'The Party', Chéjov nos apunta

CRÍTICA | Sally Potter arremete contra todo y contra todos en su nueva película, una divertida teatralización de la burguesía británica con mucha sorna e implicaciones.

Interior. In extremis. Primerísimo plano de un león que adorna una puerta que se abre. Una mujer con aspecto desaliñado, tensa, mira frontalmente a la cámara. Nos mira. El plano se mantiene fijo mientras la mano sostiene temblorosa una pistola. Apunta al objetivo en un encuadre totalmente simétrico. Nos apunta a nosotros. Corte a negro y créditos que anuncian los intérpretes como un libreto teatral. Así comienza The Party. La primera secuencia de Sally Potter es de una brillantez que asombra. Nos interpela y nos anuncia el desequilibrio que reinará durante todo el metraje. Una inestabilidad que hará tambalear un mundo aparentemente confortable. La mano que tiembla desde la simetría de un encuadre fijo.

El arma que sostiene Kristin Scott Thomas no es otra que la pistola de Antón Chéjov. Desde su aparición, el espectador tiene la certeza de que, finalmente, disparará a alguien. Como también sabe que el aparente universo de los protagonistas solo es una casa de muñecas de cartón piedra. Queda saber quién será el herido. Y por qué le disparará. Falta conocer el motivo por el que la confianza que sostiene el grupo de amigos se irá al traste. Porque es evidente que así será; la tensión se corta en el ambiente.

Potter compone un filme que apoya todo su potencial en el libreto. La dramaturgia gobierna la cinta de principio a fin. La relevancia del guion, el espacio único, los diálogos… Todo remite al teatro. Así las cosas, el sentido crítico de la burguesía y la profundidad con la que recoge la psicología de los personajes sitúan a Sally Potter como una más que digna heredera cinematográfica de los dramas burgueses de Henrik Ibsen. En The Party, la veterana cineasta consigue desgranar siete vidas en tan solo 71 minutos. Un alarde de economía narrativa al que ayuda la inteligencia en la puesta en escena.

La directora de Vidas furtivas (Reino Unido, 2001) elabora un divertimento con muy mala baba que arremete contra todo y contra todos. Nadie sale indemne de su furia. Como si se tratase de la Celebración de Thomas Vinterberg (Festen; Dinamarca, 1998), la burguesía, el feminismo, la medicina alternativa, la droga yuppie o la hipocresía romántica son guillotinadas con la alegría y la ligereza de quien no tiene nada que perder. Con esa lucidez única que solo tiene quien va de vuelta. Ya saben: solo es libre aquel que siente sus cadenas.

El cluedo de Sally Potter se erige como una obra que juguetea sin pretensión alguna de redondez (así lo atestigua el chiste con el que culmina la propuesta). Y sin embargo, la autora conceptualiza todo un universo entre las cuatro paredes en las que se desarrolla esta hiperbólica amalgama de enredos, secretos y boutades. También mediante el trabajo fotográfico de Aleksei Rodionov: un blanco y negro que desnuda los contrastes. Quizás haya quien quiera leer más allá y estudiar sesudas comparaciones entre el microcosmos del film y el Reino Unido posterior al Brexit. Puede haberlas. Una muestra lo suficientemente grande y diversa siempre permite las analogías. Sin embargo, Sally Potter va mucho más allá desde el anuncio del primer plano. La frontalidad y la crudeza con la que nos mira esa mujer nos interpelan directamente. El microcosmos somos todos. Nosotros, humanos. Nosotros, occidentales. Nosotros, hombres y mujeres. Y es a nosotros a quien termina disparando esa pistola de Chéjov. Tal vez lo merezcamos.

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