'Las confesiones', la omnisciencia circular

CRÍTICA | Toni Servillo protagoniza el nuevo largometraje de Roberto Andò. El autor italiano se adentra en una reunión del G8 para hablar desde los silencios de su personaje.

De forma casi inevitable, el plano aéreo corre el peligro de volar demasiado alto. El riesgo de la omnisciencia. En una de las secuencias iniciales de Las confesiones, Roberto Andò opta por filmar mediante este recurso el camino que realiza su protagonista desde el aeropuerto hasta el palacio en el que transcurre la cinta. Allí se va a celebrar una reunión del G8 y el director del FMI ha solicitado la presencia de un sacerdote para que le confiese la primera noche. Hasta aquí, dentro de la peculiaridad, todo normal.

Evidentemente, todo cambia cuando, la mañana siguiente, el mandatario aparece muerto y la última persona que lo ha visto con vida es el cura. Un contenido Toni Servillo –parece mentira que sea el mismo que dio vida a Jep Gambardella– se introduce en la piel de un hombre paciente, un devoto del silencio –interesante su uso durante todo el metraje– que no duda en poner en jaque a la plana mayor del G8 para mantener su fe y su voto intactos. Alejados de los mecanismos de la perversión moral.

Así, Andò comienza jugueteando con los códigos del thriller en una obra que no parece no decir nada ni en sus silencios, ni mucho menos en sus declamaciones. El cineasta italiano propone un artefacto que golpea desde la ambigüedad de todo lo que se calla, pero también desde las posibilidades que le ofrece una composición que gravita en torno a los flashbacks del héroe para iluminar esa obscuridad que la gobierna. ¿Tramposo? Podría ser. Aunque la realidad es que durante el primer tramo del film, el dispositivo se ajusta muy bien en torno al tono y el misterio que se deduce de su suspense.

Todas las miradas apuntan al sacerdote; todos lo miran, lo investigan, lo espían, lo cuestionan… Y a la vez se cuestionan a sí mismos, siempre desde el mutismo y las palabras censuradas. Quizás por eso, en determinado momento, el director transalpino se atreva a poner de relieve algunas temáticas de cierta espina. Es el caso de las reacciones, cuanto menos debatibles, de los políticos en torno a la filtración (o no) del fallecimiento a la prensa o la manera de hacerlo bajo el disfraz que más convenga a ese otro Dios llamado mercado (“¿qué afectaría menos a la bolsa: suicidio o accidente?”). Tal vez lo más interesante de esta producción se circunscriba a estas implicaciones sutiles. Quizás lo más rebatible sea, precisamente, que no vayan más allá de la mera mención.

Sobre esa línea de la doble moral se desliza Roberto Andò. Sin embargo, poco a poco, la película y sus misterios van mutando hacia las coordenadas que habitaban obras como El código Da Vinci (Ron Howard, EEUU, 2006) y toda la saga basada en el detective Robert Langdon, creado por Dan Brown para la literatura. Así las cosas, Las confesiones se ajusta mejor a sus postulados cuando transcurre en torno a la incertidumbre y la tensión entre sus personajes que cuando se aventura a desgranar y categorizar el mundo. Roberto Andò se maneja mejor con el silencio que con discursos tan naifs y moralistas como el de su conclusión; un regreso simbólico, con aires de castigo, desde el aparato narrativo, a ese plano aéreo con el que abría su puesta en escena. La omnisciencia circular.

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