigue mantener la distancia (recordemos, principio básico del espadachín) con sus creaciones.

La clase de esgrima adolece de un guion demasiado telegrafiado, tanto en la línea central (la referente al deporte, que podría ser sobre fútbol o baloncesto universitario y tener los mismos desarrollo y desenlace) como en el relato subyacente (el de la persecución). No sería nada extraño que cualquier espectador intuya el desenlace desde los primeros minutos. Incluso sin conocer la historia real que inspiró el film. Una previsibilidad que, junto al creciente énfasis que Härö parece querer dar a todos sus elementos emotivos (música, rostros de los niños, relación de amor, etc.), lastran una cronología de hechos que, sin duda, se ofrecían como un argumento sólido y perfectamente válido si se hubiese abordado desde una mirada menos condescendiente, aunque igualmente emotiva. Lejos de eso, el autor emborrona su ya de por sí maniqueo acercamiento (las efigies de Stalin y Lenin para subrayar “el infierno del soviet”) con un último tramo en el que solo sobresale una escena esgrimista rodada con nervio y sentido del ritmo. El resto se pierde entre la tensión forzada y la edulcoración prescindible. El café, con una cucharada más de azúcar de las necesarias, se estropea. El cine también.

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