'Últimos días en el desierto', la doble vía

CRÍTICA | Rodrigo García indaga en el lado más humano de Jesucristo a través de la representación de su peregrinaje de cuarenta días por el desierto.

Ya lo advertía Nietzsche: hay que procurar alejarse, en la medida de lo posible, de los desiertos. Allí, según las escrituras sagradas, se retiró Jesucristo durante cuarenta días, justo antes de empezar su ministerio eclesiástico por la tierra sagrada. Buscaba reencontrarse con Dios y con su fe a través del ayuno y la meditación, y según la visión que aporta Rodrigo García en Últimos días en el desierto se encontró, además, consigo mismo.

Antes de entrar en materia, es justo otorgarle a la propuesta la vitola de obra valiente y que, probablemente, generará polémica entre los sectores más férreos del cristianismo. Sin embargo, lejos de la provocación gratuita, lo que compone García es sobre todo un retrato íntimo e intimista de un individuo. Con sus dudas, sus incertidumbres, sus deseos y, por supuesto, sus tentaciones. De esta forma, se podría decir, como metáfora, que el Cristo que muestra el cineasta se aproxima bastante más a Jesús que a Dios.

Ewan McGregor se mete en la piel de un Jesucristo en contacto consigo mismo y la naturaleza.
Ewan McGregor se mete en la piel de un Jesucristo en contacto consigo mismo y la naturaleza.

En una línea cercana y de continuidad con lo ofrecido por Martin Scorsese en La última tentación de Cristo (Estados Unidos, 1988), el título que más emparenta con el alma de este largometraje, Rodrigo García se adentra en el desierto con su protagonista y le contempla en su interacción con una familia autóctona (Ciaran Hinds, Ayelet Zurer y Tye Sheridan) que le servirá como prueba de fe. Así las cosas, lo que nos muestra el autor es un hombre preocupado por el hijo, con el que entabla amistad, y su ambición de abandonar el hogar para prosperar, pero también por su deseo de no decepcionar a su progenitor (empresa que él, como hijo, conoce a la perfección). Una persona que podríamos denominar terrenal que, por otra parte, se debate entre sus tentaciones y deseos (apetitos carnales y de toda índole) y su indagación de la espiritualidad y la mística.

No obstante, no aparece representado Jesucristo como una deidad descendida a la tierra, sino más bien todo lo contrario: un eremita en contacto con su propio cuerpo, su identidad y los límites de la vasta terrenidad que parecen rodearlo. La puesta en escena de Rodrigo García es de confrontación. Por eso, de forma inteligente, el director colombiano se apoya en la impresionante fotografía paisajística de Emmanuel Lubezki. Su planificación y composición de encuadres presenta un Jesucristo que se sitúa frente a los infinitos paisajes y los cielos grisáceos que lo abrazan. Toda una declaración de intenciones. Por otra parte, García opta por un recurso narrativo más que simbólico: la representación del Diablo no es otra que la del mismo Jesucristo, en una aproximación muy nietzscheana a esos desiertos y demonios interiores. Lo que vemos en Últimos días en el desierto es, por tanto, la lucha dialéctica que mantiene un hombre en dos frentes; su propia individualidad (el yo natural) y, más allá, su fe (la figura del Dios padre).

Ciaran Hinds, Ayelet Zurer y Tye Sheridan interpretan a la familia que acoge a Jesús.
Ciaran Hinds, Ayelet Zurer y Tye Sheridan interpretan a la familia que acoge a Jesús.

Rodrigo García mantiene un perfil templado en la dirección. La cámara se inmiscuye en las rutinas de esta familia, así como en las conversaciones que mantiene Jesús con el Diablo (¿consigo mismo?, ¿es un fruto del ayuno y la sensación de soledad?), siempre de una forma contemplativa y a cierta distancia prudencial. Como solo se puede mirar una posesión baldía, un desierto inmenso, una incertidumbre. Con todo, y a pesar de esa ponderación, el artífice de la cinta se permite ciertas licencias estilísticas en su puesta en escena. Detalles que llegan, sobre todo, a través de pequeñas pinceladas como la manera en que están recogidas las ensoñaciones (levitación incluida), la composición de Danny Bensi y Saunder Jurriaans o esa arquitectura tan interesante que deducen los paisajes maravillosamente fotografiados por Lubezki. No obstante, se percibe la intención del cineasta de incluir todos sus recursos formales como elementos que hagan avanzar la narración y permitan dibujar mejor el desarrollo de los personajes (destaca aquí la utilización del contraplano como tesis argumental).

De la misma forma que hiciese Scorsese en su aproximación a los escritos sacros, García opta por una doble vía. Quizás lo más interesante de la película sea que, desde su ausencia de dogmatismos, se pueda leer en varias direcciones. Así lo demuestra su elegante tramo de cierre, en el que el autor se permite la inclusión de la crucifixión, el cadáver del hombre santo y una sucesión de lugares vacíos que podrían aludir (o no) a la omnipresencia temporal y espacial de ese Dios bíblico. Algo que podría también deducirse (aunque también soporta el juicio opuesto) del bellísimo plano final en el que García parece ofrecer una reflexión sobre la genealogía del territorio y su valor testimonial. Una arqueología de la fe y los dogmas. Sin embargo, de manera complementaria, su acercamiento ofrece también una mirada hacia temas tan tangibles como la familia, el respeto, las relaciones o las renuncias. En definitiva, Últimos días en el desierto se podría leer tanto con los anteojos místico-religiosos como sin ellos. García ha completado un film que, alejado de bravatas, retrata a Jesús de Nazaret más desde el cuestionamiento literario y ficcional que desde la asunción de los textos sagrados como dogma y auto de fe incuestionables. Como personaje histórico antes que mítico.

Rodrigo García se apoya en la impresionante fotografía paisajística de Emmanuel Lubezki.
Rodrigo García se apoya en la impresionante fotografía paisajística de Emmanuel Lubezki.

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