'Tres anuncios en las afueras', la humana justicia

CRÍTICA | Martin McDonagh regresa con una mirada en tres actos a la venganza, el arrepentimiento y la autoridad. La obra ha obtenido cuatro Globos de Oro y numerosos premios.

En tiempos de lo digital, lo analógico cobra vital importancia en Tres anuncios en las afueras. Primero, a través de la valla publicitaria, como elemento tensor y espita que da origen a la trama. Más tarde, mediante las cartas que escribe el sheriff Willoughby antes de suicidarse para paliar las futuras heridas de su enfermedad. Quién sabe si la elección de estos medios acrónicos no responde a la necesidad de Martin McDonagh de descontextualizar su narración y hablar de la atemporalidad de su origen. Al fin y al cabo, la violencia, la venganza, la muerte y el abuso de autoridad son tan añejos como la propia existencia.

Frances McDormand se mete en la piel de una madre coraje fuera de lo común que lucha por esclarecer la violación y asesinato de su hija adolescente. La veterana actriz lleva a cabo un despliegue gestual inconmensurable en la asunción de un personaje roto que trata de buscar justicia. Aunque eso signifique salirse de los márgenes de lo legal. Su interpretación es asumida como un hálito de resistencia, de rebeldía y rabia contra la máquina. De subversión y lucha, en definitiva. Así lo corrobora la decisión de enmarcarla en planos contrapicados en numerosos momentos clave de la propuesta.

La planificación presenta a la mujer interpretada por McDormand como una antiheroína atípica.
La planificación presenta a la mujer interpretada por McDormand como una antiheroína atípica.

Sin embargo, lejos de la idealización de la heroína, McDonagh aboga en Tres anuncios en las afueras por una versión de la heroicidad más cercana a lo que podrían ofrecer los hermanos Coen. Sus salidas cómicas y su guion lleno de vaivenes, pero calculado hasta el límite, acercan a los protagonistas a un cierto patetismo que los humaniza. Precisamente en ese aspecto es donde más brilla el film: en la profunda y tierna humanidad que desprenden sus personajes. Todos ellos, tan rotos y dañados como anhelantes de una felicidad imposible. Y quién no.

La escritura en tres actos de Tres anuncios en las afueras es tan descarada -y descarnada- como íntima. El guion dibujado por el propio McDonagh, una sutil pieza de orfebrería, trenza momentos de intensa emotividad (las despedidas de Willoughby) con lapsos de violencia primaria (los incendios, las peleas, etc.). Todo ello acompañado por una mesurada composición del incombustible Carter Burwell, cuyas reconocibles notas acompañan al relato desde la sombra y conjugan cada una de las piezas que componen el puzzle de perspectivas, miradas y géneros cinematográficos.

Woody Harrelson y Sam Rockwell completan el elenco interpretativo con dos trabajos incontestables.
Woody Harrelson y Sam Rockwell completan el elenco interpretativo con dos trabajos incontestables.

Por otra parte, la sobria puesta en escena de McDonagh intercala la búsqueda de la belleza visual (ralentíes, encuadres muy estudiados y la fotografía ecléctica de Ben Davis) con la apuesta por el diálogo como método de avance de la historia. En ese punto medio radica la gran baza de Tres anuncios en las afueras. La obra no deja de ser una mirada hacia el dolor ante la pérdida y el duelo eterno de la hija arrebatada, pero también un panorama sobre la injusticia y la necesidad de paliar las afrentas de las instituciones y los poderes efectivos. Con inteligencia y mordacidad, el cineasta estadounidense ha edificado el relato sobre un país construido sobre sus violencias y el silencio autoimpuesto. Una cinta que, lejos de la certeza, concluye con la pregunta que resuena durante todo el metraje: ¿es acaso la venganza la única justicia posible?

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