'La venganza de una mujer', un verso de arte mayor

CRÍTICA | Rita Azevedo Gomes narra la historia de un amor pasado, una venganza contada en una noche a través de múltiples elementos cinematográficos y de otras artes.

“La civilización extrema plasma su poesía inquietante a través del crimen. Así, en este momento de inefable y delicioso progreso, el crimen ha adquirido una fisonomía extraña”. Sobre crimen y poesía (y amor) edifica Rita Azevedo Gomes su última película, que se abre con esta frase. La venganza de una mujer posee la dosis perfecta de cada uno de sus ingredientes, siendo estos tres condimentos los que salpimientan y dan sabor a una propuesta cuyo regusto puede llegar a durar días. La simbiosis elemental se erige como columna vertebral del film de la realizadora portuguesa, cuyo estilo y forma elevan el título a los retablos de la autoría cinematográfica.

La historia central es sencilla: un hombre se encuentra una noche con una mujer, que le cuenta una historia de amor pasado que deviene en su calculada venganza cuando el hombre es asesinado ante sus ojos. Aparentemente sencillo. Sin embargo, la adaptación de uno de los relatos de Las diabólicas de Jules Barbey d’Aureville que filma la cineasta lusa alcanza la condición de entidad propia gracias a su imponente puesta en escena. Estructurado como una amalgama de parlamentos, memorias, narraciones y acción directa, el tercer largometraje de Azevedo (O Som da Terra a Tremer, 1990; Frágil Como O Mundo; 2002) supone el abrazo de la directora a las múltiples artes que conviven en el cine, así como la consolidación de la visión romántica y espectral que ha cosido sus anteriores trabajos.

En La venganza de la mujer coexiste el cine con la literatura, la pintura, el teatro y la música. Y la autora consigue hacer suyo cada uno de los elementos de estas artes que incorpora. La película está narrada desde la propia literatura, como ejemplifica el uso de un narrador consciente de la cámara que juega y hace requebrarse a las palabras e importa parlamentos literales de la novela para conducir y resituar determinados tramos del metraje. Su inclusión es la manera de “respetar” el relato de Barbey d’Aureville. Pero, además de las letras, Azevedo hace resonar sus imágenes con una corriente pictoricista barroca, fundamentalmente gracias a la fotografía de Acácio de Almeida; con la música y el sonido de Joachim Pinto, que va de lo anacrónico a la línea más lógica; y con el teatro, con el que establece la que quizás sea su relación más básica. En este último caso, de hecho, vemos partir y morir la historia entre bambalinas, donde nos recoge y nos abandona el narrador principal, y asistimos de forma constante a un juego de iluminación propio de la representación, así como al cambio de escenarios, la maleabilidad del tiempo o el inmovilismo de las declamaciones de una fantástica Rita Durao en el papel principal. Podríamos hablar de la cinta como un verso de arte mayor que recoge el testigo del resto de disciplinas. Pero, siempre, sin perder de vista el arte de la imagen.

La veterana cineasta portuguesa dispone sus piezas cinematográficas con brillantez. En su trabajo con la cámara se percibe una concepción estilística y personal encaminada a reubicar el texto original tanto en el tiempo actual (la absorción temporal del canto a lo femenino que vertebra la trama) como en la disciplina artística escogida. En un movimiento que se aproxima al cuarteto histórico (e historicista) de Eric Rohmer, la creadora parece filtrar la idea de que no tiene mucho sentido adaptar el pasado, así como añade que no lo tendría el propio hecho de la adaptación literaria como tal al campo visual. Quizás por eso, si hay algo que resuena invariablemente con las imágenes de la autora ibérica es el propio cine y su historia. Porque en La venganza de una mujer se citan muchos nombres, estilos y formas de mirar, todas perfectamente filtradas bajo el sello de Azevedo. Así, no será extraño que el espectador más cinéfilo encuentre resonancias con La inglesa y el duque (2001) de Eric Rohmer, en la reconstrucción artificial de los espacios, mediante tapices y fondos pintados; o que en los cambios de época que permanecen en la misma secuencia alguien lea una cita a las elipsis secuenciales de Theo Angelopoulos. Ni siquiera sería raro que, por otro lado, se pudiese interpretar en el personaje de Rita Durao un trasunto de la Juana de Arco de C. T. Dreyer (1928), a la que los primeros planos de la actriz llorosa parecen remitir directamente. La imagen siempre permanece como el elemento primario en el trabajo artístico-narrativo de la directora, que incorpora a su mirada propia cada una de las referencias y de las citas (el cromatismo y los rojos de Lynch, los planos no-subjetivos de Preminger, etc.), así como el uso que hace de cada herramienta visual, entre las que destaca la profundidad de campo, llegando a conseguir en un mismo encuadre hasta tres y cuatro planos de acción.

Rita Azevedo Gomes entrega una obra madura y redonda que transita de lo romántico a lo histórico pasando por multitud de estadios intermedios e independientes. Una película que mide su potencial narrativo en la apuesta por la evidente artificialidad de su dispositivo. Una mirada lanzada hacia el pretérito que, sin embargo, queda lejos de olvidar el presente y la actualidad. La lucha de la ficticia duquesa d’Arcos de Sierra Leone interpretada por la magnífica Rita Durao podría emparentar con mujeres que no tienen su origen en un tiempo muy alejado del nuestro. Al fin y al cabo, el crimen, la poesía e, incluso, la venganza son atemporales. Y a esa intemporalidad se adhiere también este trabajo de la cineasta y programadora de Cinemateca. A la inmortalidad del dolor y la sangre. De la venganza de una mujer.

Únete gratis a y podrás

  • Seguir a otros usuarios
  • Escribir artículos
  • Comentar artículos
  • Mas información
Registrate/Accede No, gracias