'Tanna', amor tribal

CRÍTICA | Martin Butler y Bentley Dean se adentran en una tribu indígena real para narrar, entre el documental y la ficción, una historia de amor prohibido entre dos jóvenes.

“El manto de la noche me esconderá de ellos; con tal de que me quieras, que me encuentren aquí. Más vale que acabe mi vida por su odio, que prorrogar la muerte sin tener tu amor.”

Romeo y Julieta. William Shakespeare.

Un volcán perpetuamente amenazante. Con este símbolo tan sencillo y a la vez tan cargado de connotaciones anuncian Martin Butler y Bentley Dean lo que se viene sobre sus personajes en Tanna. Una historia (en todas sus acepciones; con minúscula y mayúscula) que entrelaza la violencia soterrada, el romance prohibido y la tradición ancestral. Un film que, a su vez, conjuga la mirada documental con el dispositivo ficcional.

Los directores australianos componen un retrato que transita de lo terrenal a lo mágico a través de sus imágenes. Un entramado de composiciones poéticas que se apoya en la incontestable y sugestiva fotografía paisajística imaginada por el propio Bentley Dean. De esta forma, la belleza natural del entorno contribuye a elevar la hermosura del verso clandestino que escriben dos jóvenes del mismo clan. Los cineastas persiguen el preciosismo formal en Tanna; lo atestigua, por ejemplo, el tramo en el que el patriarca de la tribu acude al cráter en compañía de su nieta justo antes de ser atacado por el clan rival.

Un ataque que sirve para dar testimonio. El espectador de Tanna se convierte en testigo de las problemáticas inherentes a la vida tribal de esta zona radicada en Vanuatu. Un catálogo de usos y costumbres. No en vano, los autores se sirven de los propios indígenas para interpretar (¡y de qué manera!) el relato y ofrecer con su trabajo una suerte de cápsula del tiempo ficcionada. Poco a poco la película gana en tensión desde el foco central que ofrece el lazo vetado entre los dos protagonistas. La boca del volcán, siempre a punto de erupcionar, se convierte así en un símbolo de dos direcciones que anuncia tanto esa pasión que no culmina como la guerra que permanece latente por los problemas que ocasiona esta relación sincera en los tratos “burocráticos” entre los dos clanes rivales. Algo así como un Romeo y Julieta aborigen.

La composición musical de Antony Partos, entre lo melódico y lo new age, acelera las emociones y conmina al espectador a dejar sus emociones a flor de piel. Y sin embargo, salvo quizás en muy determinados momentos, no punza demasiado más allá de la epidermis emocional. No pellizca, pero sí amortigua. Como solo lo puede hacer el afecto más puro, la noche más silenciosa o la sinrazón más absurda. Un cielo negro y lleno de estrellas, un amor tan grande que jamás podría ser correspondido. La amenaza o la promesa de un volcán que nunca termina de entrar en erupción.

Únete gratis a y podrás

  • Seguir a otros usuarios
  • Escribir artículos
  • Comentar artículos
  • Mas información
Registrate/Accede No, gracias