'La espera', esperando el milagro

CRÍTICA | La ópera prima de Piero Messina dibuja una extraña y bella cartografía del duelo y la incapacidad de aceptar la pérdida. Brillantes Juliette Binoche y Lou de Laâge.

¿A qué esperamos cuando ya nadie nos espera? La vida es pura liturgia. Y la muerte, en cierto modo, una suerte de broche ceremonial. Quizás en línea con esta idea del tránsito, Piero Messina envuelve la historia central de su nueva cinta entre dos cortejos fúnebres. El primer largometraje del italiano se abre paso desde la oscuridad de un encuadre totalmente en penumbra en un edificio eclesiástico. Una hora y media después será una procesión católica la que imponga el cierre a un melodrama lleno de silencios, miradas que se precipitan al vacío y dolor contenido que combate por salir.

Una mujer recibe una llamada inesperada. La novia de su hijo llegará para pasar unos días en su villa siciliana. Hace unos días que fue invitada por él. Sin embargo, cuando Jeanne (Lou de Laâge) aterriza, Anna (Juliette Binoche), la madre del chico, le dice que Giuseppe no está en casa. Envueltas en una atmósfera de extrañeza, las dos comenzarán a establecer una suerte de vínculo que se vehicula a través de los silencios. La espera se asienta sobre los vacíos que deja el espacio que intermedia entre estas dos mujeres. Más allá, Piero Messina establece un discurso sólido, pese a estar apoyándose continuamente sobre brechas emocionales, sobre el duelo y la incapacidad de sobreponerse a la pérdida prematura.

Todo en L’Attesa es oscuridad. Las imágenes del cineasta transalpino remiten, de forma directa, a las tinieblas. Tanto a las ajenas como a las propias. A la penumbra de eternidad que deja quien se marcha de forma inesperada, y que la fotografía de claroscuros remarca a través de un marcado uso de los negros. Al desequilibrio absoluto que queda tras la partida, que Piero Messina rompe de forma drástica a través de una composición cuyos encuadres se edifican en base a la simetría. La armonía espacial de las estancias alude al equilibrio de fuerzas que mantienen la madre y la novia, desde sus secretos y sus reservas, mientras refuerzan la idea del desequilibrio sufrido por todos aquellos que sienten y padecen en el interior de las cuatro paredes. El film es un pasillo que conduce al desasosiego y el desvelo.

Messina estiliza la forma de La espera hasta los límites. Y ese proceso consigue arrojar luz incluso sobre los puntos más ciegos del drama. Una historia que resulta difícilmente comprensible en determinados momentos, fría, incluso, pero que, en cambio, nunca toca, ni siquiera de lejos, la inverosimilitud de aquello que narra. El silencio pesa kilos en esa relación que se forja entre las dos protagonistas. Y, además, su papel de relevancia amenaza con romper el frágil hilo que las une casi tanto como las separa. No obstante, el trabajo del autor en la dirección logra conceder siempre un punto de fuga a la secuencia en el momento adecuado, gracias a varias decisiones llenas de sutileza, como la inclusión en la secuencia clave del Waiting for the Miracle de Leonard Cohen, con toda su carga emocional, y la que permanece latente tras la propuesta.

La espera es una penetrante película de fantasmas. Un acercamiento a las habitaciones vacías en el que las apariciones no son más que otro pedazo de realidad. De la existencia más cruel, la de los que permanecen aquí, los conscientes de la marcha. Piero Messina entrega en su primer largometraje una obra de cámara de imágenes subyugantes en la que la elipsis dice siempre mucho más que los discursos. Pero en el que aquello que no se ha llegado a decir duele infinitamente más que las palabras más punzantes que jamás hayan sido dichas.

¿A qué esperamos cuando ya nadie nos espera?

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