Las piezas. Los puzzles.

Me regalaron un puzzle hace unos días. Con la imagen de muchas cervezas, saben lo que uno usa. Y lo hicimos. Amanda y yo. Los dos. El puzzle.

Eran sólo 1000 piezas. Vi a mis padres completar puzzles de más de 12000 piezas. Y perdimos el tiempo, divagamos, lo pasamos muy bien.

Un puzzle es una imagen que se ha roto en mil pedazos para que alguien lo reconstruya. Un puzzle es un viaje para que hagas algo que ya estaba hecho. Un puzzle es una metáfora.

He pasado días pensando lo que el puzzle significaba. Y no he pensado en vano. Hago muchas cosas en vano, excepto completar puzzles. No significa nada completar las formas de botellas de cervezas que vienen representadas en la imagen. Tampoco significa nada completar la forma de un paisaje bucólico o la imagen de la torre de Babel, aunque un desierto significaría una verdadera locura. Lo que significa mucho es dedicarle tiempo al puzzle. Pero vamos poco a poco.

Igual que me eduqué en la pérdida de tiempo que supone un puzzle, me eduqué en la calma y la ingenuidad. Mis padres no veían la tele como zombies, no reproducían los clichés que escuchaba en la calle. Tuve la suerte de aprender a escuchar un vinilo, con su corta duración y su diferenciada calidad. Tuve la suerte de esperar por las cosas que valían mucho. Y tuve la suerte de presenciar la destreza de unos tipos que quisieron perder el tiempo conmigo.

En mi casa hubo siempre (al menos que yo recuerde) dos tableros: uno más fino para las cenas familiares de navidad y otro más ancho y grande para colocar el belén. Una madre agnóstica que nunca supo qué significaba esa palabra y un padre ateo que creía en algo mucho más natural me enseñaron a crear una representación religiosa por el mero hecho de modelar. Hicimos un belén tan grande e imponente que ganó concursos municipales, asombroso. Y tras el periodo navideño aprovechábamos ese tablero (quién sabe si ésta era la verdadera función) para sacar un puzzle y empezar a colocar pieza tras pieza, momento tras momento, divagación o delirio tras delirio.

Veía que pasaban horas y horas buscando las piezas. Lo primero que uno piensa es en encontrar todas lo antes posible y acabar. Lo primero que piensa uno es en buscar una solución. Lo que verdaderamente piensa uno es cómo no pensar. A mis padres les gustaba eso de pensar.

Y me enseñaron a buscar sin prisa, a pensar qué pieza encajaría mejor en cada espacio. Los puzzles son sencillos, pero requieren atención. Son cosas que se parecen a las personas, a las que puedes satisfacer sin entender completamente porque lo que vale es la atención y el cariño. Vi completar puzzles, muchos puzzles, y nunca vi guardar ninguno de ellos. Mis padres finalizaban uno, lo desmontaban completamente y ya podían comenzar otro.

Muchos preguntaban si hacíamos algo con ellos una vez terminados. Algunos cuestionaban el valor de hacerlo para luego deshacerlo. Casi nadie entendía el valor de haber pasado horas viajando en ese montaje. Hoy casi nadie valora las horas de viaje, pensando en llegar en vez de disfrutar del tiempo empleado en alcanzar un lugar. Mis padres viajaban, no llegaban.

Amanda y yo hicimos este puzzle. Pasamos buenos, aunque cortos, ratos de búsqueda y divagación. Los puzzles también son piezas separadas. Piezas que por sí mismas tienen poco valor y no encuentran su sentido hasta estar en el lugar adecuado rodeadas de quienes las completan. No es un sentido tan religioso, sino antropológico, si lo miramos bien. Tampoco hace falta hacer metafísica de los puzzles.

Pero sí merece la pena pararse a montar uno. Hay un resquicio hoy para escapar del mundanal ruido, está en nuestro tiempo. No deseamos más que estar ocupados y focalizar nuestra atención en una pantalla, una polémica o un escudo. Y yo sigo disfrutando más de buscar las piezas del puzzle. Estudié electrónica, no sabía qué pieza necesitaba en mi espacio. Y supe de mucha gente que aprendía más que yo. Completé las pruebas necesarias para adentrarme en una facultad, una que me diera piezas nuevas. Estudié filosofía, supongo que es la única vía que no te ofrece salida y vi el puzzle perfecto. Estudié la ciencia más bonita que uno puede estudiar, lo mismo que contesto cuando me cuestionan el valor de la justicia: no hay nada más bonito que seguir luchando por ese valor humano.

Estudié y sigo estudiando. No quiero terminar el puzzle.

Tal vez he de desmontar cosas y volver a configurar, soy consciente. Pero no quiero llegar. No quiero pensar en llegar para disfrutar del viaje y no quiero llegar porque significará el final del viaje. Me gustan los puzzles a medias. Y cada vez me gustan más al comienzo, cuando todo parece más complejo o incluso imposible. No disfruta igual una cerveza sin matices que ya conozco que una obra nueva que me haga prestar atención al descubrimiento.

Dejadme con mis puzzles, cada poco voy encontrando piezas. Tampoco albergo prisa, a veces me parece encontrar alguna y me distraigo a propósito, no vaya a ser que termine.

 

Javier MC - @Cinejavi

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