'The Handmaid's Tale', una bañera que hierve y se desborda

ANÁLISIS | Basada en la novela publicada por Margaret Atwood en 1984, la serie creada por Bruce Miller traslada temáticas actuales a la sociedad distópica de Gilead.

Una distopía suele provocar más terror cuanto más cercana se percibe. Por eso The Handmaid’s Tale ha levantado tantas ampollas y ha adquirido un espacio cumbre en el debate seriéfilo de esta temporada. Por la cercanía con la que uno percibe ese ficticio Gilead, que tiene más de real de lo que pueda parecer a priori. Contaba Margaret Atwood cuando publicó la novela en la que se basa la serie de Hulu, El cuento de la criada, que todo lo que narraba en sus páginas tenía una base real en la Historia. Todas las torturas, instrumentalizaciones, vejaciones y privaciones de derechos que sufren las mujeres protagonistas las sufrió en algún momento del pasado alguna mujer. Otro motivo más para que el terror que emana de la puesta en imágenes (ya sea imaginando la lectura o acercándonos a las representaciones visuales) sea tan certero y puntiagudo. Sin embargo, vista hoy, la teleficción se antoja más cercana que nunca. Como un futuro demasiado próximo y plausible. Como una reflexión extraída, incluso, de las noticias que leemos cada día (véase la polémica por la gestación subrogada, sin ir más lejos).

La producción creada por Bruce Miller profundiza en diversos aspectos. Por un lado, existe un discurso sobre el cuerpo y la propiedad sobre el mismo que se encauza a la perfección en los movimientos feministas y revolucionarios que hoy en día luchan por la potestad sobre la anatomía y la individualidad de cada mujer para vivir sin estar sometida a los dictados del patriarcado. En este sentido, The Handmaid’s Tale se desdobla en diversas miradas hacia varios tipos de mujeres. Tras el atentado que se cobró la muerte del presidente de EEUU y con la inoperancia de la gran nación, las mujeres quedan reducidas a un plano instrumental: su función reproductora. La escritura de la obra, emitida en España en HBO, se encarga de ofrecer una mirada hacia este nuevo contexto, que delimita la capacidad de acción del género femenino y lo reduce a una mera herramienta en favor de recuperar la natalidad. Las mujeres solo serán madres en Gilead. Derribada la democracia estadounidense, el nuevo orden se creará en torno a un férreo patriarcado en el que los hombres (comandantes) controlarán los aspectos económicos, sociales y políticos de la nación, mientras que las mujeres quedarán enclaustradas en su función reproductiva y en el entorno de lo doméstico. En este sentido, llaman mucho la atención las imágenes de “las ceremonias”, en las que el hombre trata de fecundar (mediante la violación) a las criadas para que estas otorguen hijos a las familias (una práctica que, según explican tanto Atwood en su libro como June en la serie, proviene de los textos sagrados del catolicismo). Más allá, la ficción de Hulu también se permite hablar de la connivencia de otras mujeres en la creación y consolidación de este modelo de estado (hablamos de las Tías y las señoras, claro), aunque la idea que se deduce de su aproximación es la de mostrarlas más como víctimas sin conciencia de clase que refuerzan sus propios barrotes que como villanas.

Otro de los temas en los que hurga The Handmaid’s Tale, de forma más que interesante, es en las posibilidades del fascismo de volver a resurgir. Y en este sentido, lo brillante proviene de su aproximación naturalista y más cercana a lo que podríamos vivir en las sociedades actuales, tan desconectadas de todo y con un sentido individualista tan –interesadamente– fomentado por las estructuras de poder. “Antes estaba dormida. Así es como ocurrió todo. Cuando masacraron el Congreso, no despertamos. Cuando culparon a los terroristas y suspendieron la Constitución, tampoco despertamos”, dice la protagonista en el 1x03 para explicar cómo fue posible llegar a esa situación. El conformismo es un perfecto realzador de la teoría de la bañera, con la que June justifica la progresiva disminución de derechos llevada a cabo en los Estados Unidos hasta llegar a convertirse en la República de Gilead.

“Nada cambia al instante. En una bañera calentándose lentamente, te hervirías hasta la muerte sin darte cuenta.”

Así de sencillo y rotundo. Y quizás un aviso incontestable de la deriva que puede tomar la sociedad en cualquier instante. No en vano, muchos de los espectadores de la serie han visto la posibilidad de que, en cierto modo, sea un anticipo de la América de Donald Trump, un hombre que llegó a asegurar que las mujeres que abortan merecen el castigo de la ley. Precisamente en ese terreno, el de la política y las relaciones internacionales, es en el que The Handmaid’s Tale alza otra de sus columnas de carga. Si el nuevo modelo de estado de Gilead es capaz de alzarse y surgir como una alternativa es porque muchos de los demás países lo han permitido. Bruce Miller se permite la reflexión introduciendo la visita oficial del gobierno mejicano a ese nuevo estado, y dejando claro que, pese a una cierta injerencia en el giro final, su única reacción ante lo que ve es apartar la mirada. Si nadie combate al fascismo, evidentemente coge fuerza y se alza contra toda la sociedad y el progreso democrático.

Narrativamente, o podríamos decir que en su concepción temática, The Handmaid’s Tale es impecable. El material original de Atwood, adaptado también por Volker Schlöndorff en 1990, de una forma mucho más sobria, indaga y pone sobre la mesa arcos narrativos, ideológicos y políticos espinosos y desasosegantes. Sin embargo, la propuesta emitida por Hulu adolece un cierto exceso formal durante toda su primera temporada. Desde la voz en off de June, que al principio sirve para ofrecer una panorámica sobre las palabras que no puede decir en ese sistema dictatorial, hasta el uso de los flashbacks. Todo pasa por el filtro, o mejor dicho no lo hace, del exceso. No le hacían falta a The Handmaid’s Tale esos golpes de efecto para lograr alcanzar las emociones del espectador. No necesitaba, por ejemplo, el martilleo constante de la composición musical original para subrayar. Hubiese servido mejor al propósito de mostrar el control absoluto y la vocación vigilante del nuevo sistema autoritario el inteligente uso que hace del sonido de los walkie-talkies o la genial utilización de la banda sonora como contrapunto (magnífico el final del 1x03 con el Heart of Glass de Blondie). De igual forma, hubiese podido prescindir del abuso del ralentí, recurso explotado hasta el agotamiento, y haber logrado un impacto similar con la narrativa de primeros planos al rostro que sí mantiene en determinados tramos o con las significaciones obtenidas mediante el claroscuro fotográfico o la imitación de los contrastes de la pintura flamenca que dispone el aparato formal con enorme acierto. Son detalles con los que The Handmaid’s Tale se vulgariza y deja a un lado la excelencia que sí alcanza en otras decisiones. Es el triunfo del cómo sobre el qué. O viceversa, según desde el lado que se mire. Un cierto exceso formal que, pese a lograr impactar con frontalidad y noquear al espectador desde la belleza y la potencia de las imágenes, resta fuelle a aquello que, en definitiva, debería dar miedo por sí mismo. El triunfo del horror, del miedo; una vuelta al pasado desde el futuro más presente.

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