XI – La insoportable relatividad del ser

XI

“Cuando tenía un año, me fui a vivir a Kenia, volví cuando cumplí los siete, pero a los doce me volví a marchar, a Panamá, donde estuve tres años más”. Esta frase la he repetido hasta la saciedad en dos ocasiones; al ligar, para parecer interesante, y en las entrevistas de trabajo, para convencer de mis habilidades en el inglés. En toda ocasión, el receptor, las chicas o el entrevistador, en ese momento ponía cara de asombro frente a lo que le contaba el sujeto, yo.

A mis 21 años de edad, ya he vivido en cuatro países diferentes, España e Inglaterra se unen a la lista; y he viajado por todo el continente europeo, por el americano (norte y sur) y por el africano (negra o árabe). Debido a ello, en alguna ocasión, me he sorprendido a mí mismo visionando la vida de escritores y artistas varios, que por haber estado aquí y allá, compartían puntos con la mía. Esperanzándome entonces en que quizás algún día yo mismo me convertiré en un gran escritor o artista, pero al final, la existencia es tan simple que asusta y lo único que queda es la obviedad de que en la vida real, todo es más silencioso que en el porno.

Pero sí me ha servido para aprender muchas cosas, por ejemplo, que existe un gesto en toda Europa, que es universal a todos los países. Ese gesto es el acto de subirse a un autobús en la tarde de un día laboral. En todos los países europeos encuentras las mismas caras serias, ensimismadas, que se suben al autobús por mero trámite, sin esperar nada extraordinario, esperando llegar a su casa. Todos están con el móvil o hablan con compañeros de trabajo que nos son sus amigos, pero que se conocen lo suficiente como para poder tener una charla completamente superficial. Todos pagan con una tarjeta o un abono, que tú al ser extranjero no conoces, pero forma parte de su rutina; excepto una abuela, que paga en efectivo, de la mano de su nieta. Son las únicas del autobús que sonríen y son capaces de causar una mueca de alegría en las caras de alrededor, y se bajan pocas paradas después.

Subirse a una autobús en Panamá, en cambio, es muy diferente. Son atractivo turístico debido a la sobrepoblación caótica que albergan, y que son autobuses de colegio americano, típicos y amarillos, pero llenos de grafiti y dibujos; y en la puerta trasera el retrato de alguien importante para el conductor, como puede ser Spiderman, Chávez o Daddy Yankee.

El sabor de Panamá en mi memoria tiene connotaciones interesantes. Por un lado, quizás fueran los peores años de mi vida, pero por otro, representa una época en la que tuve multitud de revelaciones y empecé a desarrollar una conciencia sobre mi persona. La mayor revelación fue en una iglesia de Portobelo. Era pequeña, dentro, la humedad de fuera se volvía un poco más fresca, mientras el olor del incienso y los gritos de los vendedores-de-cocos-en-la-calle colapsaban los sentidos. En un lado de la pequeña iglesia había una escultura de madera de un Cristo negro, que chocaba con la imagen de Cristo que había visto toda mi vida, y no pude sino aceptar que todo en esta vida, hasta el último detalle, es absolutamente relativo.

El orgullo de la no-elección se reveló como algo absurdo. Pensar que una religión es mejor que otra por el mero hecho de haber nacido, tú, en una sociedad que te ha hecho pensar que la suya es la correcta. El orgullo por un país... sin darte cuenta de que si hubieras nacido en otro sitio, ese orgullo se habría ido contigo; mirarte en el espejo y no ser consciente de que no has visto mundo en tu vida.

Y desde ese momento empecé a discurrir en paralelo, observando como todo lo de fuera giraba frenéticamente mientras por mis adentros solo notaba una planta crecer con su lentitud y levedad, evidenciando lo innecesario de aferrarse a algo externo.

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La foto es de un cuadro de S. Lance, que hay colgado en mi salón. Era un pintor árabe y alcohólico de cuando estábamos en Kenia. Fue el primer artista autodestructivo que conocí y venía cada seis meses a una reunión para tomar el té que hacía mi madre en mi casa con sus amigas, y el traía sus lienzos para intentar vendérselos a alguien, hasta que un día dejó de venir.

 

S. Lance
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