'El niño y el mundo', el caleidoscopio de Brasil

CRÍTICA | La película de Alê Abreu es candidata al Oscar en la categoría de animación

En una escena de El niño y el mundo, el pequeño protagonista descubre un caleidoscopio con el que juega y se deleita con sus formas. La propia película de Alê Abreu se puede leer como ese juguete que dibuja y combina colores de la forma más remota que uno pueda imaginar. Desde la alegría de un carnaval hasta la desolación de un bosque talado para expandir la ciudad, el animador y cineasta brasileiro muestra una colorista radiografía del Brasil contemporáneo. Un país de ausencias en el que convive la alegría con la tristeza, la fiesta con la oscuridad. Así, el niño que protagoniza esta obra viaja y se mueve como pez en el agua por las dicotomías que establece su creador. Del centro del lujo a los márgenes de una favela, del campo a la ciudad o de la riqueza a la pobreza; pero también pasando de la vivacidad a la nostalgia, de la paleta de colores a la escala de grises, de la figura de la madre a la del padre o, incluso, de la realidad a la imaginación como elemento de la memoria.

Durante todo el metraje, la dicotomía gobierna cada paso del niño. Abreu se sirve de todas las herramientas cinematográficas para establecer un juego narrativo inteligente en mitad de la alegoría. El niño y el mundo está repleta de elipsis temporales, de saltos anacrónicos, de flashbacks y de conversaciones entre pasado y futuro en las que el presente siempre se guarda algo que decir. Aunque sea sin palabras. La expresividad minimalista de los trazos de Alê Abreu sirve como catalizador del verbo y permite que la historia discurra sin apenas diálogos (salvo algunos lapsos en los que los personajes hablan en un idioma que adopta el portugués invertido). De esta forma, la impresionante simbiosis entre música e imagen sirve como narratriz a una historia iniciática de búsquedas, añoranzas y melancolías en la que un niño trata de buscar a su padre, que ha tenido que dejar su casa para ir a trabajar.

La ciudad y su efecto sobre la mirada de un niño.
La ciudad y su efecto sobre la mirada de un niño.

El factor trabajo es uno de los pilares discursivos de esta cinta. El director muestra, a través de una sucesión de secuencias de bellísimo calado, los procesos laborales de la vida rural (el algodón, el hilo, los tapices), y cómo estos han ido siendo sustituidos por el avance y la posrevolución industrial. Se puede decir que buena parte de la historia del Brasil reciente está contenida en El niño y el mundo, que llega incluso a simbolizar las consecuencias e implicaciones de la adquisición por parte del país de eventos como los Juegos Olímpicos de Río, que se celebrarán este mismo año, o el Mundial de fútbol de 2014. Sin embargo, lejos del adoctrinamiento, el punto de vista hace que la historia se siga de forma tierna y muy alejada de subrayados. Porque todo lo vemos desde los delicados ojos de un niño, desde esa frontera entre imaginación y realidad que, dejada atrás la infancia, nunca más volvemos a alcanzar. Así, y como ejemplo, las máquinas son animales que comen árboles, o los trenes, gusanos que transportan a la gente.

El film de Alê Abreu soporta diversidad de lecturas, desde la social hasta la íntima, pero sin duda coexisten todas con una evidente interpretación política que ahonda en los mecanismos internos de un país cuyo crecimiento en los últimos años ha rebasado por completo sus expectativas. Con una cadencia similar a la que adopta la novela Momo de Michael Ende, El niño y el mundo muta del color a los negros, de la luz a la grisura, de la infancia a la madurez que conlleva comprender los puntos oscuros del mundo y la sociedad global. Incluso en la película de Abreu aparecen una especie de hombres grises que persiguen al protagonista, que, por otra parte, puede rememorar en determinados momentos –sobre todo a los adultos– al Marco que buscaba incesantemente a su madre en la serie animada que firmó el maestro nipón Isao Takahata en los setenta. No obstante, a pesar de todas las líneas narrativas presentes en la obra, el discurso político es constante y subyacente a todos los niveles, alcanzando su máxima expresión en esa especie de ciudades flotantes en las que viven los adinerados, al margen de la pobreza extrema que pueden llegar a estar sufriendo aquellos que se sitúan en la escala inferior (en este caso, literalmente).

El niño y el mundo es la representación de un folio en blanco. Esa parece ser la idea de Alê Abreu al poner en escena su trazo minimalista sobre un fondo que permanece casi de forma continua in albis. O que comienza vacío para ir llenándose poco a poco de otras tonalidades. Como si quisiera simbolizar ese poder de la imaginación, capaz de llenar de colores el inabarcable espacio que deja la ausencia, de letras el papel inmaculado, o de pasos el largo camino. Al fin y al cabo, en la vida han de convivir el blanco y negro y el arcoíris. Y, a veces, la imaginación y el Arte son las únicas maneras que quedan para continuar en el punto medio.

Únete gratis a y podrás

  • Seguir a otros usuarios
  • Escribir artículos
  • Comentar artículos
  • Mas información
Registrate/Accede No, gracias