Manda huevos

Corre más, hijo de puta!"

Recuerdo perfectamente cómo aquel grito estuvo a punto de hacerme perder los nervios. Era el minuto 85 de partido, no había parado de correr y las fuerzas me flaquearon en el tramo final. Jamás pude llegar a aquel balón que me hubiera dejado solo delante del portero. Sabía que no podía alcanzarlo porque, literalmente, estaba tieso. Sin embargo, corrí hasta que mis manos evitaron el impacto con la valla publicitaria. Cuando mi cuerpo se echó hacia delante tras la frenada fue cuando escuché el improperio y la verdad es que me sorprendió su nitidez. 

Aquel individuo no era precisamente un niño. De hecho, a su lado estaba el que supuse que era su hijo, un chaval de apenas unos diez años. Los dos llevaban la camiseta de mi equipo. El padre, con medio cuerpo sobre la barandilla que limita la grada, me dedicó una retahíla de insultos que jamás olvidaré. Acababa de correr treinta metros a por un balón imposible, era el minuto 85 y perdíamos 0-3. ¿Qué más quería, que llegase sobrado a aquellas alturas? 

Me acuerdo perfectamente. Miré hacia arriba y le sostuve la mirada, lo que enfureció, además, a los parroquianos que estaban a su lado. Me di la vuelta y corrí a recuperar la posición cuando un par de botellas cayeron en el césped. No podía dar crédito. Me estaba vilipendiando mi propia gente.

Sonó el pitido final y enfilé el camino al vestuario. No me podía quitar de la cabeza aquella reacción a pesar de recibir el apoyo de mis compañeros. ¿De verdad cree usted que si me grita 'Corre más hijo de puta' voy a jugar mejor? ¿En serio? ¿Cree que esa es una forma de apoyar a uno de sus jugadores? ¿Es ese un buen ejemplo para su hijo?

La semana siguiente, jugando fuera de casa y tras un aluvión de críticas por parte de un sector de la afición, presencié una nueva derrota de mi equipo desde el banquillo. Tras el partido fuimos a aplaudir a los trescientos aficionados que se habían desplazado para vernos. ¡Qué casualidad! Él no estaba allí. 

Volvimos a jugar en casa y, de perder, podíamos caer a puestos de descenso. Cuando mi nombre sonó por megafonía escuché algunos silbidos y cuando salí a calentar, porque había vuelto a ser suplente, él estaba allí, esperándome cerca del córner para recordarme lo malo que era, lo poco que corría y lo hijo de puta que era. 

"Tú tranquilo, juega y haz lo que sabes que yo estoy contento contigo", me dijo el míster antes de salir. Tenía diecinueve minutos. Durante los primeros quince apenas tuve contacto con el balón. Un par de dejadas de cara y un balón peinado. Pero entonces rematé al gol un centro desde el costado derecho. Corrí hacia el córner donde se encontraba aquel señor. No le iba a decir nada, pero quería que me viese celebrarlo. Me abracé con mis compañeros y cuando me quedé solo, escuché: "¡Qué grande eres, qué golazo!" Me di la vuelta y me quedé alucinado. Ahí sí estaba él. Manda huevos.

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