'Langosta', homo homini... lobster

Crítica de la última película de Yorgos Lanthimos

Es posible que Yorgos Lanthimos sea el cineasta actual que más se acerca a lo que podríamos denominar como la “distopía contemporánea”. Sus planteamientos, de tinte provocador y punzante, muy cercanos a los que ofrece el showrunner Charlie Brooker en su serie Black Mirror, buscan siempre el recoveco desde el que lanzar su cruda visión del ser humano y su existencia en sociedad. Muchos podrían decir que el griego es un misántropo. Y nadie se atreverá a revocar esta afirmación.

Langosta es un requiebro en su filmografía, que sirve al director para volver a imprimir sus sellos a una temática muy próxima a la concepción de la humanidad representada en su cine. Si en sus anteriores filmes, Canino (2009) y Alps (2011), ya jugaba con ideas potentes –una familia hermética y sin contacto con el exterior, en la primera; una startup destinada a repetir las rutinas de un fallecido para favorecer y minimizar el duelo de la familia, en la segunda–, no se muy queda atrás su Langosta. Una sociedad (¿futura?) en la que no se permite vivir en soltería; esa es la premisa inicial, tan sencilla como desoladora, con la que el cineasta se permite filosofar tanto sobre el miedo a vivir en soledad como al pavor a hacerlo en pareja. Así lo corrobora una estructura que fractura la película en dos partes antagónicas, pero complementarias.

Cuando Colin Farrell llega al hotel (regido por una soberbia Olivia Colman), en el que tendrá que encontrar una pareja antes de 45 días para evitar ser convertido en animal y echado al bosque, el espectador ya tiene las reglas del juego sobre la mesa. Sin embargo, la propuesta inicial, basada en el desconcierto con el que siempre opera Lanthimos, podría haber incurrido en el riesgo que provoca el reiterado uso de la fórmula, de la misma manera que les ocurría a sus anteriores obras. Es en este punto donde el cineasta griego efectúa un movimiento de avance sobre toda su anterior filmografía, situando un pivote que revierte la historia cuando el personaje de Farrell sale del hotel y llega al bosque, donde se encuentra con un grupo de solteros, que resultará ser igual de autoritario o más que el sistema contra el que se rebela. La negación de la individualidad; el egoísmo y autoritarismo del ser humano.

 

En ese momento, transcurrido casi la mitad del metraje, cobra corporalidad la maravillosa voz en off de Rachel Weisz –pura sensualidad–, utilizada de forma brillante, que hasta entonces había narrado de forma enigmática la historia del protagonista. Yorgos Lanthimos hace efectivo así el cambio de trayectoria que presagiaba el hecho de que The Lobster fuese su primera colaboración con actores externos al ámbito griegos (sí le acompaña, no obstante, su actriz fetiche, la helena Ariane Labed). Al contrario que en sus anteriores filmes, en Langosta hay vida más allá de la buena idea inicial. Esto es: a partir del giro central, la propuesta inicia un desarrollo que le llevará hasta la conclusión, paliando así la ausencia de avance de la que adolecían tanto Canino como Alps.

En su último trabajo, el autor de Kinetta (2005) retorna a su cine reflexivo y a su penetración autorial en la contemporaneidad del ser humano, de la misma forma que vuelve a escribir su guion junto a uno de sus colaboradores habituales en este apartado, Efthymis Filippou. El resultado es tan devastador como la constatación de que, tanto en el amor como en la soledad, en la sumisión como en la rebeldía, somos seres profundamente autoritarios, egoístas, huraños y repletos de inseguridades. Ni siquiera en la huida final, en la que muchos consideran que existe una traición por parte del director en el hecho de aludir al “amor ciego” como única salvación, uno consigue quitarse esa extraña sensación de la boca. Ni saber con certeza si es lo que cree Lanthimos o si, en realidad, está ironizando con otra idea mucho más cruel y propia de su espíritu: el ser humano es el peor enemigo del hombre.

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