'La Peste', la triste confianza en el futuro

ANÁLISIS - Posibles SPOILERS | Alberto Rodríguez y Rafael Cobos se adentran en la Sevilla del siglo XVI para ofrecer una mirada que se podría extrapolar a la España de hoy.

España es una gran enfermedad. Contagiosa, ineludible y de difícil pronóstico. No hay cura y por lo tanto es imposible la salvación. Poco más se puede esperar de un país, una nación, en la que “la única forma de comer bien es acostumbrarse a ser rico”. Así de claro lo tiene La Peste, que en boca de uno de sus personajes, Luis, se atreve a ofrecer un diagnóstico meridianamente claro sobre los cimientos de un país que viene repitiéndose a sí mismo desde el siglo XVII hasta hoy. Un país enfermo, herido de muerte y que nunca termina de consumirse.

La teleficción creada por Rafael Cobos y Alberto Rodríguez se sumerge en los contrastes de aquella Sevilla anhelante de protagonismo y capitalidad, un emplazamiento idóneo para las intrigas, el thriller de época y la representación histórica en el que entran en juego las dualidades medievales (y no tanto) clásicas: riqueza y pobreza, catolicismo y protestantismo, corrupción y desenmascaramiento, clero y pueblo llano, persecución y huida, etc. Una ciudad crisol con puertos que reciben la multiculturalidad y autoridades que pretenden bloquearla para eludir su amenaza. Mucho tiene que decir en este combate de contrarios la puesta en escena y el discurso en torno a los intramuros y los extramuros de la ciudad. Las famosas dos Españas, como símbolo de lo poco que hemos cambiado.

“No hace falta morir para ir al infierno. La enfermedad es el infierno”, asegura Mateo en una de sus caminatas por el barro. En ese ambiente cortante -gran diseño de producción y fabuloso trabajo fotográfico de Pau Esteve Birba- tiene la serie de Movistar + uno de sus pilares de carga. La Sevilla de La Peste se puede oler, tocar y casi saborear. El ambiente viciado se podría cortar con un cuchillo y la suciedad -física, pero también moral- parece tan real que uno podría sentirla tras terminar la temporada. En cierto modo, el dispositivo formal se asemeja a lo que ofreció Aleksey German en su monstruosa Qué difícil es ser un dios (Trydno byt bogom; Rusia, 2013) en tanto y cuanto se percibe la porosa ambientación en cada pliegue de la piel.

Por otra parte, el aspecto narrativo devuelve discursos en todas direcciones. Con una capacidad incuestionable para la asociación de ideas, La Peste se atreve a retratar la información como un elemento invisible, cuyo control y manejo deviene en la consecución y mantenimiento del poder fáctico. Asimismo, Rodríguez y Cobos indagan en la figura de la mujer y su posición social en los años a los que se circunscribe, pero también como alegoría de su situación actual (otra vez, qué poco hemos cambiado…). Así las cosas, el empoderamiento femenino es simbolizado mediante el abandono del pseudónimo y la asunción de su firma en los cuadros que pinta Teresa Pineda, mientras que el discurso sobre el control del cuerpo de la mujer lo metaforiza la siguiente frase: “Mi marido está muerto, la fábrica es mía y en mi fábrica mando yo”. Otro lucidísimo ejemplo de como la ficción consigue filtrar ideas en los márgenes y entre líneas.

Sin embargo, el mensaje más potente de la obra llega desde la asimilación de la identidad. Poco importa si nos referimos al pasado del siglo XVI o al presente del XXI, la sensación que queda tras el visionado es la de un país cainita que no dista demasiado de aquel en el que vivimos. Ya saben: la correspondencia entre el universo creado y la realidad desde la cual se escribe. La España de los autos de fe, de la persecución y la lapidación al diferente; una nación construida sobre la intolerancia asumida. Esa que siempre espera una mejoría que nunca llega. Que algo cambie para que nada lo haga. La España enferma de “la triste confianza en el futuro”.

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