'La muerte de Luis XIV', ocaso de un rey doliente

ArteKino Festival | La última obra de Albert Serra, Premio Jean Vigo 2016, reconstruye los últimos días del monarca Luis XIV gracias a una exquisita puesta en escena.

La muerte nos equipara. No importa si ricos o pobres, si harapientos o bañados en oro, si bonachones o hijos de puta; cuando ella llega, todos nos encontramos en el mismo plano. Esta idea es una de las múltiples capas de lectura con las que Albert Serra apuntala su última y arriesgadísima película. La muerte del Luis XIV reconstruye los últimos días del rey sol. Ni más ni menos. Una época final de reinado que dio los primeros síntomas de decadencia del régimen absolutista que gobernó en los siglos precedentes. El ocaso de la hegemonía francesa sobre el resto de Europa y el mundo. Entre el patetismo y la crudeza, entre el dolor y lo impío, entre la metáfora y la explicitud. En ese camino se encuentra la última obra del creador catalán, que recibió el Premio Jean Vigo de forma merecida.

Con una vocación claramente pictoricista, el cineasta indaga y hurga en el sufrimiento y la agonía de un rey doliente. Un monarca que grita, llora de dolor, suda penurias y yace en la cama durante todo el metraje. La mort de Louis XIV es una aproximación total a la muerte, que parece vigilar desde los rincones oscuros cada una de las secuencias. Albert Serra demuestra habilidad para introducir en escena un buen número de secundarios, a través de los que da muestras de la situación que atravesaba  Francia en 1715, mediante las breves conversaciones, así como de la relación que mantenía el propio rey con su entorno y su corte, llena de carroñeras. La mirada panorámica se alterna con los primeros planos de los rostros, perplejos ante la caída de su rey e inmersos en sus anhelos oportunistas, en un claro intento de concentrar todos los estratos posibles en la imagen.

La primera aparición de Luis XIV en el film.
La primera aparición de Luis XIV en el film.

Existe en la última propuesta del director un silencio que ya es puramente espectral. Un mutismo que habla, que grita y convulsiona la mirada, enclaustrada entre las cuatro paredes que conforman el espacio fijo sobre el que se desarrolla la narración. Una estancia única sobre la que Serra se eleva gracias a un soberbio manejo del tempo narrativo; a una composición, estructuración y planificación exquisitas; y a una utilización fundamental de la iluminación. El trabajo fotográfico de Jonathan Ricqueborg, de corte pictoricista, carga el encuadre de velas, luz que se cuela a través de las cortinas y grandes penumbras que inundan la sala. El aparato formal de La muerte de Luis XIV es una suculenta –y truculenta– representación de las tinieblas. Tanto de las interiores, la mente, como de las externas, el cuerpo. De las pasadas como de las venideras, cada vez más próximas para un Luis XIV que, en la escena más poética del film (la única con música extradiegética), en un encuadre dilatadísimo y estático, mira de soslayo el retrato de su juventud, que preside la estancia de principio a fin, y comprende que ese tiempo ya nunca volverá. Acaba de darse cuenta de que lo único que le queda ya por hacer es morir. Y que tal vez, con suerte, quedará de él su legado.

Albert Serra entrega un profundísimo largometraje de cámara. De espacios interiores que se trasladan de dentro a fuera. Como si el autor quisiese hacer referencia al intimismo que, inevitablemente, rodea a la muerte por encima de la imagen pública, pero sin dejar de aludir al desvanecimiento de un sistema en vías de defunción. La de Serra es una obra inteligente y subversiva que, pese a situarse en el lejano siglo XVIII, guarda estrechos vínculos con la sociedad actual. Así las cosas, la imagen de Luis XIV no es otra que la de un doliente. La de una persona que sufre. Yendo más allá, incluso la de la propia muerte, que impregna el encuadre con su presencia silenciosa. La representación visual de esa pierna gangrenada hace que el conjunto transmita incluso olor, hedor a la muerte, física y simbólica, de todo aquello que representa el enfermo. La mirada perdida de Jean-Pierre Léaud compone la efigie de un condenado en vida en uno de sus papeles más brillantes. El desarrollo constructivo que realiza del personaje histórico a través de sus reacciones y escasas líneas de diálogo es absoluto. Nada tiene que ver la primera imagen del monarca con el retrato mortuorio que devuelve el cineasta final del metraje. En el tránsito, contenido en el relato, se encuentra la decadencia de una idea, la monarquía absoluta, a la que las imágenes dan muerte de forma metafórica sobre el cuerpo de Luis XIV. Una muerte sobre la que planean tantas trompetas de transición y comienzo como de putrefacción y tradicionalismo. Ya lo advierten las enigmáticas últimas palabras que se pronuncian en la cinta, lanzadas por uno de los secundarios a cámara, en la más clara, elocuente e inquietante interpelación al espectador: “Señores, lo haremos mejor la próxima vez”.

Una de las últimas escenas en las que aparece el rey.
Una de las últimas escenas en las que aparece el rey.

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