'Pieles', el infierno somos nosotros

CRÍTICA | La ópera prima de Eduardo Casanova vuelve a hablar de "los diferentes" y recoge todos los sellos de estilo que el director había ido acumulando en sus cortos.

Tras casi una decena de cortometrajes, Eduardo Casanova debuta en el largo con Pieles, una propuesta que puede tener su origen en el personaje de Eat My Shit (2015), que el director recupera como protagonista (o una de ellos) en este nuevo trabajo. La rareza, o la diferencia, si queremos ser condescendientes, se sitúa en el punto central de un film que reflexiona sobre la humanidad y la ausencia de ella a través de varias líneas que se entrecruzan levemente.

Así las cosas, el espectador se reencontrará con la joven que en lugar de boca tiene ano, con una mujer sin ojos a la que prostituyen desde niña en un club de dudosa moralidad, el ménage à trois que forman una mujer con la mitad de la cara deformada, un hombre completamente quemado y un tipo al que le enamoran estas peculiaridades. En definitiva, Eduardo Casanova coloca en pantalla un catálogo de extrañezas a través de las que construir su discurso.

La puesta en escena del cineasta es muy propia, de una vez artificiosa y elegante. El rosa predomina en todas las secuencias, con un diseño de producción muy cuidado y particular y un uso de las canciones a modo de contrapunto entre lo divertido, lo grotesco y lo cuestionable. Todo, o casi, es forma en Pieles. Sin embargo, Casanova filtra un mensaje muy claro que, por momentos, adolece de exceso de obviedad en sus significaciones. Un discurso de aceptación de las peculiaridades. “Todos tenemos lo nuestro”, dice uno de los personajes. Y quizás aprender a convivir con ello sea la primera manera de cohabitar el mundo en paz.

Pieles es, en esencia, un canto a la singularidad y a la libertad. Un retrato deforme a veces feroz y otras, quizás, demasiado naíf. Eduardo Casanova ubica a sus protagonistas frente a un espejo, de la misma forma que hace con su interlocutor, que posiblemente transite entre la repugnancia, la lástima y la condescendencia para terminar pensando si no es también por su culpa que esas personas tengan que esconder sus diferencias. A fin de cuentas, el infierno somos nosotros.

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