XIII - Amén

XIII

Como una letanía indescifrable entre el barro, así me parece el ser humano.  La Real Academia Española define letanía como: Oración cristiana que se hace invocando a Jesucristo, a la Virgen o a los santos como mediadores, en una enumeración ordenada. Con toda esa inmaculación –palabra, creo, inventada-. Pero también con ese elemento que aparece en una película italiana dirigida por Paolo Sorrentino en la que hay un hombre que no quiere ser un hombre mundano, quiere ser el rey de la mundanidad; que no solo quería participar en las fiestas, quería tener el poder de hacerlas fracasar.

Aun habiendo construido pirámides y satélites con sus manos, el ser humano se sigue comportando como un animal. Es el mismo ser que pinta la Capilla Sixtina, los girasoles, canta La leyenda del tiempo, la escribe, y también escribe Cartas marruecas, o La Colmena o Les Fleurs du mal; pero también libra guerras por islas, pega a su mujer, abandona un bebé en la basura o tortura a un toro en un acto público, para sentir la muerte de cerca.

El ser humano es un ser idéntico a un animal. Aunque estés rodeado por la gente que te quiere y haya un placer inmenso en descubrir, algo ocurre por primera vez, la infancia es algo duro; como la cría de león que se siente arropada por la madre pero tiene que enfrentarse a la muerte, el hambre y la violencia desde el minuto uno.

El ser humano es un animal. Una mujer pasa al lado de un hombre durmiendo en la calle y ni se inmuta. Un grupo de amigos está tomando algo y de repente uno de ellos se levanta, “voy al baño, ahora vuelvo”, dice, y todos saben que va a mear o a cagar mientras él se encamina al espacio que ese bar chic y elegante que pone jazz ha habilitado para mear y cagar. Una pareja celebra su aniversario cenando en un restaurante, convirtiendo en un símbolo especial algo tan básico y primario, tan animal, como es comer. Todo ello cosa de animales. Y un viejo se aproxima a una puta más joven que su nieta dispuesto a comprar sexo, o quizás solo necesita alguien con quien hablar porque se siente solo y, de repente, vuelve a convertirse en un ser humano.

Y así sigue la vida. Entre el barro pero en el nombre del padre, el padre primero siempre; del hijo, no la hija; y el palomo blanco, que se folló a la Vírgen María, que dejó de ser virgen y pasó a ser María y que parió a Dios. En la propia letanía a veces hay barro.

Por cierto, no es la primera vez que blasfemo. A estas alturas ya solo me queda afirmar que San Pedro me expulsará de sus puertas doradas y me dirá que no vuelva nunca, como el portero que me echa de la discoteca por ir demasiado borracho. Y a la discoteca, que se llama ~Paradiso~, no podré volver a entrar y quedaré expulsado por los siglos de los siglos. Amén.

Ave María
Ave María - Yo

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