'Nocturama', Paris en colère

CRÍTICA | Tras su paso por los festivales de San Sebastián y Sevilla, la última película de Bertrand Bonello se verá en abril en la Filmoteca Española y el D'A de Barcelona.

“No importa ya sobrevivir; ganar, perder, quizás morir. Mas sí que importa el toque personal, la flor en el ojal.” Mireille Mathieu. Arde París.

Arde París. Mientras, empiezan a sonar los primeros acordes del My Way y la voz de Shirley Bassey irrumpe, delicada, dulce, aterciopelada en medio del caos. Toda una declaración de intenciones: Nocturama está hecha a la medida de Bertrand Bonello. A su manera. Con todo lo que ello implica. No hay tregua en el nuevo trabajo del director francés. Desde el inicio hasta el final, la tormenta nunca cesa, ni en lo cinematográfico ni en lo reflexivo. El despliegue de facultades ofrece una obra interminable desde todos los flancos.

Pese a ello, o probablemente gracias a que así es, la idea no puede hacer gala de una mayor sencillez. Y quizás por eso encarna la complejidad de convertirse en un perfecto agitador de conciencias. Una bomba de relojería delineada con precisión quirúrgica y que golpea, frontalmente, en el mentón de la sociedad contemporánea y sus sistemas de valores vigentes. Una mañana, un grupo de jóvenes camina, se mueve en una especie de coreografía, por los túneles del metro parisino. La conjunción de elementos –ritmo, planificación, escritura, sonido– resulta tan amenazante como exquisita. Poco a poco Bonello, que juega muy bien la carta de la sorpresa, ofrece un amplio abanico de perspectivas a través de un montaje que salta adelante y atrás en la cronología. El autor adecúa, desde los primeros minutos, la mirada del espectador, que verá toda la historia a través de los movimientos aparentemente decididos, aunque a todas luces nerviosos, de sus protagonistas.

Algo está pasando, pero no somos capaces de saber el que. No obstante, la alerta ante la amenaza, tal vez un comportamiento adquirido en nuestras sociedades posmodernas, se manifiesta en forma del desasosiego que producen las imágenes. Poco a poco, el artífice de De la guerre (2008) sigue ofreciendo con cuentagotas, y a modo de flashbacks, las explicaciones pertinentes. Lo que vemos es una respuesta cuya medida es aún difícil de determinar. “El siglo XX fue una prueba de que la llamada democracia perfecta se vuelve contra sí misma”, asegura en uno de esos flashbacks uno de los muchachos que componen el colectivo, para concluir que “la civilización es un requisito para la caída de la civilización”. Así comprendemos que la generación que protagoniza Nocturama podría ser la heredera moral de aquella que el propio Bonello recogía a través de sus protestas estudiantiles en El pornógrafo (2001). Cambian los métodos, se adecúan, pero resisten ciertos patrones de pensamiento.

Así las cosas, en Nocturama podríamos estar asistiendo, en efecto, al principio del ocaso. Quién sabe si la acción no es el pivote final de esa decadencia que daría paso, según el mismo personaje, a un nuevo renacimiento. ¿Una nueva revolución? Para ilustrar la idea, Bonello se atreve a filmar una serie de ataques simultáneos contra varias instituciones (Ministerio del Interior, la sede del HSBC y un edificio de una multinacional) y símbolos (esa estatua de Juana de Arco en llamas) de París. La iconoclastia actúa en Nocturama como interruptor de conmoción. En el terreno formal cabe destacar la decisión del cineasta de mostrar el ataque en tiempo real, mostrando la simultaneidad a través de un inteligente uso de la multipantalla que ya demostró en Casa de tolerancia (L’Apollonide; 2010). En el terreno narrativo, la película seguramente ya nos haya desbordado a preguntas. El debate está abierto y probablemente nunca alcance una conclusión inamovible.

En el universo ficticio (o no tanto) que dibuja Bonello el mundo, la contemporaneidad, tiembla. Ya lo decía Mireille Mathieu en su versión española de Paris en colère: “cuando París tiembla, todos tiemblan por París”. Es entonces cuando, en mitad de ese temblor, se revela otro de los grandes movimientos cinematográficos que Bertrand Bonello se guarda bajo la manga. Los jóvenes que han perpetrado los atentados, siguiendo el plan preestablecido, se atrincheran en un inmenso centro comercial para esconderse allí durante la noche y salir al día siguiente. De la toma de acción que supone la siembra del terror al adocenamiento que procura el consumismo. De la implicación al gesto. Será en esa transición donde se pierda el líder y el grupo quede desnudo ante sus actos. Solos ante su destino inminente y ante la incertidumbre que se apodera de la situación (cuántos muertos han causado, qué relevancia está teniendo, sabe alguien dónde están, etc.). Sin asideros a los que aferrarse y con la resonancia de sus pensamientos en el silencio monstruoso. Quizás por eso los protagonistas busquen constantemente la música: como respuesta al horror vacui y búsqueda de contacto (el sonido y el baile). O no. Tal vez solo sea un retazo más del director para retratar a una juventud tecnológica que solo reconoce un evento cuando lo mira a través de una pantalla. “Impresiona cuando lo ves así, en real”, dice uno de los chicos, al ver sus propios ataques retransmitidos en la televisión.

Bonello presenta a una generación de jóvenes tan preparados como desnortados –en determinados momentos se encarga de hacernos ver que casi todos estudian una carrera y tienen ciertas inquietudes culturales– que ha sido absorbida por las injerencias de un sistema atroz y profundamente mercantilista. No es casualidad que el lugar en el que los encierre sea, precisamente, un centro comercial, con todos sus afanes materialistas a su alcance, ni que ellos, a lo largo de la noche, vayan disfrutando de esos bienes que fuera jamás alcanzarían. No es una cuestión de frivolización, sino más bien de representación. Un retrato que ni siquiera tendría porque verse con connotaciones negativas, sino como algo similar a la observación de un antropólogo.

Nocturama se estructura en tres partes. Un prólogo (la coreografía inicial, la acción), una parte intermedia (el centro comercial, la espera y la incertidumbre) y un epílogo que muestra, otra vez mediante el montaje multiperspectiva y la repetición, una mirada crítica hacia la desproporción de fuerzas y la ausencia del análisis de causas en la lucha contra el terror y la guerra. Esta arquitectura tripartita permite a Bertrand Bonello pasar de la tempestad a la calma y viceversa con un fascinante virtuosismo. La reflexión llega después del acto; tras el orgasmo, la relajación (tampoco es azaroso que aparezca el post-coito de una pareja) como preludio a la reacción final. Por eso es incoherente desdeñar la segunda parte del metraje por su decadencia de ritmo. La elección es premeditada, incluso necesaria. Las variaciones de la puesta en escena ayudan a la cinta a conformar sus discursos. En definitiva, las piezas encajan. Nocturama es eurítmica. Mucho más si cabe cuando, en un impasse de dicha segunda mitad, mientras resuenan himnos del rap y la música disco, y los jóvenes se prueban ropa y joyas o se enmascaran con cosmética millonaria, Bonello introduce el detalle definitivo para definir su película. El escaso minuto y medio que aparece Adèle Haenel, la actriz con más prestigio del plantel, en pantalla sirven al film como exégesis de la voz autoral. El ficticio segundo plano solo es una advertencia: la intérprete está prestando su imagen al pensamiento del autor. “Tenía que pasar y ha pasado”, dice su personaje anónimo. Una bomba silenciosa. Este inteligentísimo detalle sirve, además, para rematar la decisión de rodar siempre desde una distancia prudencial. Como cineasta, Bonello ni juzga ni condena. Solo se limita a mostrar. A generar debate y dinamitar los sistemas de creencias y las zonas de confort vigentes. Una solución que, a fuerza de revelarnos en nuestra condición, suele resultar infinitamente más terrorífica.

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