Linklater, Black Mirror y lo que hemos perdido.

Un recuerdo de los valores del cine.

Hace poco se estrenaba “Todos queremos algo”, la última película de un director peculiar anclado en la nostalgia: Richard Linklater. A sus 56 años, el estadounidense ansía ese regusto del cine que le tocó experimentar en su juventud. Muchos hablan de los 80 como una década de explosión, pero pocos dejan a un lado el estereotipo para expresar claramente qué tenía de mágico.

 

A Linklater le gusta la ingenuidad de los personajes, las conversaciones que parecen no llevar a ningún sitio y sin embargo te conmueven. Le apasiona esa aparente inseguridad que aflora en la adolescencia y que sólo se experimenta sobre el colchón que aporta la seguridad de nuestros mayores. Precariedad se enfrenta, aunque también complementa, a la estabilidad.

 

Llevamos varios años buscando otra alternativa a los largometrajes, pues parecen cansar a una generación que todo lo quiere ya. Las películas de Linklater son justo lo contrario: un chapuzón de agua fresca, pero del río de nuestro pueblo. Las películas que todos veneramos de décadas pasadas dejan un lugar privilegiado a las series de moda. Todos hemos oído en varias ocasiones “Es que no veo muchas pelis, yo soy más de series”.

 

Las series de ahora se basan en dos conceptos: una producción explosiva y un carácter preadolescente. Incluso en este mismo formato de episodios hemos visto transformaciones. Las series de personajes profundos y tramas intensas como “Six feet under”, “The sopranos” o “The wire” han dado paso a superficiales filtros y acciones sin trascendencia debido a un detalle importantísimo: la dicotomía entre precariedad y estabilidad.

 

Ni guionistas ni la demanda son los culpables de semejante atrocidad contra la magia del cine. Los productores han preferido no arriesgar, y se nota en la cartelera. Cada vez se reproducen más remakes, más animación, más personajes de comics y más tópicos bélicos o románticos. Cada película va dirigida a un público con un objetivo único (suena ese sonido de cajas registradoras de “Money”, de Pink Floyd).

 

Haber diversificado las producciones para obtener otro fin en vez de perseguir la creación artística como fin en sí mismo ha conllevado la apuesta clara por producciones que aseguren unos ingresos. Los guiones arriesgados no encuentran patrocinadores y los directores jóvenes se ven obligados a dirigir series o películas ya compradas por grandes corporaciones. Una serie es la solución perfecta para este problema económico. Se puede invertir relativamente poco en lanzar un globo sonda y, si atrae a la audiencia (otra vez suena “Money”), seguiremos adelante con la producción de una serie que siempre tiene como fundamento la precariedad de todos las personas involucradas en la misma.

 

Ahora vemos Stranger Things, Peaky Blinders, Juego de Tronos y Black Mirror. Sin entrar a valorar, sus temporadas se han mantenido en función de la repercusión. Es la última, Black Mirror, la que más exigencia ha requerido, pues los capítulos son independientes, aun con un tema en común. Hablar de las nuevas tecnologías y generar los debates que vimos en los primeros capítulos fue original e impactante. Ninguna serie nos estaba ofreciendo la posibilidad de pensar, así que lo agradecimos. Parece la excepción de una cantidad ingente de series sin apenas trascendencia. Pero volvamos a Linklater.

 

Hemos perdido la oportunidad de involucrarnos en la vida de los personajes cuando hemos sobrepasado la hora y media de metraje. Dicen muchos estudiosos del tema que perdemos la concentración pasados 45 minutos, de ahí la duración de los capítulos. Obligarnos a ver más, ofrecernos y querer como ejercicio de aprendizaje era lo que nos permitía hablar del cine como elemento mágico. La imagen en movimiento debe ir ligada a un encuentro íntimo y a un truco premeditado. La temporalidad de las producciones se limita en dos aspectos: la duración de la obra en sí y la duración de las temporadas, que pasaron de los 24 capítulos a los 3 de Black Mirror o los individuales de Sherlock. No sabemos lo que durará cada serie y, lo que es peor, prevemos que poco.

 

Richard Linklater nos permite adorar a Julie Delpy en “Antes del amanecer”, compincharnos con Ethan Hawke en “Boyhood” o confesar que hay tiempo para todo en “Todos queremos algo”. Nos acordamos de Allen, Wilder o Sánchez Arévalo, porque nos reconforta y nos reconcilia con aquello que estamos perdiendo.

 

Sólo espero que en el último capítulo de Black Mirror nos hagan meditar sobre lo que significa esta precariedad tan fecunda. Los términos económicos que han preferido el miedo para poder ofertar condiciones laborales más precarias han aterrizado en el cine en forma de producciones dependientes de la respuesta casi inmediata de los inversores. Hemos perdido la estabilidad que permitía a muchos escribir guiones fantásticos de verdad. Pero también hemos perdido el miedo de hacerlo público, herramienta fundamental para cambiar aquello que no nos gusta y recuperar aquello por lo que sentimos nostalgia.

 

JavierMC - @Cinejavi

Los términos económicos que han preferido el miedo [...] han aterrizado en el cine.

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