'Manchester frente al mar', aquello que dejamos atrás

CRÍTICA | Kenneth Lonergan realiza un retrato íntimo sobre el dolor, la pérdida y la culpa. Brillantes interpretaciones de Casey Affleck, Michelle Williams y Lucas Hedges.

La muerte es el peor de los invitados: llega a casa cuando nadie la espera y se instala para siempre. A perpetuidad. No hay forma humana de quitársela de encima. Como una deidad, se convierte en omnipresente. También en el cine existen títulos que exudan muerte. Por cada uno de sus poros. Obras que llevan el sello silencioso de la ausencia, marcada a fuego. Personas que son y existen porque les falta algo irremplazable. Manchester frente al mar es una de esas obras dolientes. La película de Kenneth Lonergan acaricia la cadencia quejumbrosa de un réquiem. No es casual que, en la secuencia que sirve de pivote argumental, y que explica toda la cinta, resuene el fúnebre Adagio en sol menor de Remo Giazzoto (conocido como Adagio de Albinoni), una de las composiciones más tristes de la historia de la música, habitualmente utilizada en entierros, funerales y memoriales.

El último trabajo de Lonergan es a la vez un reflejo del dolor como el intento de retomar el camino tras el vacío, cuando el arrepentimiento es un peso flagrante. Así, el sufrimiento subyace bajo cada una de las conversaciones de sus protagonistas. Un daño silencioso, indisoluble e imperecedero. Al fin y al cabo, la ausencia no es sino presencia reconcentrada. De una u otra forma, todos y cada uno de los personajes que aparecen en Manchester frente al mar ya han entablado relaciones con la parca. El pasado les permanece latente mediante los flashbacks que se introducen en el presente narrativo. En cada movimiento efectuado, a cada paso que dan, una sombra emerge tras de sí para perseguirles.

Lo primero que sorprende al adentrarse en el tercer largometraje del cineasta es la sobriedad y el respeto desde el que contempla la acción. Hay una honestidad incuestionable tras cada decisión de Kenneth Lonergan. Quizás por eso la contención, tanto de los actores como del director (da miedo pensar lo que hubiese devuelto alguna otra firma con semejante materia prima), se erige como la principal herramienta narrativa. Y aunque se antoja tarea difícil, Manchester frente al mar consigue emocionar desde la contención de esa misma emoción. Tal vez la última mueca de Lee Chandler (soberbio Casey Affleck durante todo el metraje), en la que su voz se entrecorta de pena, pudiese erigirse como la definición que mejor recoge el estilo cinematográfico del autor neoyorquino. Detalles a través de los que se compone una puesta en escena sutilísima y profundamente seductora.

En el aspecto temático, como ya propusiese la serie The Leftovers (Damon Lindelof, Tom Perrotta; HBO, 2014-2017), Manchester frente al mar indaga en el sentimiento de los que se quedan aquí. Su culpabilidad, incluso. Como si a la teleficción norteamericana le hubiesen despojado de su carácter ilusorio. Existe una vocación de naturalismo que atraviesa el film de principio a fin y que cristaliza en las conversaciones mantenidas por los personajes, sobre todo en el encuentro fortuito entre Lee y su ex mujer Randi, una fantástica Michelle Williams que aparece poco, pero dinamita el estado de ánimo de la obra en cada una de sus escenas. Así las cosas, en Manchester frente al mar nos encontramos una escritura elegante, que no se detiene en subrayados y en cuya bajada a los infiernos no existen apenas estridencias.

Sin embargo, no porque exista dolor se tiene que abandonar la poesía. Es más, es la poesía la manifestación que más tormento arrastra en su interior. Y Kenneth Lonergan se permite en Manchester frente al mar una búsqueda de la belleza y lo lírico a través de su puesta en escena. Tanto en sus imágenes como en el apartado musical existe una vocación artística incuestionable, que se revela desde lo sobrio y casi elegiaco (la nieve sobre los espacios vacíos, el vuelo de las gaviotas, la ensoñación del protagonista y la pregunta de sus hijas: “¿papi, no puedes vernos arder?”…). Así las cosas, los ralentíes utilizados por el realizador, la composición musical de Lesley Barber o la introducción de música clásica en determinadas secuencias contribuyen, de forma más que palpable, a la creación de una atmósfera que favorece la mirada artística.

Manchester frente al mar es un réquiem por multitud de nombres. Un adagio que entrelaza con hilo casi invisible el duelo, la pérdida, el amor y la familia, gracias a un guion que fragmenta el relato. De esta forma, la escritura se desarrolla en torno a las elipsis y los saltos en la línea temporal, que remiten a la incidencia de los recuerdos, la nostalgia y el intenso pellizco que cincela la memoria. La mirada poética y llena de detalles hacia la descomposición que, finalmente, nos termina por componer como personas, como seres humanos. Porque el lamento también nos hace ser quiénes somos, quizá en mayor grado que la alegría. Al final del camino, no somos más que aquello que hemos ido dejando atrás, todo lo que hemos perdido. Lo que queda de nosotros.

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